almeida – 23 de junio de 2015.

            Es frecuente valorar las cosas por el precio que tienen, pero suelo afirmar en muchas ocasiones que las ideas más geniales generalmente suelen ser las más sencillas y éstas, aunque tienen mucho valor no tienen precio.

            Para que algunos comprendan esta afirmación, el ejemplo al que más suelo recurrir es a la idea genial del cura do Cebrero que para llevar a las riadas de peregrinos que actualmente llegan a Compostela, necesito únicamente una brocha, un bote de pintura y mucha imaginación.

            Siempre he creído que una de las mayores aportaciones que hace el camino a los pequeños pueblos que se estaban encontrando con una acusada emigración que lo llegaba casi a desertizar, era el flujo constante de peregrinos que mantenían vivos esos lugares.

            Sitios en los que la media de edad era muy alta y con pocas ilusiones por mejorar el entorno que habitaban han visto como los hijos de muchos de los que se marcharon están regresando a los pueblos para establecer en ellos su vida.

            No solo es importante este retorno por elevar la población y dotarla de unas infraestructuras básicas que antes carecían, lo realmente importante es que las personas que retornan, lo hacen cargadas de ilusión y de vitalidad y están consiguiendo llevar de nuevo vida a esos lugares.

            Generalmente suelen ser lugares muy pequeños en los que los medios económicos son bastante básicos y se supervive con una economía en la que se autoabastecen para gran parte de las necesidades diarias, pero son los primeros pasos para ese resurgimiento tan necesario en algunos lugares.

            Me encontraba en uno de estos pueblos que hace unos pocos años apenas aparecía en los mapas, pero la idea de un cura de dotar al pueblo con un lugar en el que los peregrinos hicieran un alto había revitalizado no solo la economía del lugar, también las gentes se relacionaban con los peregrinos adquiriendo esa cultura que el intercambio entre diferentes suele proporcionar.

            Un buen amigo, también había decidido enfocar su nueva vida en aquel lugar, había puesto todos los recursos que tenía en adquirir una vivienda en ruinas y poco a poco iba levantando su albergue para acoger a los peregrinos de la forma que él lo concebía, al estilo tradicional en el que no media ningún precio por la acogida y manutención, únicamente la aportación que quieran hacer los peregrinos.

            Como disponía de tiempo para estar con él, pasé varias horas viendo las mejoras que había realizado en su albergue y me alegré que estuviera saliendo como él había proyectado.

            Fue hablándome de los proyectos realizados y de los que tenía en mente y algunos me los fue ilustrando con imágenes que tenía en su ordenador, las cuales iban ratificando cuento él me estaba contando.

            En uno de los archivos gráficos, vi un grupo de peregrinos que estaban cantando a la puerta de un establecimiento, era la panadería y daba gusto ver una mezcla de razas entonando cada una en su idioma una melodía conocida de todos.

            Me extrañó aquella actividad y me interesé por ella, me resultaba muy curiosa y más cuando me fue poniendo diferentes actuaciones en las que iban cambiando los intérpretes.

Mi amigo me comentó que era una iniciativa que había tenido la joven panadera que había en el pueblo y que estaba teniendo una acogida muy buena y de la que varios medios de comunicación de la provincia se habían hecho eco.

Como el albergue tenía muchas prioridades para ir poniendo cosas para el servicio de los peregrinos, una de las que carecía era un horno donde de vez en cuando algunos querían asar algún producto que habían adquirido en la tienda del pueblo o preparar esa tan socorrida pizza congelada que era del agrado de la mayoría de los peregrinos, sobre todo de los más jóvenes.

            En esos casos, mi amigo les fue enviando a la panadería y en el calor del horno que permanentemente estaba elaborando pan, metía los productos que le iban llevando y mientras el pan adquiría el punto de cocción necesario para ponerlo a la venta, aquellos productos que requerían menos tiempo se hacían en un momento y con un resultado sorprendente para quienes luego lo consumían, porque el horno se alimentaba con leña de encina y los alimentos que allí se elaboraban adquirían un sabor completamente diferente.

El problema surgía cuando los peregrinos querían pagar por este servicio y la panadera les decía que no le debían nada, porque no había tenido ningún gasto extra que no estuviera contemplado en la elaboración de los productos que estaba haciendo.

            Pero había algunos peregrinos que insistían y no aceptaban no pagar nada por aquel servicio. En una ocasión un peregrino italiano que tenía una bonita voz, le dijo a la joven que si no le cobraba nada, le tenía que pagar de alguna manera y entonó una bella melodía napolitana que entusiasmó a la joven panadera.

            Desde ese momento estableció que el precio que pedía por cualquier servicio de asado que demandaran los peregrinos era que delante o en el interior del establecimiento entonaran una melodía para deleite de la panadera y de los vecinos.

            Lógicamente, había algunos casos en los que escuchar aquellos cánticos representaba un verdadero suplicio, pero no dejaba de tener un encanto muy especial.

            Aquella idea me pareció genial, se encontraba llena de imaginación y en ella vi ese síntoma que algunos pueblos se estaban transformando porque de nuevo en sus calles se volvía a encontrar esa alegría que hubo hace mucho tiempo y que se había comenzado a dar por perdida.

            Antes de marcharme de aquel lugar, me acerqué hasta la panadería y esperé a que la panadera terminara de atender a las dos o tres personas que iban a por su ración diaria de pan. Al dirigirme a ella por su nombre, se extrañó inicialmente, pero le expliqué que había conocido su brillante idea y quería felicitarla, le pedí que saliera del mostrador y le di uno de esos abrazos que solemos dar los peregrinos.