almeida – 28 de enero de 2015.

betissevillaEl fuerte calor se hacía casi insoportable, toda la provincia estaba en alerta como consecuencia de las altas temperaturas que estábamos soportando,

pero el camino, apenas se había alterado, la vegetación era abundante y presentaba un color turquesa que no se perdía durante todo el año ya que el suelo y el subsuelo durante la mayor parte del año acumulaban el abundante agua que por aquellas tierras era algo natural.

 

Ese efecto de contrastes, hacía que la humedad que había en el ambiente fuera superior a lo normal y la deshidratación que sufrían los cuerpos de los peregrinos había que reemplazarla constantemente ya que de lo contrario las consecuencias podrían ser irreversibles.

Afortunadamente las fuentes abundaban en aquel camino, era frecuente encontrarnos con algún lavadero o un manantial donde el agua que provenía del subsuelo parecía que no se iba a agotar nunca, por lo que cada vez que llegaba a una de estas fuentes, reponía todos los líquidos que mi cuerpo había perdido, en ocasiones más de dos litros de agua y llenaba la botella que se volvía a vaciar antes de llegar a la siguiente fuente.

Llevaba dos días caminando solo y había tomado una decisión, si al día siguiente, las temperaturas no descendían, daría por finalizado ese camino y lo retomaría cuando las condiciones climatologícas fueran más propicias.

Esa ornada terminé muy cansado y además al llegar al albergue las escasas literas que había se encontraban ocupadas por lo que no me quedaba más remedio que dormir sobre el frío y húmedo suelo de aquel cuarto que no reunía las mínimas condiciones de higiene.

Mientras estaba descansando a la puerta del albergue, vi como se acercaba una pareja de peregrinos. Eran Isabel y David, también ellos llegaban muy cansados, además era su primer contacto con el camino y los dos días que llevaban recorriéndolo les habían resultado especialmente duros.

Al informarles que no había sitio libre en el albergue, hicieron una mueca de desagrado, pero tampoco les importaba excesivamente, eran jóvenes y se adaptaban a lo que las circunstancias presentaran. David saco una tienda de campaña y la desplegó sobre una zona ajardinada que había a escasos metros de la entrada del albergue.

Cuando comenzamos a hacer las presentaciones, me comentaron que casi sin tiempo a pensarlo, como disponían de unos días libres, habían decidido recorrer el camino los días que pudieran. Como había sido una decisión muy repentina, apenas habían tenido tiempo para prepararse y estaban siguiendo las etapas que les indicaba la guía que llevaban y para ellos estaba siendo un camino excesivamente difícil.

Me confesaron que el calor no lo habían notado en exceso ya que procedían de Sevilla y en aquellas fechas en la capital andaluza, el calor era todavía superior el que estábamos teniendo, únicamente la humedad del ambiente era lo que lo hacía diferente a lo que ellos estaban acostumbrados.

Generalmente entre los peregrinos siempre hay algo que les hace ver a las personas que tienen a su lado y aunque apenas se conozcan, se perciben ciertas cosas que enseguida convergen y les hace compañeros de camino.

Al día siguiente, Salí del albergue con la pareja andaluza, habíamos previsto llegar al mismo sitio, por lo que recorreríamos juntos el camino o buena parte de el.

He de confesar que desde que dejó de acompañarme Carlitos, siempre me he comportado como un solitario, generalmente me estorba la gente que camina a mi lado, aunque me gusta reunirme luego con el resto de los peregrinos, pero prefiero ir caminando solo.

También en esta ocasión iba a hacer la mayor parte del camino en solitario, aunque de vez en cuando coincidía con David e Isabel y caminábamos algunos kilómetros untos.

Era una parea que parecía completamente diferente, aunque se complementaban a la perfección. David era grande y robusto y parecía tener una timidez que apenas le dejaba decir palabra mientras Isabel era más menuda pero muy dicharachera y agradable, era una conversadora nata que a veces cuando intentabas entrar en una conversación ella difícilmente dejaba su palabra en manos de otros.

Pero mientras estábamos caminando juntos, observé una gran complicidad en los dos, siempre las carencias de uno eran suplidas por el otro y como eran una parea, apenas se notaba.

En las subidas mas difíciles en las que David a veces renqueaba un poquito a pesar de apoyar todo el peso de su cuerpo en un enorme bordón que se había encontrado nada más comenzar el camino, en esos momentos de desfallecimiento, el ánimo de Isabel era el que le proporcionaba ese impulso tan necesario para poder culminar la cima.

Cada vez, esta parea, me estaba resultando mas agradable y he de confesar que me encontraba muy a gusto en su compañía por lo que según pasaban los días fui caminando más tiempo a su lado.

Un domingo, llegamos donde habíamos planificado el final de nuestra jornada y la pareja en lugar de ir directamente al albergue como hacían siempre se fueron hasta un bar y regresaron al cabo de media hora.

