almeida – 19 de noviembre de 2014.

Una vez terminada mi estancia como hospitalero en un albergue del Camino de Madrid, una ruta muy poco conocida y transitada por los peregrinos, decidí según regresaba para casa pasar por el Burgo Ranero para saludar y pasar el día con mi compañero en mi primera estancia como hospitalero en un albergue, de esa forma además de estar un día más en el ca­mino, podría hacerlo rodeado de peregrinos. Algo esencial para un hospitalero que lo había echado en falta durante los últimos quince días.

Además de a mi compañero tuve la oportunidad de volver a encontrarme con su mujer, también hospitalera que había realizado el cursillo conmigo. Fue muy ameno poder estar todo el día hablando del camino. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos y teníamos numerosas anécdotas que contarnos.

Como esperaba, el albergue tuvo que poner el cartel de completo. En las zonas de descanso que había junto al alber­gue tuve la ocasión de hablar con numerosos peregrinos. Una sensación que casi había llegado a olvidar ya que hubo va­rios días que me encontré solo en el albergue del Camino de Madrid.

El Burgo Ranero tiene muy pocas cosas que visitar. Es un pueblo más grande que muchos de los que se encuentran en esta parte del camino pero quizá carece de la riqueza arquitectónica y artística de otras poblaciones, aunque todas poseen un encanto especial y en este pueblo había uno que yo desconocía.

A la salida del pueblo, muy cerca del camino, hay una gran charca que incluso en verano mantiene un nivel de agua importante. Esta se encuentra plagada de ranas aunque creo que su sobrenombre no se debe a ellas. Según he leído en algunos relatos de peregrinos el concierto que hay en el silencio de la noche en tono de croac debe resultar en ocasiones insoportable sobre todo para quienes tratan de conciliar el sueño en sus proximidades.

Durante la tarde me llamó la atención que mi compañero hospitalero comentaba a los peregrinos que quienes desearan ver el anochecer estuvieran a las ocho y media en la puerta del albergue. No quise hacer ningún comentario pero me resultaba muy llamativo que la principal atracción de este pueblo fuera ver cómo se ocultaba el sol.

A la hora fijada nos juntamos una docena de peregrinos y fuimos en dirección a la charca. Al oeste, el sol, muy perezoso. Estaba próximo a ocultarse, por lo que nos acomodamos en unos bancos para ver cómo lo hacía. Era un anochecer bonito aunque no le veía nada especial como para hacer una visita programada.

Cuando la parte inferior del astro rey se fue uniendo a la línea del horizonte, un brillo rojizo comenzó a destacar. La parte superior había adquirido un tono rojizo anaranjado y la charca también reflejaba este tono. En medio estaba el camino que aparecía como una larga franja negra y la vegetación destacaba con unos tonos oscuros que contrastaban con el brillo de este espectáculo de la naturaleza. A medida que la línea que divide el cielo y la tierra se iba engullendo el gran disco solar, comenzó a oscurecerse todo lo que estaba a nuestra vista; los juncos, arbustos y árboles de la charca semejaban sombras muy difuminadas. Pero la magia llegó en el momento en el que la parte superior del sol tocó el horizonte. Entonces un resplandor con un anaranjado in­tenso imitando a cientos de focos resaltaba todo lo que nuestra vista podía alcanzar. La charca adquiría una belleza especial, la luz era mágica y la forma de finalizar el día fue muy diferente a cualquiera que hubiéramos pasado en el camino.

Creo que fue uno de los anocheceres más hermosos que he contemplado nunca y como peregrino fue el más espe­cial. Son unos instantes en los que llegas a sentirte diminu­to ante la inmensidad de lo que nos rodea. Un anticipo es­pecial de ese momento que experimentan los peregrinos cuando sentados al borde del fin de la tierra imitan al astro rey que se va apagando y ven cómo en una pequeña hoguera se consumen las pertenencias que ellos han arrojado para purificarlas porque todos han cubierto su objetivo y con la llegada a su destino al día siguiente, vuelven a renacer.