almeida – 23 de noviembre de 2015.

PeregrinoMolinaseca

Pablo se había convertido con el paso de los años en un peregrino muy especial, para él los caminos elegidos que le llevaban a Santiago no eran los más señalizados, ni en los que podía encontrar peregrinos. Pensaba que a Santiago había millones de caminos, tantos como peregrinos pueda haber en el mundo, ya que para él, el auténtico peregrino era el que salía desde su casa para llegar a la tumba del Apóstol.

         Cuando ya había realizado de esta forma el camino, pensó que los siguientes que realizara los haría en homenaje a sus seres más cercanos y queridos. El primer proyecto que realizó de esta forma, fue saliendo desde Albacete como homenaje a su padre y al año próximo saldría desde Almería que fue donde nació su madre y le dedicaría a ella esta ruta.

         Cuando entraba en cada pueblo del camino que se había marcado, la gente le miraba un tanto extrañada. No era normal ver a una persona de su edad caminando con aquellas pintas tan raras y si, por casualidad, se detenía a hablar con alguien y le explicaba que estaba haciendo el camino de Santiago, no solo le miraban con más desconfianza aun, sino que pensaban que estaba loco y así se lo trataban de decir, ya que según le aseguraban los nativos, estaban seguros de que se había perdido porque ese camino que él decía no pasaba por allí.

         Pablo trataba de convencerles diciéndoles que el camino que conduce a Santiago es el que cada peregrino hace desde su casa, pero las mentes de sus interlocutores no podían admitirlo, ellos llevaban viviendo toda la vida allí y le aseguraban que por su pueblo no pasaba ese camino que él decía, qué sabría él, que acababa de llegar.

         Un día sus pies le llevaron a una pequeña población de Murcia y en lugar de entretenerse hablando con los vecinos, fue directamente a la iglesia solicitando al cura del pueblo hospitalidad para esa noche. Coincidía que la Iglesia estaba dedicada a Santiago, por lo que Pablo pensó que allí si comprenderían inmediatamente lo que estaba haciendo.

         La mente del hombre de Dios que se encontraba al cargo del templo era muy parecida a la de sus paisanos y le negó la hospitalidad que el peregrino solicitaba. Pablo no se lo podía creer, no había pedido una cama ni nada especial, solo quería un rincón en el que poder extender su saco y dormir resguardado.

         Desilusionado, retomó su camino con la idea de llegar al pueblo siguiente para ver si encontraba esa acogida que en este lugar no había tenido. Pero era ya muy tarde y la noche se le echaría muy pronto encima, por lo que al ver que la última casa del pueblo tenía una escalera para acceder a la planta alta y se encontraba cubierta. Pensó que sería un buen lugar para estar a cubierto por si el tiempo cambiaba y comenzaba a llover como había ocurrido alguno de los días anteriores.

         Buscó a alguien en la casa para pedirle permiso para instalarse, pero nadie respondió a su llamada, daba la impresión que la casa se encontraba deshabitada, por lo que acomodó su mochila y extendió el saco de dormir sobre el suelo con la intención de pasar allí la noche.

         Al poco rato, vio cómo se acercaba a la casa una señora y antes que esta se asustara, salió a su encuentro:

-Buenas tardes, no se asuste que soy un hombre de bien. Soy un peregrino que se dirige a Santiago y solo busco un sitio donde pasar la noche y como el párroco no ha querido acogerme, he pensado en este lugar para pasar la noche – dijo Pablo.

La buena mujer no podía creer lo que el peregrino la estaba diciendo, que el cura hubiera actuado con tan poca generosidad cuando había un local en el pueblo acondicionado para situaciones excepcionales como esta, la resultaba incomprensible.

Le ofreció a Pablo su cuarto de baño para poder asearse, pero éste no quería causar ninguna molestia, por lo que le dijo que se arreglaría con una manguera que había en el patio de la casa. La buena señora puso a disposición del peregrino cualquier cosa que necesitara y le dijo que no dudara en pedirle lo que fuera necesario. Pablo agradeció su ofrecimiento, pero era muy poco lo que necesitaba y eso ya se lo había proporcionado la buena señora con la acogida que le había dado.

         La señora de la casa era la madre de un Policía Local del pueblo a quien puso al corriente de lo que había ocurrido, por si acaso. Aunque el peregrino parecía una buena persona e inspiraba confianza, no se sabía nunca lo que podía pasar y era mejor que su hijo estuviera avisado para que luego no la regañara por aceptar a cualquiera en su casa.

El agente apareció por casa de su madre antes que amaneciera para despedir al peregrino, ofrecerle lo que necesitara y excusarse por el comportamiento que un representante de la iglesia había tenido con un peregrino.

Como desagravio, le traía el desayuno, había cogido dos melocotones de un árbol que tenía en el huerto de su casa y se los ofreció a Pablo. Mientras los dos conversaban, el peregrino fue saboreando los melocotones que le supieron a gloria, nunca había probado algo tan sabroso y sabía que nunca comería algo con tanto entusiasmo como lo estaba haciendo con aquella fruta recién recolectada.

El policía trató de disculpar al cura por el comportamiento que había tenido con él, aseguraba que era una buena persona y no entendía cómo podía haber actuado así y le preguntó al peregrino que tenía más experiencia en situaciones similares, que es lo que se podía hacer para que situaciones parecidas no volvieran a ocurrir.

El peregrino sin pensarlo, dijo lo que le salió de lo más profundo de su alma y le comento que solo tenían dos opciones; o cambiar el patrón del pueblo, ya que en un lugar que se venera a Santiago no es admisible rechazar a un peregrino. O la opción más sencilla que era cambiar de cura, ya que un hombre de Dios no puede negar la hospitalidad y menos a un peregrino.

El agente sonrió porque las dos cosas se le antojaban bastante complicadas ya que inmiscuirse en los asuntos de la iglesia no suele ser fácil y es muy complicado encontrar el equilibrio.