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No creo en los milagros, pero existen

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almeida – 9 de marzo de 2015.

Cuando sientes las sensaciones que te aporta el camino, llegas a experimentar algunos cambios importantes en la forma de ver las cosas, aunque sin que por ello tus convicciones más profundas se mantengan inalterables, o al menos eso es lo que piensas.

                El camino, fue para mí pura casualidad, no creía en esa profunda fe con la que algunos lo recorren, aunque tampoco soy un agnóstico empedernido, digamos que a las cosas siempre trato de buscar esa lógica sin la cual no admito determinadas cosas.

                Respeto a aquellos que sí tienen esa virtud, o al menos eso es lo que suelen manifestar. En una ocasión que había llegado a Eunate como peregrino, me encontraba en el centro de aquel magnifico templo sintiendo esa paz que se puede encontrar únicamente en lugares como aquel, bueno hasta que llegaron unos turistas que me sacaron de mi ensimismamiento.

                Una hora más tarde, cuando llegué al albergue y coincidí con un peregrino con el que había estado en alguna ocasión más, al hablar de lo que esa jornada nos había deparado, lógicamente la conversación giró mayoritariamente en torno al templo que habíamos dejado atrás. Yo hablaba de la sensación de paz que me había encontrado allí, pero el peregrino comenzó a hablarme de temas espirituales y las fuerzas telúricas y sobrehumanas que presidían aquel lugar. Por momentos pensé que habíamos estado en dos lugares diferentes, aunque con el tiempo he llegado a aprender que las sensaciones que puede tener cada uno, varían según el estado de ánimo con el que te encuentres y también de lo que esperes encontrar en cada sitio.

                Esta situación, no ha sido única, con el paso del tiempo, me he dado cuenta que hay algunas personas que seguramente tienen esa sensibilidad tan especial que les permite llegar a ver cosas que para los demás nos están vetadas. Pero siempre he respetado estas creencias aunque las mías difieren mucho de lo que algunos pueden llegar a contar.

                No obstante, a pesar del poso agnóstico que tengo, he llegado a ver ciertas cosas que cuando no le encuentro esa lógica que siempre trato de buscar en las cosas, en lugar de olvidarme de ellas, se quedan dentro de mí y las voy rumiando tratando de llegar a esa conclusión que me permita comprenderlas.

                Pero en ocasiones, los pensamientos me traicionan y en lugar de tenerlos en silencio, van apareciendo en mi cabeza y salen en voz alta y quienes me conocen se llegan a extrañar de estos pensamientos, llegando a creer que soy yo el que está cambiando y no les falta algo de razón ya que el camino, una vez que consigues entrar en tus tuétanos a veces te va cambiando, inevitablemente vas observando las cosas desde otra perspectiva.

                Donde más me suele ocurrir esto es en las largas conversaciones sobre temas muchas veces intranscendentes que solemos tener los miércoles en el txoko. Generalmente, la cuadrilla con la que me reúno todas las semanas para cenar, cuando regreso de algunas estancias en el camino, bien como hospitalero o como peregrino, se interesan por esta actividad que no comprenden. Cuando les voy detallando las cosas que veo en el camino, las bromas suelen ser las normales de una cuadrilla y los comentarios jocosos son los que presiden cada cena.

                Ya me he acostumbrado a ellas y aunque les aseguro que en absoluto he cambiado mis creencias y sobre todo esas convicciones firmes que siempre he tenido, todos somos más o menos de la misma forma de pensar, no consigo erradicar ciertos comentarios y algunas afirmaciones sobre el cambio que están teniendo algunas de ellas, principalmente cuando el tema de conversación que se toca es el Camino.

                Creo que los milagros son solo fruto de algunas imaginaciones que cuando no encuentran explicación lógica a las cosas, lo atribuyen a una intercesión divina y confieso que ha habido algún momento en el camino que yo también he pensado de la misma manera.

                Pero el milagro más especial que me ha ocurrido, con el paso del tiempo compruebo que fue fruto de la casualidad, pero en aquellos momentos de angustia sí llegue a pensar que lo que me había ocurrido, solo podía achacarlo a esas fuerzas misteriosas que suelen esconderse en alguno de los recovecos de este Camino.

                Me encontraba en una ocasión recorriendo uno de esos caminos solitarios en los que el milagro es encontrarte con otro peregrino, ya que la soledad es lo que preside todos los días que te encuentras caminando.

                Uno de los días, unos amigos que sabían dónde me encontraba y vivían no muy lejos de allí, decidieron hacerme una visita, se acercarían hasta el albergue en el que me encontraba y compartiríamos las horas de descanso que tenía esa tarde.

                Era un pueblo aislado, de esos que no figuran en los mapas convencionales ya que no había ninguna carretera que llegara hasta él, solo se podía acceder a través de una pista más o menos firme. La pequeña pedanía, no contaba con ningún servicio no solo para los escasos peregrinos que llegábamos hasta allí, tampoco lo había para la docena larga de habitantes que podían estar en aquellos momentos viviendo en este lugar. Digo debían porque desde que llegué, no vi a nadie, estábamos saliendo del invierno y las gentes que me imaginaba de avanzada edad, se encontrarían recogidas en sus casas por temor a que el tiempo inclemente que hacía en el exterior les pudiera afectar a su salud, aunque para mí respirar aquel oxígeno puro era como si me conectaran a esa máquina especial que devuelve la vida.

