almeida – 29 de enero de 2015.

2014 06 30tabara297

Creo que hay pocas cosas más generosas que la naturaleza, en ocasiones, nos obsequia con unas

composiciones que son verdaderos espectáculos y hay muy pocas cosas que puedan superarlos.

No sé si es porque ya nos hemos acostumbrado o porque vamos excesivamente acelerados, el caso es que pocas veces reparamos en ellos, pero cuando lo hacemos, nos llegamos a percatar cómo el tiempo se va ralentizando hasta que casi se llega a detener y todos nuestros sentidos se agudizan de una forma que en pocas ocasiones llegamos a percibir, ya que en ocasiones hasta un pálpito resuena como un gran mazazo y el fluir de la sangre parece que nos va contagiando con su velocidad.

Son esos momentos en los que te llegas a sentir insignificante y meditas sobre lo que te rodea, sobre ese universo gigantesco en el que no eres más que una diezmillonésima parte de un sencillo grano de arena en el desierto más grande que puedas imaginarte.

Cuando los caprichos de la naturaleza se conjugan para que podamos contemplarlos, es necesario disponer de ese bien tan preciado que casi todos hemos perdido por completo, la calma y la tranquilidad con la que podemos observar ciertas cosas y comprobar cómo en instantes van cambiando cogiendo formas caprichosas que nos trasladan al más idílico de nuestros sueños y entonces nos damos cuenta que aquellas formas con las que en alguna ocasión hemos podido llegar a soñar, son realidad y están ahí para que podamos contemplarlas y sobre todo para extasiarnos mientras las observamos.

Cada uno de los amaneceres es único, nunca el sol sale de la misma forma ni lo que hay entre nuestros ojos y él es lo mismo, por eso adquiere formas idílicas. Esos amaneceres en los limpios cielos de Castilla o rebasando las montañas asturianas no tienen igual.

Pero cuando no podemos contemplarlos porque hemos salido después que él, nos sorprende cuando vamos caminando y como generalmente está naciendo a nuestra espalda, no tenemos esa pausa de detenernos unos minutos para ver como asoma por el horizonte y al cabo de unos pocos minutos su perímetro consigue desprenderse de él.

También los anocheceres, cuando el sol nos abandona por unas horas en cualquier lugar del camino; el Burgo Ranero, Corcubion, Fisterra,….no somos capaces de dedicar unos minutos de nuestro tiempo para despedirle y agradecerle el brillo que nos ha proporcionado durante todo el día y tranquilizarle haciéndole saber que sabremos sobrevivir unas horas sin sentir su calor.

Como me decía un amigo, un buen amigo de esos que aprendes con cada cosa que sale de sus labios, solo los peregrinos añojos, tienen la virtud de poder ver estas cosas, ya que caminan sin prisa y saben que cuando están caminando, tienen que detenerse para ver cómo el astro rey hace su aparición y no dejan de caminar hasta que se oculta y también en esos momentos se detienen para despedirlo y contemplar la belleza una vez más.

Creo que he ido aprendiendo un poco estas cosas y para mí estos dos instantes del día, llegan a ser de los más importantes de cada ornada ya que procuro dedicarle unos minutos cada día para enriquecerme con lo que me esta mostrando.

En uno de mis caminos, me disponía, como muchas veces, a que el sol me saludara cuando llevaba media hora caminando, pero ése iba a ser un día también diferente a los demás, estaba convencido que no se parecería a ningún otro, ya que desde que salí del albergue una espesa niebla lo dominaba todo por completo, era tan densa y pesada que solo el firme del suelo impedía que fuera descendiendo mas.

A penas podía ver a medio metro de distancia, pero el camino por el que transitaba era una corredera que a ambos lados tenía unos pequeños muros de piedra levantados con el esfuerzo de muchos brazos y de muchas generaciones que le fueron confiriendo la forma que ahora tenían.

A ambos lados de los muros, había infinidad de árboles que en ocasiones sus ramas se habían viciado e invadían el camino. Me gustaba caminar de esa forma, aunque en ocasiones un ligero escalofrió recorría mi espalada cuando las ramas adoptaban formas fantasmagóricas que con la niebla incrementaban ese efecto.

