almeida – 24 de julio de 2016.

            Desde que dos años antes Kim leyó un relato que había caído en sus manos sobre el camino de Santiago, se había obsesionado con hacer este camino

que para él resultaba mágico por lo que le había transmitido la lectura que había en cada una de las páginas del libro.

            Vivía en un pequeño pueblo de Korea, cien kilómetros al norte de Seúl y era consciente que su sueño tendría problemas para verse hecho realidad. Su familia era humilde y no disponía de los medios necesarios para hacer un viaje tan largo y proporcionarle lo que necesitaría para la estancia que tendría en la península mientras recorría ese sendero mágico.

            Pero Kim, no era de los que se amedrentaba ante las adversidades, le quedaban dos años para terminar su carrera de arquitecto y le propuso a su padre que no decaería en los estudios, se esforzaría más que nunca y los fines de semana trabajaría para conseguir el dinero necesario para que una vez terminara su estudios, pudiera cumplir ese sueño que tanto le estaba obsesionando.

            Con el visto bueno de su familia, ahora le quedaba lo más difícil, proveerse de los medios necesarios que le permitieran seguir soñando y que llegara ese día en el que por fin sus sueños se hubieran visto realizados.

            Encontró un trabajo como repartidor en un restaurante los fines de semana, aunque a veces también iba a trabajar algún día entre semana. Era mucho el dinero que necesitaba para el pasaje y en ocasiones pensaba que no podría reunir todos los recursos necesarios, por eso cuando algún compañero faltaba al trabajo, él le suplía sin que sus horas de estudio disminuyeran, era una de las promesas que le había hecho a su padre y el rendimiento en sus estudios no decayó nunca, las horas extras que dedicaba al trabajo las quitaba al sueño o a sus momentos escasos de ocio, pero las notas fueron si cabe mejor que antes.

            Semanalmente entraba en Internet para ver las mejores ofertas que había en los vuelos de avión y cuando encontró una que parecía que no podía ser superada, hizo la reserva con su tarjeta de crédito, la iría pagando mensualmente con el dinero que conseguía en su trabajo y de esa manera un año después ya tenía los billetes pagados, solo le quedaba un año más para verse en el camino y de ahora en adelante el dinero que fuera consiguiendo sería para disfrutar de los dos meses que esperaba estar caminando por el camino de las estrellas.

            Finalmente llegó el día tan esperado y Kim, se fue hasta el aeropuerto acompañado de sus padres y sus hermanos que fueron a despedirle como si pensaran que ya no iban a verle nunca más, era la primera vez que alguien de la familia había salido del país para un viaje tan largo y tenían cierto temor a que no lo volvieran a ver más.

            Cuando sacó el billete de avión, el destino más barato que encontró era Barcelona, se iría hasta allí y luego como los peregrinos solían decir en los relatos que él había leído, “Santi proveería”, una vez que estuviera sobre el camino, sabía que todo sería diferente y las adversidades que se fuera encontrando las solventaría de forma que aún no podía preveer.

            Cuando yo le conocí, estaba a escasos ocho kilómetros de que su camino y su aventura tocaran a su fin, estaba a punto de llegar al fin de la tierra y al día siguiente daría por concluida esa experiencia que había tenido durante el último mes.

            Ese día, llegaron al albergue ocho peregrinos, curiosamente todos se expresaban en castellano excepto Kim, que apenas había aprendido unas pocas palabras que eran insuficientes para poder mantener una conversación con el resto de los peregrinos. Quizá por eso, se mantenía un poco alejado del resto y desde que llegó, le observaba apartado en el jardín del albergue entreteniéndose con los gatos que había en la puerta, pero evitando al resto de los peregrinos. Estaba acompañado de sus pensamientos y sobre todo de las vivencias y de los recuerdos que su aventura le estaban proporcionando.

