almeida – 12 de marzo de 2016.

            Ese primer camino que todos los peregrinos hemos recorrido alguna vez, es el que siempre deja un recuerdo que es muy difícil de olvidar porque todas las sensaciones y lo que perciben nuestros sentidos lo asimilamos como algo nuevo y se queda en nuestra memoria. Inconscientemente, los siguientes caminos solemos compararlos con el primero y a veces injustamente suelen ser relegados a un segundo plano.

            La incertidumbre por ir conociendo lo que nos va a deparar la aventura que nos disponemos a realizar, hace que leamos todo lo que cae en nuestras manos y vayamos seleccionando aquellos lugares que no deseamos perdernos y los vamos ordenando involuntariamente por orden de preferencia, sobre todo esos sitios que forman parte no ya de la historia, sino de las leyendas del camino.

            Uno de estos lugares soñados era el Pórtico de la Gloria. La obra cumbre del maestro Mateo, la había contemplado en mil y una fotografías, en docenas de documentales y había leído tanto sobre esta maravilla pétrea, que muchas noches cuando me quedaba dormido, me veía allí, bajo este orgasmo de piedra contemplando todos y cada uno de los detalles, extasiándome con su visión.

            La llegada a Santiago fue mágica, desde que puse mis pies en sus centenarias calles, comencé a vivir mi sueño, ese sueño que tantas veces había estado en mi mente y ahora era una realidad.

            Contemplé la fachada de la catedral desde el Obradoiro, fui hasta la plaza de las Platerías para deleitarme con la visión de la fuente y la fachada, en la plaza de la Quintana contemple la Puerta Santa y cuando llegó la hora de la misa en honor del peregrino, por la puerta de las Platerías accedimos al interior de la Catedral.

            Todo allí era magnifico, la misa concelebrada, las capillas, los carriles que accionaban el botafumeiro, el árbol de la vida, el santo dos croques. En ese momento nos avisaron que apenas había gente para visitar la cripta y nos dirigimos hacia ella para verla sin agobios.

            Estaba colmado de tantas sensaciones nuevas, llegué a pensar que la memoria de mi disco duro cerebral estaba a punto de desbordarse y fue en ese momento cuando alguien comentó que era hora de ir a comer.

            No saboreaba la rica ración del pulpo a feira que nos habían servido ni tampoco la de lacón, solo podía saborear lo que mis sentidos acababan de percibir, porque no solo había forzado la vista, también percibía como el tacto aún sentía todo lo que acababan de tocar mis dedos y el aroma del incienso del botafumeiro permanecía todavía en mi pituitaria. Pero algo me decía que no estaba todo, que había algo que me había dejado, trataba de recordar que era y cuando lo hacía, todas las imágenes se agolpaban de nuevo en mi mente saturando mis pensamientos.

            Siempre he pensado que el verdadero Camino de Santiago de cada uno, comienza una vez que hemos llegado a la capital gallega, es en ese momento, cuando estamos ya reposados, cuando ponemos la moviola de nuestra mente y rebobinamos todo lo que hemos vivido durante el último mes.

            Entonces nos deleitamos saboreando esos instantes vividos que pasan por nuestra mente a una velocidad de vértigo. Casi con todo lujo de detalles podemos ver el camino que acabamos de hacer en solo unos minutos.

            Cogí la costumbre de sentir esta sensación cuando estoy de regreso, sentado en el autobús, cierro los ojos y revivo de nuevo el camino. En ese momento fue cuando me di cuenta de mi terrible olvido, había estado a dos metros del lugar soñado y no me había parado a observarlo, no llegué a contemplar la gloria.

            Entonces fue cuando adquirí una deuda que cada vez que llego a Santiago me encanta pagar y consiste en ir en primer lugar a contemplar durante media hora esa maravilla que pasé por alto la primera vez, de esta forma, sé que nunca más volverá a ocurrir ya que me pasé casi un año sintiendo vergüenza de mi imperdonable olvido.