almeida – 27 de enero de 2015.

botasKatherine, era una mujer feliz. En su país, Suecia, la vida le había proporcionado todo cuanto alguien puede necesitar, una familia, un

trabajo que le apasionaba y una estabilidad que le proporcionaba cuanto necesitaba para vivir.

 

Las cosas a veces se tuercen y también Catherine, experimentó en sus carnes ese revés que en ocasiones la vida nos da y todo cuanto antes era motivo de felicidad se torna en desánimo y sobre todo en una falta de ilusión por ver salir el sol por el horizonte cada mañana.

Pero como suele decir el refranero que generalmente suele ser muy sabio “Dios aprieta pero no ahoga”. Un día, Katherine, oyó hablar de un camino mágico donde los que lo recorren, aprenden a ver las cosas con otra dimensión y se valoran otras cosas en las que antes apenas reparábamos ya que pasaban por nuestra vida sin que les diéramos importancia.

Decidió ir a ver con sus propios ojos si cuanto le decían era verdad, no deseaba quedarse con la duda y en el momento que contó con vacaciones se desplazó hasta el sur de Europa para recorrer ese camino del que tanto había oído hablar.

Enseguida se dio cuenta de lo importante que es poseer unos conocimientos como los que ella tenía, su dominio del idioma de Shakesperare que había aprendido desde que era muy pequeña y los conocimientos que tenía del castellano, le abrieron todas las puertas para poder entenderse con la mayoría de los peregrinos que caminaban a su lado.

Aquel dominio de tres idiomas le permitía integrarse en la mayoría de los grupos que se formaba cada mañana y ella fue también formando el suyo, ese de las personas con las que más a gusto se encontraba caminando.

Todo lo que le habían contado de aquel camino, lo fue comprobando personalmente, no le habían exagerado nada, al contrario, estaba descubriendo muchas cosas que otros ni siquiera llegan a imaginar.

Cuando se mezcló con la vorágine del camino se fue olvidando de su idioma y de forma inconsciente, alternaba el castellano y el ingles dependiendo de las personas con las que ese día fuera caminando, pero tampoco fue para ella ningún problema ya que lo importante era hacerse entender y saber lo que los demás le decían y eso era algo que lo estaba consiguiendo.

Cuando llevaba recorrido la mitad del camino que se había propuesto andar, un día llegó a uno de esos albergues que son diferentes a los demás y decidió quedarse en él, aunque perdiera la compañía de parte de las personas que caminaban con ella, estaba convencida que surgirían personas nuevas con las cuales se encontraría también muy a gusto caminando.

La hospitalera, una mujer de mediana edad, mulata y con rasgos sudamericanos, salio a su encuentro nada más ver que llegaba una nueva peregrina.

-Hello – dijo Katherine.

-Hola – respondió la hospitalera – Me llamo Celia, bienvenida a este albergue.

Celia le comentó que había nacido en Cuba, aunque desde muy pequeña había venido con sus padres a Europa donde había vivido en varios países.

Al ver la credencial de Katherine y comprobar su procedencia, Celia, le comento que una parte muy importante de su vida, la había pasado en Estocolmo, una ciudad que siempre le había encantado, aunque no pudo nunca acostumbrarse al frío que hacía, muy diferente a las cálidas tierras en las que ella había nacido.

Le explicó el funcionamiento del albergue y dejó a la peregrina que se instalara y se pusiera cómoda, mientras ella iba recibiendo a los nuevos peregrinos que a esas horas, también daban por finalizada su jornada y habían decidido quedadse en aquel lugar.

Cuando Katherine terminó de ducharse y lavar la ropa de la jornada, salió al patio para observar aquel lugar tan diferente a los demás en los que había estado y sobre todo le gustaba observar en silencio el comportamiento de los peregrinos. Era tan diferente la forma de comportarse de unos a otros que aprendía a conocer a las personas por estos pequeños detalles.

Mientras estaba observando a una pareja de peregrinos que se habían conocido en el camino y estaban dejando que sus afectos fluyesen con libertad en aquel lugar que también era un poco anárquico y donde cada uno actuaba de forma muy diferente, se dio cuenta que había alguien a sus espaldas, era Celia que ya había acomodado a los últimos peregrinos y deseaba conocer un poco más a los que habían llegado a su albergue.

Celia era una mujer que analizaba a cada peregrino y a través de su conversación se formaba una idea de cómo era su interlocutor. Le gustaba interesarse por las motivaciones que a cada uno le habían llevado hasta allí y sobre todo, ahora que llevaban dos semanas caminando quería saber si el camino le había satisfecho todas las esperanzas e ilusiones que se había formado antes de comenzarlo.

Como Katherine era también una persona que no rehusaba ninguna conversación y sobre todo le gustaba aprender cosas de las diferentes culturas con las que estaba coincidiendo, enseguida se enfrascaron en una conversación que a quienes las observaban, les hacía pensar que debía tratarse de algo muy interesante y sobre todo muy apasionante.

Cuando llevaban casi una hora hablando, de repente Katherine estalló en una sonora carcajada que llamó la atención de quienes se encontraban en las cercanías y sobre todo sorprendió a Celia, que no sabía porqué se reía de aquella manera ya que el tema de conversación que estaban manteniendo no era para aquellas muestras que la peregrina estaba manifestando.

-¿Qué he dicho para que te rías de esa forma? – preguntó sorprendida Celia.

-Nada – dijo Catherine, son cosas mías, una de las mayores preocupaciones que tenía cuando comencé este camino era si me iba a hacer comprender por el resto de los peregrinos ya que por lo que había leído, me iba a encontrar con personas de todos los países, razas e idiomas. Pero, ahora que me doy cuenta, cuando he llegado, te he aludido en ingles y me has respondido en castellano y cuando nos hemos puesto a hablar, hemos comenzado a hacerlo en castellano, luego hemos estado hablando u rato en Ingles y ahora llevamos mas de media hora hablando en sueco.

-Así es – dijo Celia – es una de las cosas que he aprendido mientras estoy en el camino, es imposible no entenderte con nadie, siempre, con un poco de buena voluntad, acabamos comprendiéndonos y si no lo hacemos a través de las palabras, en ocasiones solo es necesario hacerlo con gestos , pero al final nos comprendemos.

-Lo que yo no esperaba – dio Katherine – es que estando en el camino, tuviera la oportunidad de hacerlo en mi idioma materno ya que son muy pocos los peregrinos de mi país que lo recorren.

-Esas – dio Celia – son las cosas que nos suele proporcionar el camino y luego nos hacen reflexionar sobre él.

El resto del tiempo que pasó en aquel albergue no supo en que idioma se expresaba con la hospitalera, aunque tampoco le preocupó ni volvió a preocuparse el resto de su camino, solo supo que desde ese momento ya no volvería a pensar en la forma de hacerse comprender por los demás porque lo conseguiría de una forma o de otra.