            Cuando llegó la hora de la cena, se convocó a todos los peregrinos para que se sentaran alrededor de la larga mesa que había en el salón. Ese albergue, era uno de los pocos en el camino que seguían ofreciendo a los peregrinos la hospitalidad tradicional y se hacía una cena comunitaria que los hospitaleros preparaban para todos los peregrinos que allí se alojaban.

            Como esperaba, Kim se sentó en uno de los extremos de la mesa, parecía ausente y observaba lo que los demás comentábamos, hablábamos de la jornada que habían concluido y sobre todo comentábamos la etapa siguiente que era la soñada por todos ya que por fin podían decir que lo habían conseguido, estaban a dos horas de camino para llegar al kilómetro cero de esta ruta milenaria, el sitio que todos se han imaginado una y mil veces desde que se propusieron realizarlo.

            En un momento de la cena, le pedí a una peregrina que hablaba el idioma de Shakespeare, que le hiciera algunas preguntas a Kim. Este se desenvolvía bien en este idioma, por lo que de esta forma se integró en el grupo y ya desde ese momento no se sentiría tan aislado.

            Le dije a la peregrina que le preguntara a Kim cual era el mejor recuerdo que se llevaba de este camino, es una pregunta que me gusta hacer a los peregrinos para ver qué es lo que más permanece en la mente de quienes llegan al albergue en el que me encuentro. Generalmente los peregrinos suelen dudar un poco como tratando de recordar todas las vivencias que han tenido, pero curiosamente, Kim no lo dudo y con la ayuda de la improvisada intérprete, nos fue relatando los recuerdos que parecían tan frescos en su recuerdo.

            Kim comenzó a hablar y daba la impresión que llevaba mucho tiempo sin hacerlo ya que parecía que los recuerdos eran mucho más veloces que sus palabras y en ocasiones salían un tanto atropelladas de su boca.

            Nos comentó que al encontrarse en el aeropuerto de Barcelona, lo primero que hizo fue acercarse hasta la ciudad para conocerla, buscaría un lugar económico donde pasar la noche, los medios con los que contaba eran escasos y no sabía si le permitirían mantenerle durante los dos meses que tenía por delante.

            En la ciudad, buscó una oficina de Turismo en la que pudieran informarle de la forma más rápida y económica de llegar hasta alguna población del camino para comenzar a caminar. Quiso el destino, o quizá fuera Santi que en la oficina a la que accedió le atendiera una joven que hablaba perfectamente inglés y además era peregrina. Le dijo que ya estaba en el camino, desde Barcelona, había un camino que estaba perfectamente señalizado que le llevaría hasta que enlazara con el camino Aragonés y luego con el camino Francés y le proporcionó toda la información que disponían y además le hizo algunas anotaciones con lo que la experiencia en el camino le había proporcionado a la peregrina.

            Le advirtió que las infraestructuras eran escasas, no iba a encontrar tantos albergues para peregrinos como una vez que enlazara con los otros caminos, pero en cambio se iba a encontrar con la simpatía, el cariño y la acogida de las gentes que habitan en la mayoría de los lugares por los que iba a pasar.

            Kim fue comprobando que lo que le había dicho la peregrina se ajustaba a las condiciones de esta nueva y casi desconocida ruta, cuando daba por finalizada su etapa, se dirigía al Ayuntamiento o a la iglesia del pueblo al que había llegado y siempre le ofrecían algún lugar en el que pudiera dormir bajo techo.

            Un día, en la provincia de Lérida, se fue dando cuenta que las señales que había en los cruces comenzaban a escasear y en un momento determinado dejo de verlas. En lugar de desandar el camino que había hecho, decidió seguir adelante y pasaron varias horas caminando sin encontrarse con nadie y lo que era más preocupante, sin ver ninguna de las flechas amarillas que le habían conducido hasta allí.

            Cuando ya se estaba echando la noche encima y al no ver por ningún lado señales de la civilización, fue haciéndose a la idea que esa noche la pasaría al raso, durmiendo bajo un manto de estrellas, por lo que a partir de ese momento solo se fue fijando en el lugar más resguardado que pudiera encontrar para pasar la noche.

