almeida –  16de diciembre de 2016

 Peregrino

            Cuando Michael terminó su carrera de medicina, Antoine, su padre, se mostraba muy orgulloso de los logros de su hijo y esperaba que ocupara un día su puesto en el hospital en el que trabajaba.

Estaba cercana su jubilación y le pondría bajo su tutela para que poco a poco fuera conociendo los entresijos de su trabajo y de esa forma cuando se jubilara, sería quien le sucediera en la atención a los pacientes que tenía.

            Pero Michael no pensaba lo mismo, él deseaba antes de asentarse en un lugar determinado conocer mundo y sobre todo creía que sus conocimientos debía ponerlos al servicio de los demás. Por eso cuando le dijo a su padre que su objetivo era irse a un país africano como cooperante de médicos sin fronteras, Antoine no lo pudo comprender, se había forjado tantas ilusiones y había hecho tantos proyectos que ahora no sabía lo que podía hacer para que su hijo cambiara de opinión y se quedara en donde estaba convencido que se encontraba su destino, ese para el que había estudiado tan duro y también con el que Antoine se había ido forjando unas ilusiones que le hacían concebir ciertas esperanzas que ahora veía que ninguna de ellas se iban a cumplir.

            Trató por todos los medios de buscar la forma de convencerle, incluso recurrió a algunas personas que creía que tenían alguna influencia sobre su hijo pero todo lo que intentó fue en vano ya que Michael tenía el firme propósito de llevar a cabo sus proyectos y nada ni nadie le iban a hacer renunciar a lo que había estado soñando durante tanto tiempo.

            La vida en el país africano fue especialmente intensa, pero sobre todo muy gratificante para el joven médico que se sentía útil porque podía salvar vidas. Cada día llegaban hasta el pequeño centro en el que se encontraba numerosos casos que requerían su atención y la mayoría de ellos eran urgentes que si no hubieran contado con sus cuidados, muchos de ellos hubieran fallecido.

            Antoine fue en una ocasión a visitar a su hijo y le encontró feliz con lo que estaba haciendo. Ya nunca más volvió a preocuparse ni de su futuro ni de su sucesión, porque el gesto que había en cada una de las miradas y sobre todo la pasión con la que Michael le hablaba de algunos casos que le habían ocurrido, le hacían comprender que aquel era el lugar en que debía estar porque además de ser útil se encontraba feliz y, ¿qué padre no desea por encima de todo la felicidad de sus hijos?

            Con el paso del tiempo, el trabajo fue aumentando de una forma considerable. La rivalidad de algunas tribus estaba provocando una serie de enfrentamientos que era la población desarmada quien más los estaba sufriendo y cada vez el espacio que contaban en el pequeño centro médico se fue viendo insuficiente para atender a todos los que recurrían sus servicios. También fue insuficiente la mano de obra especializada y como no llegaba ayuda en ocasiones solo podía dormir unas horas cada día, el resto del tiempo era preciso estar atendiendo las urgencias que cada vez resultaban más numerosas.

            La situación fue haciéndose más insostenible y el ejército del pequeño país tuvo que entrar en acción para aplacar la rebelión de los rebeldes y el conflicto se fue extendiendo y cada vez comenzó a resultar más cruento.

            Como no se podía garantizar la seguridad de los cooperantes, les fueron repatriando a sus lugares de origen. Pero Michael y otros colegas que estaban muy comprometidos con lo que estaban haciendo, se negaron a escuchar los consejos que les daban y no quisieron abandonar su puesto de trabajo, ahora eran más necesarios que nunca y no podían dejar desamparadas a aquellas personas que requerían más que nunca la atención que solo ellos podían proporcionarles.

            Un fatídico día, algunos paisanos mezclados con guerrilleros de las aldeas cercanas, buscaron protección bajo la estrella roja que dominaba por todos los lados en aquel recinto, pero eso no fue impedimento para que las tropas gubernamentales intensificaran su fuerza de acción y cuando Michael se encontraba operando a una mujer, una bomba cayó en el centro del improvisado quirófano matando a todos los que allí se encontraban.

            Cuando Antoine recibió la noticia de la muerte de su hijo, se quedó frío, un escalofrió recorrió su espalda y le dejó paralizado, manteniéndole de esa forma varias semanas. Se recluyó en su casa tratando de olvidarse del mundo y de todo lo que no fuera el permanente recuerdo que tenía de Michael.

            Meses más tarde comenzó a salir a la calle, primero lo hacía cuando empezaba a oscurecer, no deseaba encontrarse con nadie. Sus amigos que en alguna ocasión pudieron verle, casi ni le reconocieron, había envejecido de una forma alarmante y trataron de ayudarle, pero Antoine rechazaba todo el apoyo que pudiera proceder de aquellos en los que siempre se había apoyado cuando las cosas no salían como él quería.

            Vivía en una ciudad por la que pasaban en ocasiones algunos peregrinos que se dirigían a Compostela y un día estuvo hablando con uno de ellos que le pedía información de algún lugar en el que le pudieran dar acogida. La mirada de aquel peregrino parecía muy limpia y eso llamó la atención de Antoine que le invitó a tomar un café y se interesó por lo que estaba haciendo y después le ofreció una cama en su casa para que pudiera descansar.

            El peregrino le confesó que había perdido a un ser muy querido para él y había buscado refugio en el camino para encontrar esa paz que ningún otro sitio le podía proporcionar y parecía que lo estaba consiguiendo. Algúnos días, aunque los recuerdos no se habían llegado a olvidar del todo, no resultaban tan amargos y tristes como antes.

            Antoine pensó que no perdía nada por hacer lo mismo y un buen día desapareció, sin decir nada, de su ciudad y se adentró en el camino con otros peregrinos que también se dirigían hacia occidente, confundido entre peregrinos anónimos donde nadie conocía a quien caminaba a su lado, pensaba que sería el mejor remedio para que el tiempo fuera curando la angustia que le dominaba desde que su hijo desapareció.

            Cuando le conocí, después de la reticencia inicial que tenía, me contó su historia y según lo hacía observé como los recuerdos que todavía estaban frescos en su memoria a pesar del tiempo que había transcurrido le hacían entristecer de una forma que no había visto antes a nadie. No cesaba de repetir después de cada frase que decía que nadie debía ver como un hijo se marchaba antes que él, porque se iba una buena parte de uno mismo quedando un vació que era muy difícil de poder llenar con nada.

            Cuando me interesé por saber si desde que estaba en el camino había sentido algún tipo de alivio a sus penas, Antoine me decía que cada día que pasaba el recuerdo de su hijo era mayor y sabía que nunca podría recuperarse de aquella perdida y que le acompañaría hasta el mismo momento que sus días finalizaran.

            Sabía que en esos momentos, para un padre desconsolado es muy difícil encontrar las palabras que puedan servir de consuelo y no me salió ni una sola que pudiera decirle y le dejé allí con su pena que era tan conmovedora que también a mí me entristeció durante bastantes días. Cada vez que me acordaba de ese peregrino, no sabía cómo, el recuerdo de mis hijos y pensar que les pudiera ocurrir algo antes que a mí, fue lo que me hacía comprenderle.

            Un año después, volví a ver de nuevo a Antoine, en esta ocasión caminaba con una peregrina a la que había conocido en el camino y que había pasado por una situación similar. Ellos se hacían compañía y recorrían el camino tratando de encontrar esas respuestas que pudieran darle un sentido a sus vidas, pero mientras estas llegaban se tenían el uno al otro y habían comenzado a saber llevar su pena de otra forma y en sus rostros podía llegar a verse esa esperanza que seguía manteniéndoles vivos.