almeida –13 de marzo de 2015.

En cada camino, siempre hay algunas personas que merece la pena conocer, no son muchas, seguramente por eso marcan a los peregrinos que las conocen y cuando lees alguna cosa de ese camino, inevitablemente estas personas suelen convertirse en una de esas referencias obligadas.

Cuando me propuse recorrer la Vía de la Plata, mil kilómetros de soledad como alguien a quien leí su diario la había definido, fui planificándola detenidamente. Era mucha distancia la que había entre algunas poblaciones y la infraestructura todavía resultaba un tanto deficiente.

Según iba documentándome, vi que había algunas personas que aparecían repetidamente en las cosas que leía y mi intención era disfrutar al menos un rato de su compañía y sobre todo aprender de aquellas cosas que pudieran contarme ya que los consideraba como esas leyendas que el camino va dejando en los peregrinos que tienen la fortuna de conocerlos.

Luego, cuando comenzó mi camino de verdad, al llegar a la meta de Compostela esta lista se amplió de una forma importante y seguramente hubo personas que me impactaron más, o me dejaron un poso más amplio, pero es algo que suele ocurrir en cada uno de los caminos y si no pasa de esa forma es porque algo no hemos hecho bien.

Uno de esos personajes, era un cura que había en un pequeño pueblo de la provincia de Salamanca. Eran tantas las referencias que se hacían sobre él y todas ellas buenas que fijé ese lugar como uno de los que no debía pasar por alto y allí realizaría el final de esa jornada.

Cuando llegué al albergue, el cura no se encontraba en él, era algo frecuente ya que se trataba de una persona muy activa y no podía estar mucho tiempo en el mismo lugar, el tiempo era muy valioso y él sabia como exprimir cada momento del día para que le proporcionase cuanto necesitaba.

Me recibieron unos magníficos hospitaleros con los cuales sigo manteniendo una buena amistad con el paso del tiempo. Ella se encargaba de restañar los maltrechos cuerpos de algunos que llegábamos hasta allí y se empleó a fondo con mi compañero al que tumbó sobre una mesa y con sus manos fuertes fue destensando los músculos que se encontraban bastante agarrotados.

Él, se encargaba de atender a los peregrinos y cuando disponía de tiempo libre lo dedicaba a una de sus aficiones que consistía en transformas inertes trozos de madera en verdaderas obras de arte, ya que había aprendido con la calma que requiere conocer todos los secretos que encierra cada bloque y sabia extraer lo mejor que había en el interior de cada uno de ellos.

Le pregunté por el cura, ya que me había propuesto conocerle y me dijo que estaba a punto de llegar ya que había salido a hacer unas gestiones y sabía que regresaría pronto ya que había una persona esperándole, había quedado con él y solía ser todo lo puntual que los numerosos compromisos que tenía se lo permitían.

Quien le estaba esperando era un hombre de raza gitana que estaba en el patio del albergue con un carro que pretendía venderle al cura.

Ese era uno de los hobbies del sacerdote, desde hacía unos años, se dedicaba a coleccionar carros de los que se utilizaban antiguamente en la labranza del campo, eran robustos de madera de roble o encina, pero ya habían caído en desuso, aunque su consistencia y sobre todo su belleza les habían convertido en piezas de coleccionismo que se empleaban en la decoración de las nuevas casas rurales que se estaban rehabilitado y sobre todo en las nuevas construcciones.

Luego con estos carros organizaba unas marchas peregrinas en las que participaban numerosas personas y con el tiempo se convirtieron en una seña de identidad de este lugar.

Cuando escuchamos cómo aparcaba un coche en la puerta del albergue, el hospitalero me dijo que era el coche del cura y salimos a su encuentro, aunque cuando llegamos a la calle ya estaba conversando con el gitano.

Una de las habilidades de los gitanos es saber cómo hacer ver que cosas inservibles tienen un valor extraordinario, son muy hábiles en la negociación y saben cómo entrar en la mente de quien tienen enfrente para a través de cada uno de sus gestos y reacciones conocer hasta dónde pueden llegar en la negociación.

El cura, mientras escuchaba al gitano, miraba detenidamente el carro que le acababa de traer. Era uno de los clásicos carros castellanos fabricado casi íntegramente con madera de roble. Mientras lo contemplaba, en aquellos lugares que veía algún defecto lo examinaba con más detenimiento y con las manos forzaba la parte dañada para comprobar hasta dónde llegaba el desperfecto y sobre todo si tenía fácil reparación.

Cuando terminó de contemplar lo que querían venderle, el gitano comenzó a hacer alabanzas de lo que había traído, en ocasiones golpeaba con fuerza las partes más fuertes del carro y después de exagerar las virtudes del carro, comenzó la negociación sobre el precio.

Nada más escuchar lo que el gitano pedía por el carro, el cura se dio la media vuelta haciendo ver que no le interesaba y cuando se disponía a caminar, el gitano le copio por el brazo diciéndole al cura que pusiera el precio, que no iba a encontrar un carro como aquel y seguro que al final llegaban a un acuerdo.

Éste, le ofreció una tercera parte de lo que le había pedido el gitano y entonces fue este quien repitió los gestos que un rato antes había hecho el cura y los dos se dieron la espalda mostrando la intención cada uno de ellos de volver por donde habían venido.

Pero el gitano quería desprenderse de aquel carro y el cura estaba deseando adquirirlo, entonces fue el cura quien tomo la iniciativa y como con desprecio, fue señalando todas las partes que se encontraban dañadas exagerando cada uno de los desperfectos y la dificultad que tendría para repararlo.

Fue una negociación bastante dura, casi estuvieron una hora discutiendo sobre lo que uno pedía y el otro estaba dispuesto a dar. Ahora era el cura quien llevaba la iniciativa porque estaba dándose cuenta de los puntos débiles de los argumentos del gitano e iba incidiendo en cada uno de ellos con una destreza que me hacía percibir que me encontraba ante un experto de la negociación, estaba convencido que aquel hombre en cualquier tipo de negociación que hubiera llevado; sindical, laboral,…hubiera impuesto su criterio de forma aplastante.

Después de mucho rato en el que a veces los gestos eran mucho más importantes y sobre todo incisivos que cada una de las palabras que se decía, por vez primera vi como un gitano era superado en una negociación sobre la venta de un producto y claudicaba ante ese hombre de Dios que dominaba este arte de una forma increíble.

Estrechándose las manos dieron por sellado el acuerdo al que había llegado, al final, fue algo menos de la mitad de la oferta inicial que el gitano le había hecho.

Cuando el cura se dirigió a donde nos encontrábamos observándole, el hospitalero, mirándole fijamente le dijo:

-Menos mal que ya te conocía, pero por momentos me han entrado dudas de quién era el cura y quién el gitano.