almeida – 21 de junio de 2015.

notas

            Con el paso del tiempo, se había convertido en una tradición en el humilde albergue. Algunos peregrinos querían dejar constancia de los motivos por los que estaban peregrinando y dejaban en una nota, parte de esa pesada carga que cada uno llevaba encima.

            Por la noche, después de la cena en una pequeña capilla que había en la planta superior, los peregrinos meditaban sobre lo que la jornada les había deparado, sobre las sensaciones que habían conseguido asimilar y era uno de esos momentos especiales en aquel albergue.

            Finalmente, de forma aleatoria, se iban distribuyendo las notas de los deseos entre los peregrinos, a cada uno se le entregaba en su idioma y eran leídas en voz alta para que de esa forma todos compartieran parte del camino y sobre todo de esas penas que llevaban los que iban caminando por delante.

            Cuando Alba pasó por allí haciendo su peregrinación, apenas había compartido con los que caminaban a su lado las inquietudes que tenía, no había compartido con nadie sus penas y esa mochila que en ocasiones se encuentra excesivamente pesada, no había querido aligerarla en ningún momento.

            Pero aquel anonimato que representaban esas notas de los deseos, la animó a dejar allí parte de esa pesada carga que llevaba, lo necesitaba y cuando dejó testimonio escrito de todo lo que bullía en su cabeza, le hizo sentirse especialmente bien.

            Sabía que no se había portado bien con su marido, el comportamiento que había tenido con la persona con la que compartía su vida le había causado a los dos un daño que parecía irreparable. Les había ido distanciando cada vez más y ahora ella solo buscaba la forma de, cuando menos, poder algún día ser perdonada y de esa forma intentar conseguir esa paz que tanto necesitaba.

            Alba, después de haber participado en este momento tan especial se volvió a comportar como lo había hecho desde el momento que llegó al albergue, se mostraba muy reservada y poco comunicativa por lo que pasó casi desapercibida para la mayoría de los que se encontraban a su lado.

            Al día siguiente, después de desayunar, reinicio su camino y nada más se volvió a saber de ella, quedó como una de esas peregrinas anónimas que pasan por el camino y por los albergues, sin dejar apenas huella de su paso salvo aquel deseo que dejó por escrito.

            Un mes después, pasó un peregrino que tampoco destacaba por su efusividad, se trataba de otro de esos seres anónimos que van dejando poca huella a su paso.

            Pero Fidel iba en busca de algo, aunque no se lo había confesado a nadie. Era el marido de Alba y alguien le había dicho que la última noticia que se había tenido de ella fue cuando estaba haciendo el camino y Fidel esperaba encontrarla para hablar con ella y saber por qué se había comportado de la forma que lo había hecho, porque a pesar de todo, el afecto que sentía por ella y quizá también todavía un poco de amor le obligaban al menos a tratar de entender por qué se había comportado de aquella manera.

            Fidel se registró como un peregrino más y se pasó la mayor parte de la tarde en el patio, unas veces conversando con algunos compañeros que el camino había puesto a su lado, pero la mayor parte del tiempo estuvo solo.

            Cuando el hospitalero les propuso subir a la capilla para mantener unos minutos de meditación y de reflexión, Fidel fue de los pocos que declinó este ofrecimiento y se quedó en la sala donde había estado cenando, no creía mucho en esas cosas y él estaba recorriendo el camino por otros motivos que no tenían nada que ver con la religión, pero de forma impulsiva, sin saber por qué, cuando ya todos se encontraban en la pequeña capilla vieron que algo rezagado, entraba el peregrino que al parecer lo había pensado mejor.

            Con curiosidad participó en todo lo que el hospitalero proponía a los asistentes, aunque lo hacía de una forma un tanto mecánica, sin saber realmente ni pensar en lo que estaba haciendo.

            Cuando llegó el momento de repartir las notas de los deseos, nada más entregarle a Fidel la que le había correspondido reconoció aquella letra que muchos años antes llego a recoger bonitos poemas que Alba le escribía cuando eran novios.

            En ese momento dejó de escuchar todo lo que se decía a su alrededor, únicamente estaba centrado leyendo lo que aquella nota decía y lo leyó una dos y no sé cuántas veces más y cada vez que terminaba de leer la nota, la apretaba contra su pecho y en silencio lloraba, derramaba esas lágrimas de comprensión y de amor que tanto necesitaba que salieran de su cuerpo.

            El hospitalero, con un gesto le iba indicando a cada uno cuando le llegaba el turno de leer el deseo que le había correspondido y cuando le tocó a Fidel, éste se encontraba absorto en sus pensamientos y los que se encontraban a su lado tuvieron que advertirle que le correspondía a él leer su nota.

            Fidel tragó algo de saliva tratando de suavizar el nudo que se le había formado en su garganta y viendo que era el foco de atención de todas las miradas de cuantos se encontraban en la capilla, únicamente pudo balbucear:

            -¡Sí mi amor, lo comprendo y te perdono!

            Algunos se quedaron bastante sorprendidos y sin comprender lo que estaba ocurriendo, pero quien más se extrañó fue el hospitalero que era quien iba poniendo allí cada nota con los deseos y estaba seguro que lo que había dicho el peregrino no se encontraba en ninguna de ellas por lo que rápidamente dio paso al siguiente para que aquel incidente pasara lo más desapercibido posible.

            Cuando termino ese momento y los peregrinos se dispusieron a salir de aquel lugar, el hospitalero fue recogiendo cada una de las notas, dejando en último lugar a Fidel, para recogerla una vez que todos ya la hubieran entregado.

            Cuando le pidió a Fidel su nota, este mirando fijamente a los ojos al hospitalero le propuso como si se tratara de una súplica:

            -Ésta creo que ya no hace falta que se vuelva a leer más, lo que pedía mi mujer, ya se lo he concedido, es un deseo que se ha cumplido.

            -No sabía que….-trató de decir el hospitalero un tanto asombrado.

            -Me lo imagino, nadie podía saberlo, pero por lo que se ve esta nota estaba predestinada para que llegara a mis manos y ahora que ya ha sido cumplido y no va a leerse más, me gustaría poder conservarla.

            -Por supuesto – dijo el hospitalero – me alegro de presenciar personalmente como uno de los deseos ha sido cumplido.

            Dejó a Fidel solo en aquel pequeño cuarto, seguramente tenía que pensar en muchas cosas y aquel era el lugar más apropiado en el que podía hacerlo.

            Al día siguiente, el hospitalero entre los nuevos deseos que incorporó a la hornacina donde se encontraban los demás, había una hermosa nota firmada por Fidel en la que las palabras comprensión, paz y perdón, eran las que más se repetían en la docena de líneas que tenía aquella nota.