                Esta visita fue muy agradecida, no solo por ver de nuevo a mis amigos con los que siempre me encontraba muy a gusto, también como conocían el lugar, habían traído una tortilla y una empanada que degustamos con algo de gula, ya que desde el desayuno no había probado bocado y en la pedanía no podía proveerme de nada para cargar las pilas que ya se encontraban algo descargadas por el esfuerzo realizado.

                El lugar parecía mágico, estaba llegando a las montañas que tenía que superar al día siguiente y todo lo que había a mí alrededor se encontraba nevado. La lluvia que caía de una forma incesante, se encargaba de derretir parte de la nieve. Esas dos circunstancias iban a hacer que la jornada del día siguiente resultara muy dura, pero yo la veía como una jornada especial de esas que por mucho tiempo que pase siempre será una de las pocas que permanezcan frescas en nuestra memoria.

                Mis amigos, además de la comida, se habían provisto de unas botellas de vino y de licor que iban saliendo del maletero del coche renovándose con una rapidez increíble ya que nos sentíamos eufóricos y todo lo que estaban poniendo sobre la mesa, estaba tan bueno que enseguida desaparecía.

                A mi amigo, le gustaba crear un ambiente especial para cada ocasión y en ésta había llevado unos cilindros negros sobre los que ponía alguna sustancia y al prenderlos iban emitiendo un aroma especial y desprendían unas chispas que en la oscuridad que nos encontrábamos, creaban el ambiente perfecto para ese momento tan especial que estábamos disfrutando.

                Pero uno de los cilindros debía encontrarse húmedo y no prendía, él me pidió el mechero y durante bastantes minutos estuvo intentando prenderlo hasta que al final lo consiguió, pero fue necesario poner el regulador del mechero al máximo para que la llama pudiera prender aquel artilugio que parecía no querer cumplir con su cometido.

                He de reconocer, que aquella fue una de esas tardes que difícilmente se van de nuestra mente y cuando se marcharon, lamenté quedarme de nuevo solo, pero al fin y al cabo, había escogido ese camino para recorrerlo en soledad y era lo que iba a hacer el día siguiente.

                No sé si fueron los efectos del alcohol, el caso es que esa noche dormí algo más de lo previsto, cuando me desperté, ya había una claridad en el exterior que me invitaba a caminar, aunque la intensa lluvia no había cesado y me retuvo unos minutos más en la litera.

                Como era mi costumbre, antes del primer café de la mañana, me gustaba encender un cigarrillo y aunque ese día no había café ni nada que llevar caliente al estómago, siguiendo mi costumbre o quizá fuera el subconsciente, lie un cigarrillo para sentarme a fumarlo en la puerta del albergue, luego comería algo de lo que había sobrado de la cena ya que la etapa que tenía por delante era muy dura y con el tiempo que hacía, se iba a endurecer todavía algo más y era necesario alimentar bien el cuerpo, proporcionarle esa energía que impidiera que la pájara hiciera acto de presencia.

                Cuando me disponía a sentir en los pulmones esa nicotina que contrarrestara en parte todo el oxígeno puro al que no estaba tan acostumbrado, vi que el mechero no encendía, lo intente varias veces pero se había agotado la carga de gas que había en su interior.

                Afortunadamente, para estas situaciones, llevo en el neceser un mechero de repuesto por lo que pueda pasar y una caja de cerillas, pero al mirar en la mochila, sentí como un escalofrío al ver que el neceser que llevaba no era el que me acompañaba en otros caminos, en esta ocasión, para reducir peso había cogido uno más pequeño y no tuve la precaución de pasar todas las cosas que eran necesarias y en esos momentos me di cuenta que las cerillas y el mechero de repuesto, eran algo imprescindibles.

                Traté de serenarme, en los albergues siempre hay algún mechero de alguien que lo deja para estos casos, para alguien que lo necesite, me di cuenta que me estaba dando ánimos de una forma engañosa, ¿quién va a dejar una caja de cerillas para los que vengan por detrás?, no obstante fui mirando todos los rincones del albergue, primero la cocina, luego en la recepción, abrí todos los cajones y armarios y hasta miré en el cuarto de baño, pero nadie había dejado esa caja de cerillas o ese mechero para que alguien como yo, para quien el cigarrillo es lo que le ayuda a superar metas, no hubiera tenido la precaución de llevar el repuesto necesario para estos casos desesperantes.

                Analicé mi situación, me sentía incapaz de hacer aquella jornada sin sentir cuando llego a lo alto de una cumbre esa punzada que produce la primera calada que se le da a un cigarrillo cuando ya estás saturado del aire puro que se respira en las cumbres al que no estás acostumbrado.

                Pensé todas las opciones que tenía y creo que en pocas ocasiones mi mente trabajo con tanta rapidez como en aquellos momentos en los que la angustia me estaba embargando.

