almeida – 21de mayo de 2014.

Llegaron preguntando por el Maestro, al decirles que no se encontraba allí, percibí un gesto de contrariedad en sus caras. Esperaban estar con él ya que les habían aconsejado detenerse en Santuario para hablar con el Maestro, él sabía las palabras que debía emplear en esas situaciones en las que un alma atormentada no conseguía encontrar la paz que necesitaba.

Era un matrimonio catalán, debían rondar los cincuenta y cinco años y siguiendo las recomendaciones de una amiga, habían decidido ponerse en el Camino, confiaban que este les diera respuesta a las preguntas que llevaban haciéndose más de un año.

Su amiga era una persona muy relevante y querida en el Camino, ella fue la primera que retomó la hospitalidad como se hacía siglos atrás y fue un ejemplo que los demás hemos seguido, haciendo que su gesto alcanzara el eco necesario para situar a este Camino en el lugar que se encuentra en la actualidad.

Ella les fue haciendo la planificación del camino que debían seguir, señalándoles aquellos lugares, que como Santuario, les iban a ayudar ya que iban a encontrar ese espíritu que todavía se conserva en algunos lugares aislados del Camino.

Daba la impresión que se encontraban ausentes, iban vagando, como si se tratara de almas en pena, por los rincones de Santuario. Cuando alguien trataba de entablar conversación con ellos solo él respondía, ella a veces solo asentía con la cabeza lo que su compañero decía.

No habían previsto traer ninguna provisión del pueblo anterior, pensaban que allí encontrarían alguna tienda donde poder comprar algo y si no, en algún bar o restaurante, les pondrían un menú para comer.

Al enterarse mi compañero que no habían comido ni tenían nada que llevarse a la boca, fue a la cocina y sacó de la nevera una cazuela de lentejas que habían sobrado de la cena del día anterior y les preparó una ensalada que puso a su disposición para que comieran.

Comieron en silencio, apenas escuchamos que dijeran una sola palabra, cuando terminaron, recogieron todo y se acercaron a la cocina para fregar los utensilios que habían utilizado.

—¿Os apetece un café o una infusión? —les pregunté.

—Gracias, me tomaría un café solo —dijo él.

—Yo, si no es molestia, me vendría bien un té o una manzanilla —me dijo ella.

—No es ninguna molestia —les dije —todo lo contrario, es un placer, sentaros en la mesa de la sala y ahora os lo llevo, así preparo también uno para mí.

Puse las infusiones sobre la mesa y un cuenco con azúcar para que cada uno se sirviera lo que necesitara y me senté junto a ellos. Permanecieron en silencio mientras tomaban lo que les había servido y al ver que el silencio se mantenía, fui yo quien lo rompió.

—¿O sea que venían buscando al Maestro?

—Sí —dijo él —Nuestra amiga nos dijo que preguntáramos por él y le diéramos recuerdos.

—¿Van a estar con ella? —les pregunté.

—Sí, dentro de cinco o seis días, nos está esperando cuando lleguemos al pueblo en el que se encuentra.

—Pues le van a dar recuerdos de mi parte —dije —aunque personalmente no me conoce, he oído hablar mucho de ella y estoy seguro que el Camino hará que un día también nuestros caminos se crucen.

—Así lo haremos —dijeron los dos.

Me extrañó escuchar la voz de la mujer, era la primera vez que la oía y me sonaba muy apagada y sobre todo muy triste.

—Nuestra amiga, nos dijo que el Maestro sabría como consolarnos y quizá hasta pudiera ayudarnos —comentó él.

—Pues aunque él no está, cualquier deseo que los peregrinos dejan en Santuario, seguro que es percibido por el Maestro —me atreví a decir.

—Hemos venido al camino buscando el consuelo y sobre todo buscando una respuesta, necesitamos saber ¿por qué?, como pudo ocurrir que nuestro hijo tuviera que marcharse.

Mientras él me hacía esta confesión, ella no cesaba de sollozar, no había forma de que encontrara consuelo a pesar de los abrazos que su marido le daba.

Comenzó a contarme como hacía algo más de un año su hijo, que se encontraba en la plenitud de la vida, tuvo que desplazarse por motivos de trabajo a Valencia. Habían alquilado un coche de gama media y cuando llegaron al peaje, otro coche de la empresa les estaba esperando para guiarles al lugar al que debían llegar. En ese momento, su hijo tomó el volante del coche, ya que el tramo de la autopista lo había hecho su compañero y no recorrieron más de dos kilómetros, cuando el coche que les precedía dejó la autopista y ellos, en lugar de seguirles, se fueron derechos hacia un camión, al que embistieron por la parte trasera.

El cúmulo de coincidencias hizo que el airbag del conductor no saltara y su hijo murió en el acto, el compañero vio amortiguado parte del golpe; pero quedo parapléjico.

