almeida – 22 de junio de 2015.

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            Alguna vez, me he puesto a pensar en este Camino que ya tiene doce siglos y desde el momento que se inventó, los avatares por los que ha tenido que pasar y los cambios tan profundos que ha experimentado durante estos más de mil doscientos años.

            Pero cada uno de los cambios ha sido de una manera gradual, tuvo un auge importante que costó siglos que se consiguiera y luego vino un declive muy acusado pero también espaciado en el tiempo, eso ha sido lo habitual en estos dientes de sierra que ha ido alterando este sendero mágico.

            Pero, en los últimos años, todo está resultando vertiginoso, los cambios en la sociedad, en las personas en todo cuanto nos rodea, va a una velocidad de vértigo y el camino, como no podía ser de otra manera, se ve involucrado en esa vorágine de cambios drásticos.

            Me suele decir un buen amigo al que respeto mucho porque suelo estar de acuerdo en todo lo que dice, que en los últimos años, el camino está cogiendo tal auge que en muy poco tiempo se va a acabar muriendo de éxito y nosotros llegaremos a verlo, pero como dice otro buen amigo, mientras que haya un solo peregrino, el camino nunca desaparecerá y quién puede dudar que haya en cada momento una persona que trate de avanzar y evolucionar buscando esas respuestas que el ser humano siempre se está haciendo.

            Esta situación, en ocasiones me ha hecho pensar en los motivos de estos cambios y he llegado a la conclusión que desgraciadamente el ser humano llega a estropear todo lo que toca y lo que controla. Mientras el camino se mantenía con una cadencia en la que apenas había peregrinos pero era siempre constante el goteo de los que llegaban a Compostela, se mantenía con esa esencia y esa filosofía que siempre le había caracterizado.

            Pero desde que el cura do Cebrero lo recuperó dándole el prestigio que antaño tuvo, esa buena labor que este buen hombre hizo, no tuvo en cuenta que su obra la dejaba en manos del ser humano y lo que es peor de los poderes que siempre han controlado a la sociedad, la iglesia y los políticos.

            Cuando éstos se dieron cuenta del filón que se acababa de descubrir, en lugar de ir conformándose con los huevos que la gallina iba poniendo, fueron directamente a por la gallina hasta que ésta dejo de poner huevos.

            El negocio que había en aquella ruta era suficiente para todos y por todos los lados se le quiso explotar y el camino dejo de ser ese lugar en el que se respiraba un aroma diferente para ser la moda de la que todos querían participar y fue acogiendo a todo tipo de personas en lugar de solo esas que lo recorrían con un fin determinado, pero que respetaban  las tradiciones y la historia y procuraban dejar las cosas mejor que se las habían encontrado.

            Por eso, siempre llego a la misma conclusión, gran parte de los peregrinos son los que han conseguido que esto cambie, que vaya degenerando a peor y que esa filosofía de la que antes se hacía gala, haya desaparecido por completo.

            Aunque dándole una vuelta más, me voy dando cuenta que también nosotros cambiamos, los hospitaleros que siempre hemos tenido unas ideas más o menos claras vamos cambiando, las personas de los pueblos van cambiando y no sé si esto representa una evolución o realmente es un paso atrás y en ocasiones ese hecho me llega a inquietar.

            Cada vez que pienso en estas cosas, me acuerdo de Pepe y veo cómo ha ido cambiando con el paso de los años y lo que antes era una forma de vida ahora es otra cosa muy diferente, porque se ha pasado al lado de esos atípicos que cada vez son más frecuentes en el camino.

            Conocí a Pepe en una de esas contadas tabernas antiguas que se ven en algunos pueblos del camino. Era la primera vez que iba a un albergue a prestar mi colaboración como hospitalero voluntario y en el local se mezclaban los lugareños con algunos peregrinos y otras personas que habíamos aparecido allí por casualidad.

            Me fijé en una de las mesas del fondo, allí se encontraba Pepe su pelo y barba largos y plateados le hacían diferenciarse de los demás y pensé que era uno de los muchos peregrinos que ese día había traído el camino.

            Pero Pepe ya sabía quién era yo, se había informado y en los pequeños pueblos, aunque trates de pasar desapercibido, enseguida los forasteros estamos fichados por la mayoría de los lugareños. Pepe se acercó hasta donde me encontraba y me invitó a sentarme en su mesa y mientras tomábamos una botella de vino me fue poniendo al corriente de quién era.

