almeida –  16 de febrero de 2017.

            Me comentaba en una ocasión un  peregrino lo duro que puede llegar a resultar en ocasiones hacer el camino cuando vas por esas rutas que conducen a Santiago desde cualquier lugar del país,

porque cuando los habitantes de los pueblos por los que se pasa desconocen este hecho miran a los peregrinos con esa desconfianza de quien ve en ellos algo extraño.

            Generalmente, en los caminos más transitados, cuando los albergues se llenan, los peregrinos buscan cualquier lugar donde poder estirar sus cuerpos y descansar y es frecuente verles en los parques, pórticos de las iglesias y cualquier otro lugar con las esterillas extendidas y tumbados sobre ellas. Esa imagen apenas llama la atención a los habitantes de ese lugar, al contrario, se sienten satisfechos de que cada vez sean más los peregrinos que en su desplazamiento a Compostela hayan elegido su pueblo como final de una de las etapas. En estos casos los responsables locales incluso se encargan de buscar sitios alternativos donde puedan descansar por lo menos a cubierto.

            Esta situación suele dar un cambio muy drástico cuando eres uno de esos locos peregrinos que con la mochila a cuestas va por alguno de esos otros caminos en los que en cada pueblo se ve uno de estos locos cada varios días.

            En los dos casos, las personas que recorren los caminos tienen más o menos el mismo aspecto exterior que es por lo que inicialmente son juzgados. Después de una jornada dura de muchos kilómetros la suciedad de su cuerpo y de sus ropas es fruto del esfuerzo que se ha ido acumulando durante muchas horas y suele contrastar con el de las personas normales que van por la calle.

            También la ropa se ve un tanto descuidada, al tener que ser lavada a mano, únicamente se intenta quitar de ella la mayor suciedad y el sudor que se ha ido acumulando, pero no vuelve a adquirir su estado normal hasta que no se pasa por la lavadora y experimenta una limpieza en profundidad.

            Estas situaciones tan diferentes, llegan en algunos casos a ser hasta ofensivas para los peregrinos por la poca o en ocasiones nula comprensión que la mayoría de las veces se encuentran por parte de algunos responsables que se encargan de recibir puntualmente a los peregrinos pero que desconocen que es eso de la peregrinación y solo ven ante ellos esos seres extraños que de vez en cuando se convierten en una pequeña molestia que han de resolver de la mejor manera.

            En estos caminos menos frecuentados, el peregrino cuando llega a un pueblo donde va a dar por finalizada su jornada, lo primero que hace es dirigirse a la iglesia, al Ayuntamiento o Policía Local para informarse del lugar en el que pueden pasar la noche a cubierto y tratando de causar las menos molestias posibles.

            Este peregrino me decía que en una ocasión llegó hasta un pueblo y como venía haciendo la mayoría de los días en los que no se encontraba ningún albergue se dirigió hasta la comisaría de la Policía Local para explicarle su situación y ver que le recomendaban que hiciera.

            El agente que le atendió, le dijo que procurara buscarse el lugar que quisiera, pero que no estuviera muy a la vista porque si alguien les llamaba tendrían que ir a hacerle cambiar de ubicación.

            El peregrino se indignó ante aquella respuesta, no comprendía cómo no le dejaban un espacio en la misma comisaría o le indicaran el lugar en el que habitualmente se ubican los peregrinos en lugar de sentirse amenazado con las palabras que el policía le estaba diciendo.

            Entonces se dio cuenta que el peregrino cuando se sale un poco de las rutas que están más frecuentadas, pierde la condición que hasta entonces tenía y se comienza a ver como un indigente, es así como le ven los demás y no solo eso, sino que en muchos casos llegan a considerarlo como tal.