almeida – 29 de abril de 2014.

Uno de los hábitos peregrinos de los que hemos presumido en el albergue de Tábara, es que ningún peregrino se ha marchado de el, sin recibir un abrazo por parte del hospitalero que se encontraba a cargo del albergue.

Es una vieja costumbre peregrina. Un abrazo consigue transmitirlo todo, porque mientras lo das y lo recibes, se intercambian tantas sensaciones, que las palabras y los gestos son incapaces de poder transmitir con fidelidad.

Pero hay ocasiones en las que las cosas se tuercen sin saber como y se van uniendo una serie de circunstancias que conducen a que se trastoquen todos los planes que te habías hecho.

Los seis peregrinos que pernoctaron ayer en el albergue, se mostraban muy contentos con la acogida tradicional que se les había ofrecido y se les veía felices de su estancia en el albergue en la tertulia que se suele hacer después de la cena comunitaria que se comparte con los que han llegado.

A la mañana siguiente, habían acordado iniciar su camino a las siete y media de la mañana, por lo que quedamos en prepararles un café a las siete y una vez que hubieran cogido las energías necesarias les despediríamos con un abrazo como se hacía con todos los peregrinos que han pasado por el albergue desde que se gestiona con hospitaleros voluntarios.

No siempre, las cosas salen como uno desea. Todas las mañanas, el hospitalero cinco minutos antes que la alarma del despertador sonara, ya se encontraba calentando el café para que cuando se fueran levantando los peregrinos, estuviera todo dispuesto para ellos y cuando no ocurría así, siempre estaba la alarma del móvil que se encargaba de recordarle sus obligaciones.

Pero los astros se pueden reunir para trastocarlo todo y hoy el hospitalero se despertó con las campanadas del reloj del pueblo a las cinco de la mañana y como todavía era pronto se volvió a quedar dormido sin ser consciente que la batería del teléfono se había agotado y no le aviso que tenía que levantarse.

Cuando el hospitalero se percató de lo que había ocurrido, hacía ya media hora que los peregrinos se habían marchado del albergue, lo que dejo una sensación desagradable al hospitalero porque esa mañana los peregrinos comenzaron su jornada sin el entrañable abrazo.

Sin pensarlo, puso el café a hervir y preparó un termo con lo necesario para que los peregrinos no iniciaran su jornada sin ese café reparador que entona el cuerpo cada mañana y con el coche se fue en busca de ellos y los fue localizando por el Camino hasta que pudo dar ese abrazo a cada uno de los que habían abandonado el albergue mientras estos, en medio del camino se tomaban ese café con leche que no habían podido saborear en el albergue y lo que es más importante, se fueron con ese abrazo del que no se les podía privar.