Tuvo que ser un fallo mecánico ya que era incomprensible como el coche se fue contra el camión y a pesar de los atestados que se hicieron, no llegaron a aclarar como se había producido el accidente.

Por más vueltas que le daban, ellos tampoco lo entendían y las cosas que ocurrieron después, también fueron incomprensibles, como el hecho que a la hora del juicio, parte de las pruebas y los restos del vehículo, hubieran desaparecido, por eso solo buscaban respuestas, saber por qué había ocurrido aquella desgracia.

—Siento que el Maestro no se encuentre aquí —les dije —quizá él supiera las palabras que tenía que decir en una situación como esta, es más, estoy seguro de ello, yo no las tengo porque por más que lo intente, no puedo ponerme en vuestro lugar.

—Era tan bueno —suspiró ella.

—De todas formas, estoy convencido que si en algún lugar podéis encontrar la respuesta o al menos el consuelo que estáis buscando, vuestra amiga os ha recomendado el mejor sitio para hacerlo.

—No es lógico tal cúmulo de coincidencias —siguió insistiendo él —además la velocidad que llevaban no era para que hubiera acontecido el desenlace que se produjo.        Me sentí incapaz de encontrar las palabras  que sirvieran de consuelo para aquellas almas atormentadas y por primera vez lamenté que el Maestro no se encontrara allí, estaba seguro que él sabría lo que tenía que decir para que el consuelo llegara a aquellas personas.

Esa tarde me sentí muy mal, no hacía más que darle vueltas a lo que acababa de escuchar, pensé muchas veces lo injusta que puede llegar a ser la vida y como suele ocurrir en muchas ocasiones, los problemas que llevamos cada uno de nosotros, que nos parecen importantes, se ven minimizados por los terribles problemas  que llevan consigo algunas personas que se encuentran a nuestro lado.

Por la noche, durante los momentos que en la capilla los peregrinos se reunían para intercambiar algo más que las vivencias de esa jornada, temí que no supiera que les iba a decir a los peregrinos. Traté de pensar durante toda la tarde algunas palabras que sirvieran de consuelo, pero no fui capaz de hilvanar más de dos frases seguidas.

Cuando estaba en pie delante de los peregrinos, dejé en blanco mi mente para que no enturbiara los pensamientos que esperaba que salieran de mí corazón.

—Todos, cuando nos ponemos en este Camino, vamos buscando algo. Unos queremos que mejore nuestra situación, otros deseamos que se solucione algún problema cercano que nos afecta de forma muy directa, algunos solo quieren agradecer lo que la vida les ha proporcionado y unos pocos buscan respuestas, tratan de comprender situaciones que no llegan a entender porque les está ocurriendo a ellos.

Todos buscamos estas cosas en el Camino, buscamos el milagro, pero los milagros no existen, el único milagro que hay en la vida es nuestra propia existencia y el milagro se encuentra en nuestro interior. Por eso, todo lo que buscamos en el Camino, esta dentro de cada uno de nosotros, quizá el Camino sea el medio que vamos a tener para encontrarlo, pero saber que lo que buscáis, lo lleváis con cada uno de vosotros, solo es preciso que sepáis como llegar hasta ese deseo que tanto anheláis.

Cuando llegó el momento de leer los deseos que otros peregrinos habían dejado escritos, fui extrayendo de forma aleatoria los que había en cada uno de los idiomas en la urna y se los fui entregando a los peregrinos.

Fueron todos leyendo la nota que les había correspondido y cuando llegó el turno del peregrino en quien había estado pensando toda la tarde, leyó la que le había entregado, no recuerdo lo que ponía en ella. Pero cuando su mujer comenzó a leer la suya, después de leer las primeras líneas,  no pudo continuar y rompió a llorar. Su marido tomó la nota y siguió con la lectura.

Vengo cada año a este Camino porque él me ayuda a soportar mi dolor. Cuando murió mi mujer, no conseguí comprender como se había ido dejándome solo. Pero cuando vine al Camino, comencé a sentir la paz, según voy caminando, hablo con ella y sé que me escucha porque yo la siento, ya no estaré más solo”

Los que conocíamos los motivos de aquella pareja para hacer el Camino, también nos emocionamos y en el centro de aquella pequeña capilla, nos fundimos en un abrazo.

Por la mañana, cuando se iban a marchar, les esperé en la puerta de Santuario y les di un abrazo a los dos, mientras, les susurraba al oído.

—Espero que el Camino os ayude a encontrar esa respuesta que estáis buscando y consigáis por fin esa paz que tanto necesitáis.

—Gracias —dijo ella —Creo que aquí hemos dado el primer paso para conseguirlo.

Vi como se alejaban y antes de doblar la esquina se giraron y pusieron sus manos en su corazón, llevando una de sus manos a la boca, ella me lanzo un beso, mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla yendo a estrellarse contra el suelo.