almeida – 21 de noviembre de 2014.

Cuando en el año 2003 recorrí por primera vez el camino, había algunos lugares donde me proponía hacer una parada. Quería conocer a esos personajes emergentes del camino que, como los santos de la Edad Media, son un referente para los peregrinos y para mí sería un placer conocerlos.

Uno de ellos era el cura de San Juan de Ortega, don José María. Fue uno de los primeros que comenzó a dar acogida a los peregrinos que se dirigían hacia Santiago.

Al igual que el santo que había dado nombre al lugar, fundando un hospital de peregrinos, una iglesia y un convento, don José María era un personaje bonachón como lo son las gentes de esta tierra. También había nacido en un pueblecito al norte de la capital y fue el destino el que le llevó a los Montes de Oca para reconfortar al peregrino que llegaba después de una dura pero hermosa etapa.

Este cura se había hecho muy popular entre los peregrinos ya que, además de darles acogida en el antiguo hospital que fundara el santo hace casi mil años, reconfortaba sus cuerpos ofreciéndoles una cazuela de sopas de ajo. Ese plato tan castellano se elaboraba con muy poca materia prima. El elemento principal es el pan duro que generalmente sobra de días anteriores. Esa sencillez en su elaboración, llega a adquirir la categoría de obra culinaria cuando es realizada con la maestría de quien la elabora un día tras otro.

Cuando pasé la primera vez por San Juan de Ortega fui a ver los capiteles del milagro de la luz que se produce cada solsticio y a continuación me dirigí al albergue para saludar al párroco, pero éste no se encontraba allí debido a una recaída en su delicado estado de salud.

Fue un contratiempo. En aquellos momentos era de los que pensaba que una vez realizado el camino ya se había cu­bierto un objetivo y no tenía mucho sentido volver a recorrer la misma senda otra vez, ¡qué equivocado estaba entonces!

Tres años después, en esta ocasión procedente de Aragón, volví a pasar por el mismo lugar, esta vez fui directamente al albergue y allí me encontré con este buen hospitalero.

Don José María era una persona menuda. Tenía un aspec­to muy frágil y su rostro parecía un antiguo pergamino surca­do por largas y profundas arrugas. Me extrañó verle al pie del cañón ya que unos días antes de comenzar el camino, a través de los foros de Internet, había leído que tuvo que ser ingresa­do en el hospital por una nueva recaída.

Su voz serena transmitía humanidad. Era un hombre de Dios, bondadoso, que le gustaba lo que hacía y ponía todo su empeño en ello, como lo confirmaba la labor que estaba ha­ciendo en el albergue.

No tenía previsto finalizar allí la etapa y así se lo dije, eran las once de la mañana y me parecía muy pronto para dete­nerme, pero sí quise estar todo el rato que al buen cura le permitieran sus quehaceres para conversar un rato con él y llevarme su recuerdo.

Hablamos sobre la salud y sobre la vejez. En su caso am­bos iban muy unidas, según me contó. Eran consecuencia de las fatigas que las recias gentes castellanas habían padecido en la primera mitad del siglo anterior labrando las tierras con téc­nicas muy rudimentarias. Esos excesos de su juventud acabó acusándolos en la vejez. Sabía de lo que me hablaba, ya que mi padre, algo más joven que él, también me hablaba de las pe­nurias que se pasaban en el campo.

Conversamos también sobre la riqueza que encierran los montes que rodean el complejo que fundara el santo de Quin­tanaortuño. Sobre todo para los amantes de la caza y los afi­cionados a la micología, los buenos hongos y las excelentes setas abundan en estas tierras.

Le dije cómo me apenaba no poder quedarme a saborear sus famosas y seguro que estupendas sopas de ajo, pero no me parecía bien dejar de caminar tan pronto. Tenía previsto lle­gar hasta Burgos. Quedamos en dejarlo para otra ocasión, aunque seguro que él ya sabía que si no volvía pronto por allí me quedaría para siempre con las ganas de probarlas.

Poco tiempo después, don José María decidió reunirse pa­ra siempre con su maestro, el santo caminero, y yo me quedé sin probar sus estupendas sopas de ajo. Pero cada vez que las preparo en el txoko para los amigos, lo hago con el mismo cariño con el que lo hacía el buen cura y aunque nunca lle­garán a adquirir su nivel culinario. Estoy seguro de que si él las hubiera probado me reconocería como un buen discípulo.

Descanse en paz este buen cura y quiera el sentido común permitir que algún día sus restos puedan descansar junto a aquel de quien tanto aprendió.