                Una de las opciones era llamar a alguna de las casas de aquel pueblo y explicarles mi situación desesperada, pero ¿lo iban a comprender?, lo más seguro es que ni me abrieran la puerta.

                Otra de las ideas que rondaron por mi cabeza era llamar a mis amigos, se encontraban a muchos kilómetros de allí, pero era una situación grave y sabrían comprenderla, seguro que como me conocían, entendían enseguida el problema y se presentarían con un mechero y otro de repuesto.

                También, podía esperar a ver si se producía un milagro, quizá algún peregrino viniera por detrás y trajera un mechero, solo perdería una jornada de camino y reanudaría esa etapa al día siguiente.

                Pero pensándolo bien, era la opción en la que menos confiaba, cada vez son menos las personas que fuman y un peregrino, va buscando el aire limpio y no quiere ensuciarse sus pulmones con todas las porquerías que se esconden en cada cigarrillo.

                La situación era desesperada, solo un milagro podía ayudar a que mejorara esa jornada que se presentaba tan negra.

                Esa idea del milagro, me hizo concebir una ligera esperanza, aunque no había nadie en las calles de la pedanía, quizá a lo largo del camino me encontrara con algún pastor o un aldeano, esos sí que tienen este vicio y ellos podían sacarme del apuro en el que me encontraba, aunque viendo el día que hacía, quien iba a estar mojándose en aquel lugar tan inhóspito.

                Pensé en esa frase que he dicho muchas veces y también algunos peregrinos repiten “Santi siempre provee”, ahora era el momento de demostrarlo y ver si era solo un tópico o encerraba algo de verdad en ella.

                Procuré armarme de toda la fuerza que en esos momentos tenia y cogí de un voleo la mochila que casi en una sola maniobra encajó perfectamente en mi espalda y salí al exterior del albergue.

                La lluvia, me hizo volver a la realidad y de nuevo vino a mi mente la visión de esta etapa que presentía muy complicada, pero ahora no era solo por las adversidades climatológicas sino por el ánimo con el que me disponía a afrontarla.

                Como había previsto, según avanzaba por la calle del pueblo, solo había una, las casas estaban cerradas a cal y canto, la mayoría, delataba que hacía tiempo que se encontraban así, solo algunas delataban que en su interior se encontrara alguna persona, bien porque las ventanas no están tapiadas con planchas de madera o por el humo que salía de las chimenea que me hacían percibir que había vida en el interior.

                Fui avanzando por aquella calle solitaria que al encontrarse en cuesta el agua discurría por ella como si de un arroyo se tratara. De vez en cuando, levantaba la vista y veía las altas cumbres cubiertas de nieve, no pensaba en el esfuerzo que me iba a suponer llegar a lo más alto, en mi mente solo estaba la llegada a cada uno de aquellos riscos y no poder sentarme a contemplar el paisaje mientras aspiraba el humo de un cigarrillo.

                Cuando estaba a punto de abandonar las ultimas casas del pueblo, escuché cómo se abría una puerta, me detuve y vi salir a una mujer de mediana edad a la que saludé haciendo un gesto estirando un poco el cuello. Ella respondió a mi saludo mientras sacaba del bolsillo de su chaqueta un cigarrillo y lo encendía y a pesar de la distancia que nos encontrábamos, casi puede llegar a aspirar aquel humo que se confundía con el aire puro que llegaba de las montañas.

                Involuntariamente, o seguramente por una orden directa de mi subconsciente, cambié la dirección que estaba llevando y me acerque a aquella mujer a la que veía como un ángel salvador. La pedí fuego y le expliqué la situación tan desesperada en la que me encontraba y mientras sonreía, supongo que era consciente de la angustia que tenía, extendió su mano ofreciéndome el mechero.

                Estuve a punto de abrazarla, de besarla, creo que cualquier manifestación que hubiera hecho en aquellos instantes, se hubiera quedado corta. había surgido el milagro, de ahora en adelante, cada vez que dijera eso de que “Santi siempre provee”, no lo haría como un tópico, pensaría en ese momento, en ese instante salvador en el que a pesar de las nubes negras que había en el cielo, por un instante, sentí como se abrían y salía una claridad difícilmente explicable.

                Me despedí de aquel ángel con la mejor de mis sonrisas, creo que mi expresión diría muchas más cosas y además estoy convencido que todo lo que no dije con palabras, ella lo entendió perfectamente.

                Cuando llegué a lo más alto de la cumbre, había dejado de llover, una espesa niebla dominaba todo el contorno y sentado en esa piedra que estaba allí para que los peregrinos se sentaran mientras contemplaban el horizonte, me senté y encendí ese cigarrillo soñado. El humo, se iba mezclando con la niebla creando un ambiente embriagador y en lugar de contemplar el paisaje que lo impedía la niebla, pensé en Santi y en ese capote que me había echado para que aquella jornada, con el paso del tiempo, pudiera recordarla como ese día en el que estuve más cerca de contemplar lo que es un verdadero milagro y cuando se hable sobre este tema, pueda afirmar que éstos existen y quien lo dude, le explicaré la historia que acabo de describir.