almeida – 04de abril de 2016.

            Siempre me ha gustado caminar sin estar rodeado de gente, las multitudes consiguen agobiarme, aunque luego siempre disfruto cuando llego al albergue y tengo alguien con quien poder conversar un rato intercambiando las experiencias que hemos tenido ese día.

Solamente, me sentía a gusto con Carlitos que fue mi primer y único compañero de Camino.

            Esta forma de ser me ha llevado a buscar siempre caminos nuevos, sobre todo aquellos que apenas eran transitados por otros que como yo, estaban buscando esa soledad que solemos encontrar en el camino.

            Después de hacer el camino Francés, fuimos estudiando varias opciones sobre los nuevos caminos que podíamos hacer, nos daba lo mismo el que escogiéramos ya que en aquellos momentos el único que estaba siendo transitado era el camino clásico y los demás trataban de ir recibiendo peregrinos. Pero la señalización y las infraestructuras eran aún muy precarias, por lo que en algunas ocasiones no encontraríamos sitio en el que poder dormir como peregrinos ya que los albergues eran aún un proyecto de futuro.

            No obstante decidimos aventurarnos por el camino de la costa, nos parecía muy interesante ir caminando unos seiscientos kilómetros en los que permanentemente tendríamos la mar a nuestra derecha, la montaña a nuestra izquierda y de frente, siempre hacia poniente, estaba nuestro objetivo.

            Como habíamos previsto, las infraestructuras para acoger a los peregrinos eran todo proyectos, pero la señalización no era mala, miembros de las diferentes asociaciones provinciales de amigos del camino habían hecho una buena labor señalizando los cruces para que los peregrinos no se despistaran. Aunque, a veces tampoco era difícil hacerlo ya que a unos metros teníamos siempre la mar y solo era cuestión de seguir avanzando por la costa hasta llegar a Ribadeo donde ya dejaríamos el Cantábrico para dirigirnos al suroeste donde nos esperaba Santiago.

            La soledad fue absoluta, después de más de diez días de camino no nos habíamos encontrado con ningún peregrino, aquello era lo que estábamos buscando pero hubo momentos que casi llegó a ser un poco desesperante porque no teníamos la oportunidad de poder hablar con nadie que estuviera haciendo lo mismo que nosotros.

            También los pocos albergues que nos fuimos encontrando a nuestro paso, cuando los había, presentaban unas condiciones de abandono de esos lugares por los que solo pasa alguien de forma circunstancial. En ocasiones tuvimos que arreglar algunos elementos que el abandono los había convertido en inservibles, un enchufe de una estufa, un grifo que no abría. Así nos entreteníamos mientras esperábamos que fuera pasando la tarde. Lo que ya no pudimos hacer fue lavar las fundas de las almohadas que habían llegado a coger moho de la humedad que había en algunos lugares y la falta de aireación del albergue que podía pasar varias semanas cerrado sin que nadie se alojara allí.

            Todos estos condicionantes, hicieron que cuando llegamos a Avilés, nos pareciera que estábamos en el paraíso. Había un albergue y llamando a un número de teléfono venían a abrirlo, aquello era novedoso para nosotros, no teníamos que ir al lugar donde nos decían para recoger la llave. Además había un peregrino, el primero que veíamos después de recorrer unos quinientos kilómetros, aquello ya estaba adquiriendo otro nivel desconocido hasta ese momento por nosotros.

            Cuando llegó el responsable del albergue, nos abrió la puerta y nos dijo que nos acomodáramos donde deseáramos. Había unas treinta camas y dos cuartos de baño con sus duchas, era todo un lujo para lo que estábamos viendo hasta esos momentos.

            Los peregrinos de este pueblo, al enterarse que había nada menos que tres colegas en el albergue fueron corriendo la voz y enseguida vinieron unas diez personas. Estaban tan deseosas de hablar con nosotros como lo estábamos nosotros de poder hablar al fin con peregrinos, la ilusión con las que nos recibieron me confirmaba que en los últimos días no había pasado nadie por allí.

            Incluso vino el presidente de la asociación, quería en persona darnos la bienvenida y también invitarnos a unas sidras en los estupendos locales que hay en esa población. Fuimos formando un grupo cada vez más numeroso, llegamos a ser unas doce personas y todos nos miraban y nos hablaban como si nosotros fuéramos quienes daban sentido a su existencia como peregrinos y hospitaleros y por unos momentos nos llegamos a sentir importantes por el agasajo que nos estaban haciendo.

            Después de casi dos semanas, fue un día diferente, por fin encontramos esa acogida que de vez en cuando es necesario, incluso uno de ellos se quedó en el albergue como hospitalero a pesar de que le insistimos para que fuera a su casa a dormir ya que nosotros nos arreglaríamos bien sin él, pero para él también era importante ese día porque podía ofrecer su hospitalidad a los peregrinos.

            Con el buen sabor que nos había dejado ese día, bajo una fina lluvia, al día siguiente abandonamos el albergue y el lugar, por delante nos quedaban otros doscientos kilómetros de soledad hasta llegar a Ribadeo, pero ese día en el que nos sentimos importantes por haber sido útiles se quedó grabado en nuestra mente y formaría uno de esos momentos imborrables de este camino.