almeida – 22 de febrero de 2016.

Después de casiun mes caminando, Manuel y Eladio llegaron hasta un seminario. En este lugar estaban acostumbrados a acoger a los peregrinos que se dirigían a Santiago, pero la instalación de un albergue en el pueblo había hecho que su utilización fuera decayendo hasta ser casi residual ya que la mayoría de los peregrinos preferían la comodidad y la cercanía de los servicios que se encontraban en los lugares más habitados.

Pero a Eladio y Manuel, les gustaba ir a esos lugares donde no lo hacían la mayoría de los peregrinos y optaron por solicitar acogida en este recinto, aunque para ello tuvieran que hacer cuatro kilómetros más, siempre sería mejor que un lugar más masificado por personas de todo tipo y condición que se dirigían a Compostela.

Durante el tiempo que llevaban caminando no se habían afeitado ningún día por lo que llevaban una barba considerable. Cubrían su cuerpo con una especie de poncho que semejaba un hábito, en algunos lugares por los que habían pasado llegaron a confundirlos con monjes de una orden indefinida.

Tiraron del cordón que hacía sonar la campanilla del seminario y un viejo sacerdote que debía ser uno de los instructores de los novicios les abrió la puerta.

-Buenas tardes hermanos, ¿Qué deseáis? – preguntó el sacerdote.

-Somos hijos de Dios y peregrinos que solicitamos acogida por esta noche – dijo Eladio.

-Sois hermanos en la fe – preguntó el anciano.

-Somos tus hermanos – dijo Eladio – buscamos la hospitalidad de esta casa que también es la nuestra.

-Pues sed bienvenidos.

Les condujo hasta una celda que estaba en una de las alas del grandioso edificio y les dijo que a las siete, en el comedor se hacía la cena para todos los que habitaban aquel lugar y esperaban que la compartieran en su compañía.

Enseguida se corrió la noticia por el seminario que habían llegado dos hermanos peregrinos que se dirigían a Santiago y les habían dado acogida y compartirían la cena con ellos.

Cuando se reunieron con el resto de integrantes del seminario, al ver el tratamiento que estaban teniendo, Eladio se dio cuenta enseguida del equívoco que se había producido, pero su sentido del humor le hizo continuar la broma que se estaba produciendo y le guiñó el ojo a Manuel para que siguiera manteniendo la confusión que se había producido y no desvelara quienes eran. Podría resultar una experiencia aún superior a la que esperaban tener allí y seguro que siempre la recordarían con agrado o al menos con una sonrisa.

Los novicios se sentaron en la mesa en la que se habían puesto los dos peregrinos, todos estaban deseosos de conocer la peregrinación que ambos estaban haciendo.

Eladio y Manuel les fueron detallando todas las vivencias y sensaciones que el camino les estaba produciendo, les hablaron de lugares, de sensaciones, de la gente y de la fe que estaban observando en aquellos que caminaban a su lado y también la fe de quienes les acogían. Los novicios sentían envidia de lo que estaban escuchando y se imaginaban ese placer que puede suponer la penitencia de una peregrinación a Santiago.

Uno de los sacerdotes que estaba escuchando como Eladio afirmaba que el camino le estaba cambiando su vida, le propuso que si lo deseaba podía ser el encargado de exponer en la misa una homilía sobre el camino que estaban realizando.

A Eladio se le ocurrió entonces una broma un tanto pesada que podía tener su gracia posterior o quizá descubriera el pastel en el que se habían metido.

Dirigiéndose al sacerdote con el que había estado hablando le susurro:

-Creo que al hermano Manuel le haría mucha ilusión decir la homilía, por lo que si lo estima conveniente podría proponérselo.

-Me parece una idea estupenda, así el hermano podrá hablarnos de sus vivencias y de las sensaciones que están teniendo en el camino.

Cuando el sacerdote le propuso la idea a Manuel, éste no sabía dónde meterse ni como disculparse hasta que el sacerdote tuvo una ligera indiscreción.

-Veo que como había dicho el padre Eladio, le ha emocionado la propuesta – dijo el sacerdote.

-Me siento muy alagado – dijo Manuel – es un honor inmerecido para mí, pero mi humildad me impide aceptar. Sé que el hermano Eladio lleva tres días sin cantar misa y creo que a él le va a hacer más ilusión.

Eladio, viendo que el tiro le estaba saliendo por la culata, comenzó a carraspear y fingió una inesperada e inoportuna afonía y cedió el honor que le proponían a uno de los nuevos sacerdotes que acababan de ser formados en el seminario así podría comprobar las cualidades de la formación que allí se estaba impartiendo.