almeida – 26 de marzo de 2017.

El siglo IX, debió ser una época muy convulsa en los territorios que se encontraban a ambas márgenes del Duero por la expansión que los musulmanes tuvieron de una manera muy rápida desde que penetraron en la península y asentaron su poderío en Al Andalus.

            Como una mancha de aceite se fueron extendiendo por todos los reinos cristianos llegando a amenazar, no solo a las posesiones que éstos contaban en la península, el riesgo en algún momento de la historia fue que traspasaran los Pirineos y su dominio imparable se extendiera por Europa y de ello eran conscientes algunos gobernantes como Carlomagno que adoptaron medidas extraordinarias para que esto no llegara a ocurrir.

SAF 100414 9560            Fue una época en la que la implantación de monasterios se prodigó de una forma notable, apoyados en todo momento por las donaciones que los monarcas cristianos fueron haciendo al cada vez mayor poder del clero que comenzó a tener unas cotas de influencia como nunca antes había dispuesto y para ello se fueron ocupando tierras fértiles que incrementaban de forma importante este poderío económico por medio de las rentas y la rentabilidad que sabían sacar a los dominios de los que eran dueños y señores.

            Después de la batalla de la Polvorosa acaecida en el año 878, el territorio comprendido entre los valles del Tera y del Esla se vio favorecido para la implantación de algunos monasterios y por la repoblación venida principalmente de las tierras astures, este hecho representó una barrera para el avance que los musulmanes estaban realizando en toda la península.

            Fueron varios los monasterios que se levantaron en la zona, la mayoría de los cuales, después de la campaña de Almanzor en su avance hacia Compostela quedaron arrasados y de la mayoría de ellos se carece de datos fiables que confirmen su existencia, pero se cree que en Camarzana de Tera hubo un monasterio bajo la advocación de San Miguel y en la vecina Santa Marta también existió otro centro religioso de importancia.

            Hay referencias sobre un Monasterio dedicado a San Miguel en la zona de Tábara al que se conocía como San Miguel de Morerola que algunos identifican como el que más tarde fue conocido como San Salvador en la villa de Tábara.

            También se tiene conocimiento del Abad que regía los designios de los moradores del Monasterio al que se le conoce con el nombre de Arandisclo.

            Lo que sí está suficientemente documentado, es que el monasterio de San Salvador de Tábara se erigió a finales del siglo IX bajo el patrocinio del rey Alfonso III que encomendó su construcción a San Froilan que más tarde sería obispo de León y contó con la ayuda de San Atilano futuro obispo de la ciudad de Zamora.

            “Edificó el Monasterio Tabarense donde se congregó a más de seiscientos monjes de uno y otro sexo al servicio divino”, este documento da fe de esta construcción que tuvo una corta existencia pero a juzgar por el legado que nos ha dejado fue muy intensa antes que las hordas de Almanzor lo destruyeran a finales del siglo X en su avance hacia la ciudad de Compostela.

            Siglo y medio más tarde, sobre las ruinas del antiguo monasterio se levantó una Iglesia dedicada a Santa María y en su construcción se aprovecha la parte baja de la torre original que ha llegado hasta nosotros representada en una de las láminas de los beatos que se iluminaron en el interior de su Scriptorium. También en su interior se conserva un arco de herradura probablemente, parte de los restos de la construcción original.