            Tras superar una suave loma, al otro lado de la misma vio que había un pequeño pueblo y sin pensarlo se dirigió hacia él, allí seguro que le proporcionarían un lugar donde poder pasar la noche.

            Esta pequeña población, no estaba acostumbrada al paso de los peregrinos, el camino que estaban recuperando las asociaciones de la provincia, pasaba unos kilómetros más al sur y nunca ningún peregrino había llegado hasta allí.

            Al ver llegar a un peregrino y además que este fuera un joven oriental, fue la noticia de ese día en el pequeño pueblo y corrió como la pólvora. Todos los habitantes del pueblo dejaron las cosas que estaban haciendo y se acercaron hasta el ayuntamiento.

            Kim, al ver llegar a tantas personas, se sentía un poco abrumado y a la vez impotente ya que no había forma de hacerles comprender a aquellas personas que se había perdido haciendo el camino y solo deseaba un lugar en el que poder descansar y pasar la noche. Con gestos fue tratando de que le comprendieran hasta que llegó una joven que pudo entenderse a duras penas con él en inglés.

            Los ofrecimientos por parte de las personas del pueblo para que fuera a sus casas a dormir, fueron numerosos y también querían llevarle a cenar, por lo que el alcalde se vio en la obligación de tener que sortear donde pasaría Kim la noche y con quien cenaría ya que todos querían tener en su casa a aquel peregrino tan diferente.

            A pesar del cansancio que tenía, con la ayuda de la improvisada intérprete, se vio obligado a dar todo tipo de detalles de su peregrinación y después de la cena, ante un amplio grupo de personas se sentía el centro del universo atendiendo y respondiendo a todas las preguntas que le hacían.

            Esa fue una de las mejores noches que Kim recordaba, la mejor desde que comenzó su peregrinación ya que cenó lo mejor que aquellas gentes le ofrecieron y pudo dormir envuelto entre sabanas finas en una cómoda cama.

            Por la mañana, no desayunó solo, de nuevo gran parte de las gentes del pueblo se acercaron a la casa en la que había pasado la noche y todos los que venían traían alguna cosa para aquel peregrino. Unos llevaban una estampa de un santo para que le acompañara en su camino, otros traían una medalla que colocaban en su mochila, otros le traían unos calcetines de lana para los días de frío, alguna le trajo una bufanda para que se pusiera por las mañanas y la mayoría vino cargada de comida, unos bocadillos para la jornada, una botella de vino, fruta variada y hasta algún taco de jamón o queso.

            Cuando Kim vio el sobrepeso con el que querían “castigarle” aquella jornada, estuvo a punto de rechazar todo, pero viendo la gratitud con la que le ofrecían lo que tenían no pudo hacerlo, fue guardando como pudo las cosas en la mochila y como no le cabía todo, tuvo que fijar dos bolsas de plástico en los laterales de la mochila para poder llevarse todo lo que le habían obsequiado.

            Aquella mañana, Kim se propuso afrontar una jornada más con un exceso de equipaje pero sobre todo con muchos kilos de buenos deseos que aquellas buenas personas le habían dado para hacerle el camino más llevadero.

            Esa noche durante la cena, todos los peregrinos que estábamos alrededor de la mesa, apenas pronunciamos una palabra, era Kim el protagonista al que todos observábamos y escuchábamos, parecía que llevaba mucho tiempo sin hablar y deseaba tanto hacerlo que no se tomó ni un solo respiro mientras nos contaba esa historia de la aventura que había vivido en su camino.

            Todos le dejamos hablar, como peregrinos, sabíamos que deseaba hacerlo y compartir esta experiencia con las personas que pudieran comprenderle, porque estábamos seguros y él también se lo imaginaba, que esta historia que nunca se le olvidaría, la contaría muchas más veces, sobre todo cuando llegara a su país, pero todos sabíamos que si no era escuchada por peregrinos difícilmente los interlocutores a los que se la contara podrían entenderla como nosotros.