Isaías Santos Gullón – 20de febrero de 2017.

(A la memoria de “Sabino” fiel perro de D. Francisco Probanza). 

 Hace ya muchos años, por cualquier calle, en cualquier rincón, allí donde hubiera un corro de niños jugando, irremisiblemente estaba “Sabino”.

 Lo mismo daba que lo apedreásemos, que le atáramos al rabo una vieja lata, que lo corriéramos; él, con la cabeza humilde y el paso lento nos seguía por doquier.

 Era blanco. Su raza debió ser la fusión de todas las humillaciones perrunas, de todas las dulzuras caninas, de todas las zalamerías de los chitos callejeros, hasta formar en él la más perfecta representación de una raza nueva y desconocida: el perro filósofo.

 Ni era fiero, ni valiente, ni atrevido, ni era cariñoso ni resentido, ni alegre ni demasiado triste. Era de una languidez desconocida, de una paciencia gatuna, de una perseverancia mendiga.

 Sus cualidades se diferenciaban de todos los demás perros. Ni valía para guardián, ni se podía emplear para chito de ganado, ni dedicar a la caza. Como perro de lujo, ni que decir tiene que era la contradicción de la más elemental estética.

 Mas, al igual que en todas las demás ramas de la vida, por una confusión o capricho del destino, poseía una facultad que en ningún otro perro jamás se ha descubierto: era filósofo.

 Era filósofo, y además con una inspiración tal que rayaba en la genialidad. “Sabino” fundó escuela y fue tal la sutileza de sus instintos, fue tal el grado de perfección que alcanzó que ninguno de los discípulos que haya podido tener ha logrado llegar a morir de viejo como él.

Tan sólo, a muy larga distancia de sus facultades, conocí a otro perro. Le llamaban “Liborio”. El pobre al no asimilar bien las doctrinas de su maestro, murió ahorcado.

 “Sabino” no madrugaba jamás. Su experiencia le decía que no eran su fuerte las mañanas. No obstante, sobre las doce de la mañana acudía cotidianamente a la Plaza del Reloj. Se recostaba adormilado en cualquier rincón y observaba las puertas de las Escuelas.

 Cuando éstas se abrían y por ella salíamos saltarines y bullangueros al recreo, él sin moverse, atento observaba. Cuando divisaba en la mano de alguno un pedazo de pan o algo comestible, se incorporaba lentamente, se acercaba como aletargado, y con una delicadeza total te quitaba de la mano lo que tuvieras dándote las gracias con un cariñoso lamido.

 Desaparecía agradecido, y agachaba la cabeza avergonzado cuando oía el llanto del chaval. Luego daba su ronda mañanera por las calles del pueblo. Casi todos los días tomaba un aperitivo en la cocina de alguna casa. Y aunque palos y pedradas recibía por doquier, debía pensar que nada se consigue sin lágrimas.

 Por la tarde era cuando más a punto ponía sus saberes. Normalmente estaba en cualquier punto de la Plaza Mayor, aunque también se le podía encontrar en la plaza Santa Rosa o en cualquier lugar que hubiera un corrillo de chicos merendando. Su debilidad era el pan untado con tocino y si tenía azúcar mejor. Parecía que lo adivinaba. Jamás se confundía.

 Cuando veía un buen trozo comenzaba la preparación para el asalto. Observaba y estudiaba a la criatura. Escogía el mejor ángulo de ataque y cuando se decidía jamás fallaba. Eso sí, nunca mordió a nadie. Tenía una facilidad asombrosa y lo único que se permitía era apretar tremendamente sus dientes si el portador del manjar se resistía a soltar la presa.

No se le podía llamar egoísta. Normalmente se conformaba con dos mendrugos cada tarde. Una vez logrados comenzaba su calvario para huir de las iras de sus mejores amigos.

 Un día no acudió a la cita. Calladamente como fue toda su vida, salió del pueblo y en una de las cunetas de la carretera se tumbó para morir.

 Sin saber por qué, cuando lo supimos, todos los niños de la escuela fuimos a verlo. Estaba tendido tranquilamente y parecía que su morro conocido, con una expresión de infinita dulzura nos sonreía.

 Ahora cuando ya tantos años han pasado, me es grato recordar aquellos tiempos de mi niñez. Y al pasar por mi memoria la imagen de aquel perro, no se me ocurre otra cosa que agradecer su enseñanza profunda: el amor y el odio no se dan la mano. ¡Gracias, “Sabino”!.

 

JUAN CID ARIAS

 

Publicado en la página siete CORREO DE TÁBARA  en El Correo de Zamora de 19/12/1973.