No pude evitarlo, mi mente comenzó a ver cosas que no eran y mi imaginación fue transformando aquellas inertes ramas en duendes y espíritus que observaban mi paso por aquel inhóspito lugar en el que me encontraba.

La imaginación en lugar de ir confirmando lo que en realidad era lo que estaba a mi lado, fue desbordándose cada vez más y creo que hasta llegó a darles movimiento a las formas que había delante mío, por lo que cuando las superaba sentía cierto alivio.

Comencé a pensar en las abundantes leyendas que circulan por aquellos lugares en los que los duendes se mezclan con las meigas y los espíritus con la santa compaña y enseguida me olvidé de mi propósito inicial que era contemplar un amanecer más, bueno no uno más, seguro que aquel iba a ser diferente porque podría contemplar una épica batalla entre el poder del astro rey y la densidad de la niebla que en ocasiones llega a eclipsarlo todo, era algo  parecido a la lucha que estaba sosteniendo en mi mente entre contemplar el espectáculo que en unos momentos se iba a producir o seguir imaginando aquellos seres fantasmagóricos que por momentos se estaban haciendo dueños de la situación y eran quienes estaban ganando terreno en mi mente.

Como los sentidos, de forma inconsciente, se estaban agudizando, también el sentido del oído fue desarrollándose de una forma especial, no solo escuchaba los roncos trinos de las pequeñas aves que aclaraban su garganta para saludar al nuevo día, también los más pequeños insectos que debían corretear por allí, creo que llegué a percibir hasta su movimiento.

En esos momentos, me pareció escuchar algo que desentonaba en aquel ambiente en el que me encontraba, me dio la sensación que estaba oyendo a lo lejos pasos acelerados que se hacían mas fuertes a cada instante, pero traté de volver a la realidad, aquello no podía ser, quien en su sano juicio iba a trotar o correr teniendo la oportunidad de disfrutar de cada instante.

Pero por más que lo intenté, no podía apartar aquel sonido de mi cabeza, cada vez era más fuerte y mas claro y cada uno de los pasos parecía que me estaba martilleando el pecho, eran pisadas humanas que avanzaban hacia donde yo me encontraba y lo hacían a gran velocidad, el martillero en mi pecho no solo fue incrementándose, también la cadencia con la que lo hacia era cada vez mayor.

De repente, una sensación de angustia comenzó a apoderarse de mí ya que temía que alguien que no esperaba, se abalanzaba hacia donde yo me encontraba y desconocía las intenciones que traía, pero a esas horas de la mañana y corriendo de la forma que lo hacia no pensaba que fueran nada buenas.

Cuando ya las zancadas me resultaban tan cercanas que el pánico me impedía mirar hacia atrás, como una exhalación pasó a mi lado un oven corriendo y sin detenerse, rompiendo el silencio del entorno grito:

-¡Buen Camino!

-¡Hola! – creo que fue lo que logre articular yo.

Observé como con la misma rapidez con la que había llegado, se alejaba de mi vista y de nuevo se volvió a hacer el silencio, pero al verlo a más de media docena de metros, me percaté que el sol ya había conseguido imponerse en parte a la densa niebla y sus rayos comenzaban a destacar atravesando con cada uno de ellos la humedad que portaba la niebla.

Mas tarde, cuando terminé mi etapa y comenté lo que me había ocurrido, me dijeron que se trataba de un peregrino, por llamarle de alguna forma, que junto a dos más, habían echo una apuesta que consistía en recorrer el camino corriendo y perdía el ultimo que llegara a Santiago.

No sé quien de aquellos cuatro peregrinos tan extraños y diferentes habría ganado la apuesta y tampoco creo que me importe mucho, creo que si me dan a elegir, hubiera apostado porque no la ganara ninguno de ellos, sé que el camino es sabio y a quienes no tienen que estar en él, se encarga de apartarlos. Lo que no se me olvidará nunca es el energúmeno que además de hacerme pasar unos minutos angustiosos en los que me privó de uno de esos momentos especiales del camino, no me permitió llegar a contemplar lo que estoy convencido que hubiera sido un amanecer único, de esos que merecen la pena ser recordados durante el resto de la vida.