almeida – 25 de septiembre de 2014.

Cuando llegué al albergue, una de las cosas que me propuse sustituir en el momento que me fuera posible, eran unos pesebres que se habían instalado

en el patio del albergue con la mejor voluntad para que los peregrinos que hacían su camino a caballo o en burro, dispusieran de un lugar en el que dejar a los animales.

 

No eran muchos los peregrinos que utilizaban ese medio para desplazarse y cuando alguno lo hacía, dejábamos a los animales en un terreno adyacente al albergue donde se encontraban más a gusto y sobre todo se sentían más libres.

Además, el patio, era el lugar que los peregrinos utilizaban para descansar mientras ocupaban esas horas muertas que siempre suele haber al finalizar cada jornada y no me parecía procedente ni higiénico que los animales convivieran con los peregrinos.

Poco podía imaginar que aquellos pesebres algún día iban a tener una utilidad como la que se le llegó a dar en una ocasión.

Un día, cuando ya nos encontrábamos a punto de comenzar la cena comunitaria, vi como se acercaba un peregrino muy lentamente hacia el albergue.

Le ayudé a desprenderse de la mochila y le dije que estábamos a punto de cenar y que nos acompañara antes de ducharse, pero desistió de mi ofrecimiento y me dijo que lo primero que deseaba hacer era acercarse hasta el centro médico para que le vieran el pie que no se encontraba en buenas condiciones.

Esperé a que el peregrino llegara y me interesé por su estado y me dijo que le habían aconsejado que debía guardar reposo hasta que la tendinitis que padecía remitiera.

Le dije que en situaciones como la que él se encontraba, eran especiales y la norma de quedarse un solo día en el albergue se omitía y podía permanecer hasta que se encontrara con fuerzas para continuar.

Era un hombre muy amable y transmitía una gran bondad. Procedía de Polonia, aunque se hacía comprender en italiano y durante el tiempo que estuvo en el albergue procuraba siempre pasar desapercibido no molestando en ningún momento.

Al día siguiente, llegaron tres peregrinos italianos con los cuales intimó enseguida y se pasó buena parte de la tarde hablando con ellos.

En un momento determinado, me dijo que era un sacerdote y me pedía permiso para celebrar una misa en el albergue con los peregrinos italianos y con quien deseara asistir a la misma.

La idea me pareció estupenda por lo distinta que era a lo que se venía haciendo y de esa forma el albergue de alguna manera se consagraba que era lo que para algunos peregrinos le podía faltar.

Como seguían llegando peregrinos, me olvide de la propuesta y cuando quise darme cuenta y busque al sacerdote para ver si necesitaba alguna cosa, comprobé como al lado de los pesebres había montado una mesa a modo de altar y ya estaba dispuesto para celebrar aquella singular misa.

No pude por menos que llevar mi imaginación a dos mil años atrás cuando también en un pesebre que había en Belén se produjo un acontecimiento singular.

Creo que esa celebración en el albergue fue lo único que faltaba a este lugar para que los peregrinos que hacen su camino con una motivación religiosa, encuentren en el albergue esa parte de la energía que seguramente algunos no lograban percibir.