Resuenan todavía, los gritos que se lanzaban en las calles y en las plazas de nuestros pueblos demandando unas mejoras para que nuestra sanidad fuera justa, eso quiere decir, que no fuera discriminatoria, y que su calidad no mermara, porque si algo no se cuida, y se le dota de lo necesario, al final se acaba por degradar.

            También resonaban un poco más lejanas, aquellas promesas que algunos nos iban haciendo en sus pulpitos dorados, en los que decían las palabras que todos queríamos escuchar; igualdad, despolitización de la sanidad, prevención de los peligros que acechaban.

            Nunca llegaron a mezclarse, aunque el mensaje era muy parecido, todos pedían lo mismo, daba la sensación que se encontraban embarcados en el mismo barco y con el mismo destino.

            Los unos se quedaron como esa marea de las batas blancas, un mal pasajero que se acaba olvidando si no se le presta mucha atención y los otros llegaron a ese olimpo del poder, desde el que podían cambiar las cosas como habían pregonado.

            Pero el tiempo, se convierte en ese juez implacable, que acaba poniendo a cada uno en el lugar que le corresponde y generalmente, da y quita razones.

            Quienes nos aseguraron que con ellos llegaría la prosperidad, cuando estaban facultados para llevar a cabo lo que pregonaban, se dieron cuenta que una cosa es pregonar y la otra vender trigo.

            Comenzaron a matizar cada una de sus palabras y ese pueblo tonto que todo lo acaba malinterpretando, no se enteraba de lo que decían y habían confundido el mensaje que estuvieron dando.

            Ahora había que gobernar y eso significa mojarse, tomar responsabilidades y dar la cara. Se dieron cuenta que la tarta no era ya lo suficiente grande para las raciones que había que repartir y era necesario priorizar.

            En servicios básicos; medicina, enseñanza,.. Estábamos con unos ratios por debajo de la media de nuestro entorno y era donde siempre se acababa rasgando, porque no pasaba nada si eran unos pocos menos y al fin y al cabo gozábamos de una salud de hierro y se nos consideraba un referente a nivel mundial.

            En cambio en cargos políticos y técnicos, nos encontrábamos muy por encima de la media de los países con los que tanto nos gusta compararnos.

            Como había que hacer recortes, todos teníamos muy claro de dónde se podía recortar, bueno, todos menos los que tenían que hacerlo, que por nada del mundo querían perder los privilegios y los compromisos que se habían ido creando.

            Era mejor hacerlo como se había hecho siempre, por los más débiles que al fin y al cabo no lo iban a notar tanto y ya estaban acostumbrados y seguramente dentro de cuatro años, ya se habrían olvidado.

            Esa igualdad en lo que prometían, se quedó en aguas de borrajas y si los que veían que les quitaban el médico de cabecera protestaban, ya se callarían, si un pueblo protestaba, ya se cansarían y así llegamos a donde nos han llevado.

            Al final vemos que los que protestaban lo hacían porque les asistía la razón y los que hacían oídos sordos nos han llevado a la situación que nos encontramos.

            El tiempo acaba dando la razón a quien la tiene y al final, también acaba poniendo a cada uno en su sitio.