almeida – de  noviembre de 2016.

            Cada vez, estoy más convencido que para muchas personas, el camino se está convirtiendo en esa alternativa económica que les permita pasar unos días de vacaciones sin gastar apenas nada.

            Nunca sales de la sorpresa al ver cómo algunos peregrinos ni tan siquiera tienen rubor para comportarse como lo hacen.

            En general, ocurre en todos los caminos, pero donde lo he observado de una manera especial es en aquellos caminos que discurren por las poblaciones costeras.

            Estando en uno de estos albergues que a escasos metros tienen una amplia playa, he presenciado varias de estas situaciones, pero especialmente descarada fue la última que me ocurrió en mi estancia como hospitalero.

            La mayoría de los peregrinos que llegaban al albergue, habían recorrido unos treinta kilómetros. Solían llegar a partir de las dos de la tarde, aunque los más rápidos, lo hacían una hora antes.

            Algunos, los más descarados que venían haciendo otro camino, salían de una población intermedia y recorrían escasos quince kilómetros. Eran esos que van haciendo poco esfuerzo caminando y el único esfuerzo que hacen, es en las fiestas de los pueblos que se van encontrando y en las largas sesiones tumbados al sol en la playa.

            Normalmente, a los peregrinos les suelo pedir que antes de las ocho vayan abandonando el albergue, a esa hora se comienza a hacer la limpieza y aunque algunos, los más trasnochadores, al verme llegar con varias escobas y la fregona, prefieren salir a la puerta del albergue para continuar con la tertulia, no sea que les pida ayuda para hacer la limpieza y cuando veo que no se marchan, directamente solicito su colaboración y así es la forma más educada de echarles.

            Antes de terminar la limpieza, suelo escuchar como llaman a la puerta. Son los peregrinos que han salido del albergue anterior y después de tres horas caminando, llegan hasta el que yo me encuentro y hay varias categorías de estos peregrinos que llegan, así al menos los estoy comenzando a calificar.

            Están los coleccionistas de sellos, son esos que necesitan al menos para hacer su camino un mínimo de dos credenciales, van poniendo el sello de todos los albergues de los pueblos por los que pasan y cuando en el pueblo no hay albergue van al primer bar o tienda que se encuentran. Algunos establecimientos ya lo utilizan como reclamo comercial “Se sellan credenciales de peregrino

            Esto no debe representar ningún contratiempo para el hospitalero, salvo si cada mañana, pasan más de treinta peregrinos.

            Hay otros, que les da lo mismo verte con la fregona entre las manos y como necesitan ir al baño, en lugar de entrar en el bar cercano, prefieren utilizar el del albergue. En algunas ocasiones ni tan siquiera piden permiso, cuando quieres verles, están dentro, teniendo que limpiar de nuevo lo que han ensuciado.

Algunos pretenden que les pongas un café porque han salido muy pronto y no han encontrado nada abierto. Cuando les dices que ya está todo recogido, siguen insistiendo, como si poner un café fuera cosa de un par de minutos cuando apenas se cuenta con medios.

            Y por último, tenemos a esos que van haciendo un camino diferente. Eran las nueve y media de la mañana y tenía la puerta abierta ya que había ido a dejar las bolsas de basura en los contenedores. Desde donde me encontraba vi como una peregrina al encontrar la puerta abierta, sin llamar ni preguntar si podía pasar se coló hasta adentro.

            Fui rápido para ver que quería y al verme, me dijo como si lo estuviera ordenando.

            -¡Quiero dejar la mochila!

            -Pues va a ser que no – la contesté.

            -¿Y hasta las tres no la puedo dejar?

            -Esa es la hora que se abre a los peregrinos – le dije.

            -¿Y cómo voy a ir a la playa con la mochila?

            -Esto es un albergue para peregrinos y llegan aquí muy cansados después de haber caminado treinta kilómetros, aquí no tenemos consigna para dejar cosas.

            -Pues yo también soy peregrina – seguía insistiendo.

            -Pero, que yo sepa el camino no pasa por la playa

            -Entonces ¿No la puedo dejar para que me la guarden?

            -Pues no, tú estás haciendo otro camino que no logro comprender cuál es. Este albergue, como te he dicho, es para peregrinos y yo estoy aquí de forma voluntaria dedicando mí tiempo, para los que hacen el camino, no para los turistas.

            Debió pensar que estaba ante un borde porque sin decir nada, se dio la media vuelta y se marchó, como no, en dirección a la playa para hartarse de sol.