almeida – 20 de junio de 2915

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            Para el viejo hospitalero, la peregrinación que hacían los peregrinos no consistía en ir acumulando etapas para encontrarse cada día más cerca de la meta, el Camino tenía otras connotaciones que para él eran muy importantes, por eso no concebía a aquellos peregrinos que trataban de terminar cuanto antes la jornada.

            Cada rincón del camino, le ofrece al caminante muchos momentos de meditación en los que es necesario contemplarlos y vivirlos con la pausa suficiente, también el contacto con la gente que los peregrinos se encontraban tenía su importancia porque eran esos momentos en los que ambos se enriquecían compartiendo una simple y sencilla conversación. Y qué decir de esos espectáculos que en ocasiones nos regala la naturaleza, muchos peregrinos pasaban ante ellos sin apenas detenerse a contemplarlos.

            Por eso, a pesar de su bondad y de la paciencia de la que en ocasiones hacía gala, a veces se mostraba intransigente con aquellos que no aprovechaban la ocasión que el Camino ponía a su alcance para absorber todas esas sensaciones que muchos se iban perdiendo por la prisa que llevaban cuando caminaban.

            Presencié en una ocasión un detalle que puede resumir este comportamiento que en ocasiones llegaba a sacar de sus casillas al viejo mientras trataba de hacerles comprender a los infractores como estaban mancillando el Camino con el comportamiento que estaban teniendo.

            Un día, cuando nos encontrábamos descansando en la cocina, en esos momentos que has terminado todo el trabajo de limpieza después que se hayan marchado los peregrinos y disfrutas de unos minutos en los que se suele compartir todo lo que los peregrinos que se han marchado nos han dejado, porque las sensaciones y el enriquecimiento en ocasiones es muy distinto dependiendo de la persona con la que hayamos compartido más tiempo o simplemente del estado de ánimo que ese día nos encontráramos.

            Cuando nos disponíamos ya a comenzar las tareas para ese día, preparación de la comida y comprobar si faltaba alguna de las existencias que siempre debía haber en el albergue, no eran más de las once, cuando escuchamos que alguien llamaba a la puerta.

            No era extraño que a esas horas algunos peregrinos se detuvieran en el albergue para cualquier necesidad que no pudieran tener en el pequeño pueblo, un vaso de agua o utilizar los servicios si el bar del pueblo todavía no había abierto al público.

            El viejo preguntó al peregrino que era lo que necesitaba y éste le dijo que nada, únicamente quería alojarse en el albergue porque ya había dado por finalizada su jornada.

            -¡A las once de la mañana, ya dejas de caminar! – exclamó el viejo un poco fuera de sí.

            -¡Así es! – Afirmó el peregrino – llevo ya recorridos treinta kilómetros y por hoy ya está bien, mañana será otro día.

            -¡Pues si a las once has recorrido treinta kilómetros! ¿Supongo que te has levantado a las cuatro o las cinco de la mañana para empezar a caminar?

            -¡A las cuatro y media! –aseguró el peregrino y antes de las cinco ya estaba caminando, me gusta hacerlo con el frescor de la mañana.

            -Lo que no te has parado a pensar – dijo el viejo – es que cuando te has levantado y te has preparado para salir, seguramente habrás despertado a buena parte de los que se encontraban descansando contigo.

            -Me levanto con mucho cuidado y sin hacer ruido – se justificó el peregrino.

            -En el silencio de la noche, hasta el ruido de una mosca se escucha y sobre todo molesta a quienes se encuentran descansando y si has tenido que vestirte, calzarte y guardar las cosas en la mochila, habrás dejado a la mitad del albergue despierto por la insensatez con la que comienzas tu camino.

            -Nadie se ha quejado y nadie me ha dicho nada cada vez que me levanto a esas horas.

            -Y por supuesto, cuando comienzas a caminar, lo haces a oscuras, sin ver dónde vas pisando.

            -Llevo una buena linterna y la primera hora me voy iluminando con ella viendo donde piso y en los crucen me permite ver donde está señalizado que debo seguir.

            -Pero con la linterna seguro que te pierdes esos paisajes que vas dejando atrás y esos lugares que no vas a tener otra vez de poder contemplar.

            El peregrino estaba comenzando a sentirse incomodo porque llegó un momento que no encontraba argumentos para rebatir lo que el viejo le estaba diciendo.

            -Creo – aseguro el hospitalero que estás dando pasos sin sentido, de nada importan los pasos que des si no les das un sentido y lo que estás haciendo nada tiene que ver con esta peregrinación que puede llegar a aportarte tantas cosas y te las estás perdiendo.

            -Bueno respondió un tanto nervioso el peregrino, ¿me va a dar alojamiento o no?

            -Aquí no se niega la hospitalidad a nadie y menos a un peregrino porque este albergue es para los peregrinos, pero viendo la hora que es, te aconsejaría que siguieras caminando un poco más y disfrutaras del camino ahora que tienes la oportunidad y el tiempo para hacerlo.

            -Como le he dicho – dijo el peregrino elevando un poco el tono de voz- llevo ya treinta kilómetros recorridos y no puedo dar un paso más.

            -Entonces, quédate, aquí no te va a faltar sitio, pero como has llegado el primero, serás el ultimo peregrino que entre al albergue, cuando vea que no va a llegar nadie más, te dejaré entrar, antes no. Puedes quedarte por el patio hasta ese momento.

            Refunfuñando, el peregrino cogió su mochila y se fue a uno de los bancos en donde se acomodó esperando que pasaran las horas hasta que le permitieran el acceso al albergue.

            Dio la coincidencia ese mismo día que una hora después de este incidente, llegaron dos mujeres de mediana edad, una de ellas caminaba con bastante dificultad y la otra se adelantó y fue a hablar con el viejo.

            -Mire – le dijo – hemos salido del pueblo anterior y llevamos únicamente seis kilómetros recorridos, pero mi compañera se encuentra con muchas molestias y no puede dar ni un paso más. Llevamos casi tres horas para recorrer los seis kilómetros y vemos muy difícil que pueda seguir avanzando, queríamos saber si nos podemos quedar aquí y cuando abran a pesar de lo poco que hemos caminado podemos alojarnos.

            -No hace falta esperar a que se abra el albergue – dijo el viejo – pasen adentro y se acomodan y descansan, porque es lo que mejor les va a venir para recuperarse y mañana poder continuar su camino.

            El peregrino que se encontraba en el patio observaba cómo se abría el albergue una hora antes para dos peregrinas, me imagino que durante el día se habría interesado por saber desde dónde venían y espero que luego analizara esta lección de humildad que el viejo le había dado y a partir de ese momento entendiera su camino de una forma diferente a como lo estaba haciendo hasta entonces.