            Me contó que había recorrido en varias ocasiones el Camino y como suele ocurrir en estos casos, se había enamorado de esta ruta, había sentido esa llamada que en ocasiones hace a algunos y cuando sientes esa magia, difícilmente puedes estar mucho tiempo sin sentir la sensación de que el camino te rodee por todos los lados y esté presente en cada una de las cosas que haces.

            Se había jubilado y como no había nada que le atara a su lugar de residencia, con los ahorros que tenía, se había comprado una casita en un pueblo de la meseta, seria desde ese momento su vivienda y como era una casa antigua y grande, había destinado varios espacios para acoger a los peregrinos.

            Pero, Pepe era de los que sentía la acogida a la manera tradicional, ofrecería su hospitalidad y alimentaría a los peregrinos a cambio de las aportaciones que éstos hicieran para mantener aquel remanso de paz que él ofrecía a quienes se dirigían a Santiago.

            Le comente que la idea me parecía genial y que hacía falta que surgieran lugares así, en lugar de buscar siempre la parte crematística de las cosas, le alabé por lo que estaba haciendo y sentí envidia de no poder hacerlo yo, porque esa era la forma que también tenía de entender la peregrinación y el camino, como siempre me había gustado concebirlo.

            Unos años después, quiso el destino que volviera a coincidir con Pepe y me alegré mucho al verle, pero enseguida me di cuenta que cuando hablaba del camino, ya no lo hacía con la emoción de antaño, los ojos no le echaban chispas como aquella ocasión en la que con pasión me hablaba de su proyecto.

            Ahora había entrado en la rueda del negocio del camino, aunque no era su finalidad, según él, no estaba dispuesto a que le tomaran por tonto y lo que antes ofrecía a cambio de un donativo, ahora le había puesto un precio, alojamiento, cena y desayuno, tanto y al que le interesaba bien y el que no a buscarse otro sitio.

            Confieso que aquel cambio, me entristeció, aquella admiración que sentía por la filosofía de aquel hospitalero se había venido abajo, al final había entrado por el rodillo de la economía del camino, según me justificaba porque el camino ya no era lo que había sido y había mucho aprovechado que vivía o pasaba las vacaciones a costa del camino sin que le costara un solo duro.

            Pero de nuevo he vuelto a encontrarme con Pepe, diez años después de la primera vez y he visto que ha dado un giro de tuerca más a su forma de entender la hospitalidad, ahora la hace selectiva, solo acceden a su albergue los que él quiere y quien no le gusta o no le cae bien, independientemente de la forma en la que llegue, no tienen cabida en su casa.

            Me contaba una anécdota que podía resumir esta situación, según me explicaba, en una ocasión llegaron cuatro peregrinos que le preguntaron si podían ver el albergue antes de alojarse. He de hacer un inciso, a mí también me ha ocurrido esto y nunca he permitido que los peregrinos tengan la opción de ver el albergue, si lo necesitaban no era necesario que lo vieran, pero la diferencia es que en los albergues que me ha ocurrido esto, no se cobraba nada a los peregrinos y en esta situación sí debían hacer un desembolso.

            Pepe, les dijo que sí, pero que en lugar de subir todos lo hiciera solo uno y antes de acceder a las habitaciones que todas mantenían un antiguo suelo de madera era mejor que se descalzaran para que las botas no dañaran la madera o la mancharan si había barro en el camino.

            Cuando el peregrino que había ido como avanzadilla regresó de nuevo ante sus compañeros, antes que dijera nada, Pepe le pregunto:

            -¿Le ha gustado?

            -¡Sí! – respondió el peregrino, es una casa bonita y acogedora.

            -Pues vosotros a mí no me habéis gustado nada – respondió Pepe – o sea que no podéis quedaros porque no sois peregrinos y no necesitáis un sitio donde descansar, necesitáis un sitio en el que estar a gusto y aquí no lo vais a estar.

            Lógicamente, con este planteamiento no coincido, porque como he dicho antes estamos hablando de un lugar que tiene un precio, pero este caso siempre me ha hecho pensar que no solo los peregrinos están cambiando de una forma drástica, también lo hacemos algunos de los que estamos más implicados en el camino y nuestro ejemplo debería servir para que estos cambios no se produzcan de esa forma tan rápida que están aconteciendo en la actualidad.