almeida – 14 de septiembre de 2016.

            Juanjo y Ramiro, eran dos hospitaleros que entendían la acogida de la forma tradicional que se ha hecho siempre en el camino.

En su albergue han dado siempre acogida a todos los que allí han llegado y además les han proporcionado una cena caliente y el desayuno sin cobrar nada a los peregrinos, únicamente solicitaban ese donativo que contribuía a mantener el albergue y les permitía adquirir esas provisiones necesarias para dar la manutención de los que llegaban al día siguiente.

            A pesar de dedicarse a la hospitalidad, también eran peregrinos y les gustaba sentir el contacto del camino bajo sus pies al menos una vez al año, pero como el albergue en el que se encontraban acogía a peregrinos todo el año, solo podían dedicar un mes a recorrer alguno de los muchos caminos que tenían pendientes y lo hacían en el mes de enero que cerraban el albergue ya que el número de peregrinos disminuía de forma considerable.

            Decidieron hacer ese año un camino nuevo, era uno de los menos concurridos y en el mes en que lo hacían seguramente no se iban a encontrar con nadie. Tenían que pasar la mayoría de las noches en lugares privados excepto tres o cuatro días que llegaban a poblaciones en las que los ayuntamientos habían dispuesto un espacio para que los peregrinos descansaran y también había un monasterio en Santo Domingo de Silos donde tradicionalmente daban acogida a los peregrinos.

            La etapa que les conducía hasta el monasterio fue especialmente dura, ese día cayó una terrible nevada por lo que cuando llegaron al pueblo en el que se encontraba el monasterio, respiraron por fin aliviados al sentirse a salvo de las inclemencias del tiempo.

            Pasaban diez minutos de la una y a la entrada del monasterio había un cartel con los horarios. Se cerraba a la una y se abría tres horas y media después. Ellos pensaron que eso era para los visitantes y los turistas, ellos eran peregrinos y seguro que tendrían otro tratamiento diferente. Además, con el tiempo que hacía, como no cesaba de nevar copiosamente, no les dejarían en la calle pasando frío.

            Llamaron al timbre y escucharon al otro lado del interfono:

            -Buenas tardes ¿Qué desea?

            -Buenas tardes – respondió Juanjo – somos peregrinos y solicitamos que nos den acogida.

            -Está cerrado, no abrimos hasta las cuatro y media.

            -Ya, pero – trató de decir Juanjo.

            -Vuelvan a las cuatro y media.

            No se lo podían creer, pero no insistieron. Buscaron un bar donde comer algo caliente, así estarían a resguardo de la nevada y del frío mientras abrieran a las cuatro y media.

            El dueño del bar en el que entraron, al verlos llegar completamente calados, después de hacer la señal de la cruz con su mano derecha les dijo:

            -Santo Dios, como se os ocurre caminar con este día que hace.

            -Somos peregrinos – dijo Juanjo – y el camino tiene estas cosas, unos días hace calor, otros nieva, pero el peregrino ha de seguir siempre caminando hacia delante.

            -Pero, según estáis, vais a coger una pulmonía – dijo el tabernero – quitaros la ropa mojada y entrar en la casa, junto a la chimenea podréis entrar en calor.

            Mientras reanimaban su cuerpo, el hostelero les preparó una sopa caliente y unos huevos fritos con patatas, jamón y chorizo. Cuando fueron a pagar, el buen hombre les dijo que no le debían nada, que cuando llegaran a Santiago le tuvieran en su pensamiento.

            A las cuatro y media, se encontraban de nuevo ante la puerta del monasterio, Juanjo que era muy prudente esperó cinco minutos antes de pulsar de nuevo el timbre, aguardando la respuesta de alguien desde el otro lado.

            -¿Quién es? – se escuchó a través del interfono.

            -Somos los peregrinos que estamos haciendo el camino y hemos llamado antes.

            -Esperen un momento, por favor.

            El momento, se fue convirtiendo en minutos y cuando llevaban diez minutos a la intemperie, Ramiro quiso pulsar de nuevo el timbre, pero Juanjo le detuvo, no quería  ser muy insistente y le pidió que esperara cinco minutos más ya que seguramente estaban ocupados.

            Cuando transcurrieron quince minutos desde la llamada, volvieron a pulsar de nuevo el timbre, esta vez escucharon la voz de otro monje al otro lado del interfono.

            -Buenas tardes, ¿Qué desean?

            -Somos los peregrinos que hemos venido después de la una y hemos llamado hace un cuarto de hora y queríamos que nos dieran acogida.

            -Es que el hermano que atiende a los peregrinos no se encuentra – dijo el monje.

            -¿Y cuándo va a llegar? – preguntó Juanjo.

            -No lo sé, ha salido fuera y no sabemos cuándo va a llegar.

            -¿Nos puede abrir y le esperamos dentro?, está nevando y hace mucho frío – dijo ya algo enfadado Juanjo.

            -Lo siento, pero él es el único que puede abrir y atender – dijo el monje sin ningún rubor.

            -¿Y que nos sugiere que hagamos? – preguntó ya malhumorado Juanjo viendo el trato tan poco hospitalario que les estaban dando.

            -No lo sé – dijo el monje – esperen en el pueblo o en la plaza y cuando llegue el hermano le digo que les están esperando.

            -Como antes le he dicho, está nevando y hace mucho frío – dijo Juanjo casi gritando.

            -Lo siento, pero yo no puedo hacer nada más – se justificó el monje.

            -Pues muchas gracias por la hospitalidad que saben dar a los peregrinos dejándoles en la calle. Si ustedes son los discípulos de Jesús, gracias a Dios que en el camino no hay muchos como ustedes porque acabarían con la peregrinación – dijo ya muy enfadado Juanjo.

            Se marcharon del monasterio y buscaron una pensión económica en la que poder pasar la noche. Al menos por treinta monedas de un euro, más o menos por las mismas que Judas vendió a su maestro, pudieron pasar esa noche a cubierto en un lugar que aunque no era tan sagrado como el que había enfrente al menos les habían proporcionado acogida donde descansar.

            Cerraron bien la ventana no solo para protegerse del frío exterior, tampoco quería que los cánticos con los que habían esperado disfrutar en el monasterio les llegaran y les atormentaran sus sueños.