almeida – 24 de septiembre de 2014.

Solía escuchar de labios de mi madre, que no había más sordo que aquel que no quería escuchar y también aseguraba que a buen entendedor con pocas palabras bastaba.

Son esos dichos que convierten en sabios a quien acude al refranero, porque se han ido aprendiendo con el tiempo y la observación y van sentando cátedra porque encierran muchas verdades.

He recordado estos comentarios cuando he ido a despedir a huna hospitalera que ha estado unos días en el albergue aprendiendo a recibir a los peregrinos a la manera tradicional.

Cuando llegó el primer día procedente de Australia, no sabía decir ninguna palabra en nuestro idioma lo cual pensé que iba a resultar un impedimento para que se relacionara con los peregrinos, pero Susan era una peregrina y ahora hospitalera espabilada y pronto se fue haciendo comprender y cuando llegaba algún peregrino al albergue enseguida se ponía al corriente de lo que debía hacer.

Según fueron pasando los días, Susan iba incorporando alguna nueva palabra a su vocabulario y ya saludaba a los peregrinos en castellano, aunque cuando alguno le decía más de dos frases seguidas, ella le respondía que no comprendía bien el castellano porque era australiana y ya buscaban otra manera de entenderse.

Cuando paseaba por el pueblo, a todos los que se encontraba por la calle les daba los buenos días y les despedía con un adiós que pocos hubieran dudado que se tratara de una nativa más.

Llegó la hora de la despedida y empleó la docena de palabras que había aprendido para despedirse con pena del albergue y de los que nos encontrábamos en esos momentos en el.

Yo, la acompañé hasta la parada del autobús y mientras hacía unas cosas en el interior del coche, vi como se acercaba hasta Susan un nonagenario al que no había visto antes por el pueblo. El hombre no solo sentía los años en su manera lenta de moverse, también la edad había afectado de una manera considerable a su oído que por lo que pude percibir sufría una merma importante de audición.

Susan como hacía habitualmente, saludó a aquel que para ella era desconocido:

-¡Buenos días señor¡

-¡Hola maja! – respondió el buen hombre – hoy vamos a tener un día estupendo porque esas nubes que hay se van a marchar muy pronto y……..

-Mi no comprendo – le interrumpió Susan – soy australiana.

-Que eres asturiana – dijo el buen hombre – buena tierra, allí tengo a unos primos que se tuvieron que marchar para mejorar en la vida, porque el campo no era para vivir en aquellos años.

-No comprendo – respondió tímidamente Susan mirando al cielo como esperando que algo la iluminara.

-Si, el cielo esta bonito esta mañana – aseguró el viejo.

Así estuvieron hasta que llegó el autobús y no quise intervenir en aquella conversación que me resulto de lo más interesante porque me di cuenta que al final, los dos, cada uno en su jerga, estaban hablando del tiempo que hacía.

Pensé en esa situación que se había producido y fue cuando me acordé de las sabias palabras de mi madre, porque las lenguas solo separan a los que no tienen ninguna voluntad de entenderse.