-Tanta sed teníais que no habéis podido esperar – les dije cuando llegaron.

-No – respondió David – es que hoy es domingo y hemos ido a preguntar a ver si ponen el partido de fútbol.

-¿Os gusta el fútbol? – pregunté.

-Nos apasiona – respondió Isabel – o sea que si quieres vienes con nosotros y te invitamos a una cerveza.

-Vale acepto – les respondí – de esa forma pasamos dos horas entretenidos.

He de confesar que soy poco aficionado a este deporte, no me desagrada ver un buen partido, pero tampoco es una cosa que me apasione y como en el camino se llega a perder la noción del día en el que vives, lo que menos había pensado esa jornada era terminarla viendo un partido de fútbol.

Después de la ducha, me tumbé un rato a descansar en la litera y fui pasando las notas que ese día quería que quedaran registradas en mi libreta, era un hábito que había adquirido en mi primer camino y de esa forma no se me pasaba por alto ningún detalle del que quisiera dejar constancia.

Mientras escribía las sensaciones de ese día, mi mente no dejaba de pensar en el partido, bueno más que en el partido en el equipo de mis compañeros de camino. En aquellas ciudades que cuentan con dos equipos de fútbol es frecuente escuchar la pasión con la que los hinchas de uno de los equipos son enemigos acérrimos de los del otro, pueden unirles muchas cosas, pero si les separa el equipo de sus amores, pueden llegar a odiarse a muerte.

Aunque enseguida me imaginé que no era el caso de la parea de peregrinos, suponía que los dos eran aficionados al mismo equipo, pero ahora me asaltaba la duda de saber cual de los dos equipos seria el de sus amores.

Siempre he sentido cierta simpatía por el equipo bético, creo que es el que más tradición y sobre todo aceptación tiene entre la gente popular de Andalucía y conociendo a mis compañeros imaginé que los dos serían aficionados al Betis, por lo que no le di más vueltas, saldría de dudas en el momento que fuéramos a ver el partido.

Cuando me encontré de nuevo con ellos que me estaban esperando a la puerta del albergue, al verme me hicieron algunas señas como si estuvieran esperándome y fuéramos ya tarde, por lo que agilicé el paso para no privarles de esos segundos híncales del partido.

-Una duda que me ha surgido – les dije – aunque me imagino que seguramente será una tontería pero no la he conseguido despejar. ¿De que equipo sois?

Casi sin darme tiempo a terminar, respondieron los dos al unísono:

-Del Sevilla – dijo Isabel.

-Del Betis – respondió David.

-Vaya, pensaba que erais del mismo equipo – dije tímidamente.

-No vas a comparar – dijo cada uno de ellos.

También por lo que me comentaron más tarde, sus familias eran del mismo equipo que cada uno de ellos, era como una tradición familiar que pasaba de padres a hijos y se extendía al resto de la familia.

Mientras estuvimos viendo el partido, vi como los dos lo vivían con pasión y cada acción de su equipo era jaleada por el que iba a favor de ese equipo mientras que cada pifia de alguno de los jugadores era celebrada por el peregrino del equipo contrario.

Resultó un partido memorable, aunque apenas presté atención a lo que se estaba desarrollando sobre el terreno de juego y estaba mas pendiente de las reacciones de los peregrinos que vivían, sentían y sufrían cada uno de los lances del juego como si en ello les fuera la vida.

Ellos que se dieron cuenta de mi sorpresa y sobre todo de cómo les había estado observando, me dijeron que desde muy pequeños, con el biberón le habían inculcado la pasión por el equipo de sus progenitores y lo sentían como algo muy suyo y de lo que no podían renegar, lo malo de esta situación era que habían encontrado otra pasión en una persona que era del equipo rival y no lo podían evitar, ya que la pasión es algo que se lleva muy dentro y una vez que se instala en el interior es muy difícil desplazarla de donde ha encontrado acomodo.

Eran conscientes que en su ciudad y en el círculo familiar y de amistades solían ser el centro de ciertas burlas ya que cuando se suscitaba el tema futbolístico, daba la impresión que no se conocían, aunque finalmente siempre acababa primando la pasión que el uno sentía por el otro y eso para ellos era lo más importante.

Afortunadamente, el partido terminó en empate y los siguientes días de camino no volvió a surgir ninguna discrepancia como la que pude observar en aquel bar donde dos personas se habían olvidado por momentos del amor que se profesaban dejando que la pasión futbolística se impusiera, primando mientras duró el partido.

En varias ocasiones pensé en esta pareja, me resultaba difícil una convivencia pacifica con algo que les distanciaba tanto, pero años después cuando les volví a ver felizmente casados, me confesaron que ya el fútbol había dejado de ser tan importante para ellos, desde que sintieron la magia de aquel camino que recorrieron juntos, aprendieron que en la vida hay valores que unen a las personas y éstos deben siempre prevalecer por encima de todo.