almeida – de junio de 2016.

Jesús es uno de esos hospitaleros que estaba en el camino casi antes que éste comenzara a señalarse a los nuevos peregrinos.

Había nacido a unos metros de donde discurre el trazado y desde pequeño vio cómo, primero sus abuelos y luego sus padres, acogían a los pocos peregrinos que a principios del siglo veinte se aventuraban a transitar por esta ruta.

            Poco a poco el gusanillo del camino también fue entrando en él y cuando se independizó, acondicionó su casa para que los peregrinos que parecían perdidos en su pueblo tuvieran un lugar en el que resguardarse sobre todo esos días inclementes que suele haber en su tierra.

            Sin saberlo, quizá siguiendo ese sentimiento que tenían los santos protectores del camino se convirtió en hospitalero y que ofrecía su casa a los que la necesitaban para afrontar una dura etapa y coger fuerzas para esas otras más difíciles que tenían por delante.

            Por eso, cuando estuve una vez con él, pensé que era una oportunidad que no se me volvería a presentar para beber en un pozo inagotable de experiencia y le pedí que me contara alguna de esas historias que había tenido a lo largo de su vida en el camino.

            -Experiencias he tenido muchas – me dijo – son muchos años haciendo lo mismo y cada día ocurren cosas diferentes y no sabría por cual empezar.

            -Pues la primera que le venga a la cabeza – le propuse – no hace falta que sea algo bonito, también puede ser algún hecho que de alguna forma le haya dejado marcado.

            Se quedó pensando unos minutos, como tratando de buscar esa historia original que quien pregunta desea escuchar, pero me dijo que me iba a contar una de las decepciones más grandes que él se había llevado en el camino.

            Hace unos años, estaban tratando de levantar un albergue en un lugar estratégico del camino y solicitaron ayuda a los peregrinos y a los hospitaleros que más se implicaban en estos proyectos.

            Él, que conocía las dificultades que se encuentran al comenzar, cogió unos días libres y se fue a echar una mano en lo que pudiera ser útil. Su experiencia en todo tipo de labores le hacía la persona idónea. Lo mismo sabía serrar un tronco que poner unos ladrillos o levantar un encofrado, por lo que ayudó algunos días más de los que inicialmente tenía pensado estar al darse cuenta que el trabajo era mayor de lo que inicialmente suponía.

            Cuando ya no pudo quedarse más, volvió a su albergue que era su casa, pero antes de marcharse, dejó en la caja que había de los donativos y las colaboraciones para levantar el albergue un buen puñado de billetes de las antiguas pesetas, sería su contribución para que esta obra se convirtiera con el tiempo en una realidad.

            Con el esfuerzo y la ayuda de muchas personas como Jesús, el albergue llegó a ser ese sueño cumplido de quienes habían tenido la idea y con el paso del tiempo llegó a convertirse en un referente del camino en el que estaba ubicado, ya que todos los peregrinos y los hospitaleros que pasaban por él, hablaban de ese embrujo que tenía aquel lugar que solo podía encontrarse en un reducido número de lugares de acogida de los caminos.

            Quiso el destino que un buen día Jesús decidiera hacer un tramo del camino como peregrino, contaba con algunos días libres y pensó en ese camino donde había colaborado con su esfuerzo y aportación a que el albergue se levantara, de esa forma comprobaría el trabajo en el que él tanto colaboró.

            Ese día no pensaba en el camino que estaba recorriendo ni sus sentidos se percataban de lo que la naturaleza le estaba ofreciendo a su paso, solo pensaba en llegar a su albergue. Él, lo consideraba algo suyo y le hacía mucha ilusión pernoctar en este lugar como un peregrino más.

            Cuando llegó al pequeño pueblo, se quedó observando la fachada y el resultado de la obra. Las piedras de sillería sobre las que se había levantado le conferían una robustez muy diferente de la visión que tenía de aquel lugar cuando fue a trabajar y las maderas de roble que eran los pilares y las columnas sobre las que se asentaba el edificio daban la impresión que iban a durar en pie muchos años.

            Después de observar el albergue se dirigió hacia la puerta y la empujó para acceder al interior del local. Le recibió una hospitalera extranjera que solo hablaba algunas palabras en nuestro idioma y al ver entrar al peregrino se dirigió hacia él diciéndole.

            -Lo siento señor, el albergue está completo y no queda ningún sitio libre.

            -Bueno, no se preocupe, no quiero ninguna cama, con un rincón en el que poder tumbarme es suficiente – dijo Jesús.

            -Lo lamento – dijo ella – cuando el albergue se llena ya no puede entrar nadie más.

            -Ni tan siquiera puedo tumbarme en el suelo, yo me arreglo con un poquito de espacio, solo quiero dormir a cubierto – propuso Jesús.

            -Son las normas y cuando se llena ya no entra nadie más.

            Jesús no quiso entrar en detalles ni discutir sobre las normas, pensó en darle una humilde lección de hospitalidad, pero se dio cuenta que sería en vano, ya que cuando se comienzan a imponer las normas sobre el sentido común se llega a perder toda esa esencia y esa magia que encierra la hospitalidad, esa para la que ha sido enseñada la hospitalera antes de hacerse cargo de un albergue.

            Cogió sus cosas y se alejó de aquel lugar que ya le estaba resultando antipático y desconocido. Pensó en los esfuerzos que él había realizado para que ahora aquella hospitalera insensible le echara de un sitio que era más de él que de la encargada de acoger a los peregrinos.

            Como Jesús había convivido unos días con algunas personas del pueblo y mantenía un buen recuerdo de todas ellas, se fue donde un conocido y le pidió permiso para dormir esa noche en una de las cuadras para los animales que tenía a la salida del pueblo.

            El hombre se alegró de volver a verlo y trató que Jesús pasara esa noche en su casa, pero él agradeció la hospitalidad que le ofrecía, esa noche no podía pasarla en otra casa del pueblo, quería que no se le olvidara nunca la falta de delicadeza que tuvo la hospitalera cuando no supo cumplir con ese sagrado deber que da nombre a lo que está haciendo.

            Se fue a la cuadra que tan bien conocía y buscó un rincón apartado en el que no estorbara a los animales que allí había. Cogió de uno de los pesebres unos manojos de paja y los fue extendiendo sobre el suelo y sobre ella colocó su esterilla y se tumbó tapándose con el saco de dormir.

            Esa noche apenas pudo conciliar el sueño, solo pensaba en la labor tan bien hecha que había realizado cuando solicitaron su ayuda y se lamentó de que ineptos hospitaleros fueran designados a estos lugares en los que si actúan como lo hizo la hospitalera, lo único que hacen es estorbar.