almeida – 18de abril de 2016.

            Algunos deciden llegar hasta allí porque se trata de un lugar diferente de los demás, o bien han oído hablar de él o ya han estado anteriormente cuando recorrieron el camino, pero son muy pocos los peregrinos que cada día encuentran acogida en aquel sitio que por su reducido espacio, no puede acoger a más de una decena de personas.

            Se encuentra entre dos puntos geográficos significativos de este camino. Los peregrinos saben que una vez superado el alto de Mostelares, por un suave descenso, antes de cruzar el puente medieval sobre el río Pisuerga, al mismo lado del camino se encuentra el pequeño enclave de San Nicolás que un día estuvo a punto de ver cómo sus piedras yacían en el suelo anunciando su completa desaparición, pero un grupo de peregrinos y amantes del camino consiguieron restaurarlo, recuperando para los peregrinos esta pequeña joya del camino.

            Quienes tienen la fortuna de finalizar allí su etapa, cuentan con un lugar aislado pero especial para la meditación. Dispone de un terreno verde y a escasos cien metros, las aguas del Pisuerga mantienen siempre verdes sus orillas. En los meses de verano consiguen suavizar las temperaturas que llegan a alcanzarse en esta zona tan árida.

            Esa tarde, había refrescado, estaba finalizando el verano y por las noches era conveniente ponerse alguna prenda de abrigo. De los diez peregrinos que allí se encontraban, siete eran extranjeros y solo había tres personas que hablaban castellano; un veterano peregrino, un joven alto y fuerte y una muchacha a la que su hermosura hacía que permanentemente tuviera sobre ella la mirada fija de alguno de los varones.

            Siguiendo un antiguo rito que inició el Maestro con sus discípulos para demostrar su humildad, antes de la cena se acostumbra también a hacer el ritual de las abluciones y el hospitalero reunió a todos y les pidió que se sentaran en las sillas que había junto a uno de los muros dispuestas a lo largo de él. Les dijo que se descalzaran el pie izquierdo y fue pasando uno por uno vertiendo algo de agua que llevaba en un jarrón y lavaba el pie izquierdo de cada peregrino. El agua caía sobre una palangana en la que el peregrino apoyaba el pie hasta que el hospitalero lo secaba con un fino paño.

            Seguidamente se hace una cena comunitaria para todos los que se encuentran allí reunidos, algunos llegan a imaginarse ese momento como la última cena que tuvo Jesús con sus discípulos, es un acto muy emotivo que consigue ablandar los más duros corazones.

            Cuando el veterano peregrino, después de este ritual y de compartir la cena salió a respirar el aire nocturno a la puerta del albergue, vio al fornido joven, se encontraba enfundado en un grueso jersey de lana que le cubría el cuello. El peregrino había buscado un lugar apartado y se había sentado sobre una piedra, tenía las manos cubriendo su rostro y el anciano peregrino pudo observar como su cuerpo sufría lo que parecían ligeras convulsiones y cuando se acercó a él, se dio cuenta que estaba llorando. Habían sido tantas emociones las que había experimentado en las últimas horas que no pudo evitar que la emoción que sentía se desbordara de su interior.

            Tratando de animar el ambiente que allí había, el veterano peregrino reunió a todos los que estaban y les propuso que para deleitar al resto, cada uno podía mostrar las habilidades que dominaba, así animarían el resto de la velada que les quedaba hasta que se retiraran a descansar a sus literas.

            Uno de los peregrinos, un japonés muy menudo era un poeta. Fue a buscar su libreta en la que cada vez que le llegaba la inspiración apuntaba sus sentimientos y fue buscando aquellos poemas que ya estaban completos y corregidos. Se puso en el escalón más elevado que había en el ábside y cuando se hizo el silencio y todos le observaban, comenzó a recitar los poemas que había compuesto. El sentimiento que ponía en cada entonación de lo que decía y la acústica del templo le confería una profundidad enorme a lo que estaba diciendo. Nadie comprendió lo que decía, pero a todos les parecía algo tan hermoso que se vio como algunas lágrimas se deslizaban por las mejillas de los presentes.

            Fue muy ovacionado cuando terminó su actuación y con la cortesía que caracteriza a los nipones fue haciendo reverencias hasta que cesó la última palmada que le tributaron.

            Entonces ocupó su lugar una peregrina germana. Era una mujer rubia y muy robusta. Tomó un vaso de agua y carraspeo varias veces hasta que su garganta comenzó a emitir unos sonidos celestiales. Su voz poseía un timbre que alguna buena soprano hubiese deseado para ella. Unas baladas de su país fueron el obsequio que ofreció a sus compañeros de camino y también fue muy sonora la ovación que recibió y a pesar de la solicitud de varios bises, ella prefirió que fueran otros los que siguieran mostrando sus habilidades.

            Tomó su relevo un peregrino americano de mediana edad, sacaba monedas de donde no las había, hacía milagros con pañuelos de seda inexistentes e hizo que varios participaran en sus juegos malabares con las cartas. La magia que poseía en sus manos fue encandilando a todos los asistentes, algunos llegaron a pedirle seriamente que al día siguiente hiciera que el camino se plegara para acortar la etapa y que ésta fuera más liviana.

            Todos se encontraban muy a gusto, también el mago se encontraba en su salsa y parecía que los trucos que tenía eran inagotables. Tuvo que ser el anciano peregrino quien le dijera que debía dejar tiempo para poder recrearse con las habilidades de los que aún no las habían mostrado.

            Pero el pudor o la falta de conocimientos hicieron que nadie más saliera al improvisado escenario y durante algunos minutos se llegó a producir un silencio que nadie deseaba, por lo que el veterano peregrino tomó de nuevo la iniciativa.

            -Ahora te toca a ti – dijo a la hermosa peregrina.

-Es que yo no sé hacer nada – dijo ella mientras las varoniles miradas se clavaban en el cuerpo de aquel ser angelical y esperaban ver con lo que iba a deleitarles.

-Algo tendrás que saber hacer –dijo el anciano.

-De verdad que no sé hacer nada- volvió a decir la joven mientras todas las miradas lujuriosas de los peregrinos se posaban aún más en su cuerpo.

-Ya ves que todos esperan que hagas algo, ahora no te puedes negar y decepcionar a la concurrencia.

-¿Y qué hago? – dijo ella.

-Pues enséñales una teta y veras como eres la que se lleva los mejores aplausos.

Las bolillas de los ojos de alguno, parecieron delatar su repentino conocimiento de nuestro idioma o quizá el anciano había dicho alguna palabra en esperanto, el caso es que todos se mostraron más atentos que antes. La joven sumisamente fue a cumplir lo que el veterano le había pedido hasta que éste al darse cuenta de lo que iba a hacer le pidió que se detuviera ya que solo se trataba de una broma, aunque las miradas de los demás ahora se clavaban con cierta ira en los ojos del veterano peregrino.