almeida – 17 de noviembre de 2014.

Desde hacía muchos años, Carlitos tenía una costumbre. El primer día del año, junto a sus hermanos ascendía a uno de los montes más altos del País

Vasco y, sentados bajo la cruz del Gorbea, abrían una botella de cava y brindaban por el año nuevo. Es una costumbre que el día de San Silvestre o el pri­mer día del año hacen numerosas personas del País Vasco.

 

Como un buen complemento al entrenamiento diario que venía realizando para afrontar con garantías el camino, decidí en esa ocasión acompañarles. De esta forma hacía también algo de montaña y no me limitaba a prepararme solamente en el terreno llano que había en las proximidades de mi casa.

Hacia las seis de la mañana, todavía sin haber digerido las doce uvas, pasaron a recogerme. Algo somnoliento ante el frío matutino, solo pensaba en lo bien que estaría a esas horas en la cama. Nos fuimos en coche hasta Zeanuri aun­que en lugar de comenzar el ascenso desde el pueblo, subimos con el todoterreno hasta Pagomakurre para co­menzar desde allí la ascensión.

El día era muy fresco. Había llovido abundantemente el día anterior y el camino se encontraba muy embarrado. Colgamos una pequeña mochila a nuestras espaldas con lo necesario para pasar la mañana y unas botellas de cava de litro y medio para hacer los brindis.

Los mendigozales eran numerosos, no imaginaba que un día como aquel, en el que la mayoría de la gente a esas horas estaría regresando a sus casas de los cotillones de fin de año, se encontrara tan concurrido el Gorbea. Aunque ya sabemos cómo son las tradiciones y, si estas son sanas, los adictos van contagiando a gente nueva llegando a formar importantes cuadrillas.

Enseguida me olvidé de los pensamientos que tenía cuando salí de casa. Había sido una buena idea venir y ahora solo quería disfrutar lo más posible de este día tan diferente.

Algunos tramos resultaban muy complicados. El exce­sivo barro y las duras pendientes los hacían poco menos que impracticables. Debíamos caminar con mucho cuida­do para evitar caídas o resbalones inoportunos.

Se comenzaba a notar la falta de preparación. El per­manente ascenso se acumulaba en las piernas haciendo que debiera parar en repetidas ocasiones para coger aire. No cabe duda de que esta preparación me vendría muy bien en algunos desniveles del camino.

Cuando se comienza el último tramo el ritmo se va desacelerando. Las numerosas rocas que debemos sortear hacen que cada paso lo demos previamente controlando dónde podemos fijar el pie ya que la inestabilidad de las rocas lo hace muy peligroso y un esguince o una fractura puede llegar a resultar un problema muy serio.

Los últimos metros se encontraban con una espesa ca­pa de nieve que había sido aplastada por los numerosos caminantes que nos habían precedido en el ascenso. Al­canzar la cima resulta una satisfacción, en lo más alto nos sentimos en la cumbre del mundo, solo podemos contemplar los numerosos valles que hay en todas las vertientes y un paisaje espectacular en el que el horizonte parece agrandarse hasta el infinito.

Extraemos las dos botellas de cava de las mochilas y las dejamos un rato semienterradas en la nieve que hay a nuestro alrededor. Una vez que están en su punto de temperatura, quizá algo más frías que de costumbre, después de un suculento y gratificante bocadillo brindamos por el nuevo año y Carlitos y yo además lo hacemos por el camino que vamos a recorrer a partir de mayo.

Observo una pequeña piedra de forma irregular que llama mi atención. Imagino que está allí entre la nieve para que yo la vea. La cojo y pienso que sería un buen recuerdo para dejar en la Cruz de Ferro, de uno de los lugares más altos del País Vasco para el punto más alto del camino. La guardo en mi mochila ya que me servirá para ese fin que la he cogido.

Ha resultado un día estupendo. Creo que si me lo hubiera perdido estaría arrepintiéndome toda la semana. Carlitos era un especialista en saber extraer o mantener cosas de la conciencia y me lo habría estado recordando con todo lujo de detalles.

Al llegar a casa, cogí la piedra y la puse sobre la mesita de noche a modo de pisapapeles. De esta forma me veía obligado a dormir siempre pensando en el camino. Llegué a imaginar mil veces las mil formas en las que dejaría la piedra en el túmulo de la Cruz de Ferro.

Cuando preparé la mochila para hacer el camino, lo primero que hice fue buscar un sitio muy especial para mi piedra del Gorbea. Quería que estuviera en un lugar a mano, pero que fuera lo suficientemente resguardado para que no se perdiera.

Al comenzar el camino en Roncesvalles el primer objetivo era llegar a la cima de la Cruz de Ferro. Santiago era casi secundario. Había soñado tanto ese momento que lo revivía a cada instante.

La noche en Rabanal fue un tanto especial. Saqué de la mochila mi piedra y la contemplé durante largo tiempo, habíamos estado tanto juntos y me había ayudado tanto, que ahora me daba pena desprenderme de ella. Pero era su destino y ya no podía privarla de él.

Decidí, en lugar de volver a guardarla en la mochila, in­troducirla en el bolsillo del pantalón. De esa forma la sentía más cerca de mí en esas últimas horas que estaríamos jun­tos. De vez en cuando introducía mi mano como tratando de acariciarla.

Al llegar a la base del túmulo en lo alto del Irago, le di dos golpecitos como diciéndole «hala, hemos llegado» y la extraje del bolsillo. Busqué un sitio apropiado para deposi­tarla y entre dos piedras mayores que hacían una pequeña cavidad, la dejé bien resguardada de las inclemencias de todo tipo.

Abandoné la Cruz. Me dio pena dejar esa piedra que ha­bía estado tantos meses conmigo, pero me sentí feliz, ya que, a pesar de su pequeño tamaño, estaba contribuyendo a hacer más grande este importante hito de la ruta jacobea.