—Seguimos la regla de San Benito, la mayor parte del día la dedicamos a la oración, tanto de forma comunitaria como individual y el resto del tiempo trabajamos en las habilidades que cada uno tenemos. Por cierto, ¿cuál es la habilidad en la que más destaca o qué es lo que mejor se le da hacer?

—Toda mi vida la he dedicado a ser el consejero de mi señor y no sabría decirle en qué puedo destacar.

—Bueno, eso lo dejaremos para más adelante, quizá es mejor que vaya viendo los oficios que hacemos en el monasterio y cuando vea uno que puede adaptarse a sus habilidades me lo hace saber, entonces hablaremos con el monje que esté al cargo de ella para que le acoja como aprendiz. Ahora le daremos un hábito para que se encuentre integrado; puede ir viendo estos días cómo es la vida en el monasterio. El hermano Gerard le acompañara para explicarle todo lo que desee saber de nuestra forma de vivir, pero tenga en cuenta lo siguiente; el silencio forma parte de nuestra vida de meditación, por lo que si hay un monje que no le responde es por que está en su momento de reflexión. Oramos siempre y sin desfallecer porque es nuestra forma de estar permanentemente en contacto con Dios y el trabajo nos dignifica, por lo que el tiempo que disponemos libre de oración lo dedicamos a trabajar.

Bernard agradeció la hospitalidad que le habían ofrecido, se despidió del Abad saliendo de la estancia y siendo seguido por el ayudante que le habían asignado.

Salieron al huerto y Gerard fue presentando al hermano Bernard a los monjes que se encontraban en pleno trabajo, unos estaban dedicados a quitar las malas hierbas de las hortalizas y las verduras que estaban sembradas, otros cuidaban los frutales que ya tenían el fruto en pleno desarrollo. Unos cientos de metros más lejos, otros monjes se afanaban por quitar algunas ramas de las vides para que el fruto absorbiera toda la savia que el tronco de la cepa canalizaba desde la tierra, disponían de unas dos mil cepas de las que obtenían el vino necesario para las celebraciones y también para esos días especiales en los que consumían lo que Baco les había proporcionado. Con los hollejos de las uvas y una mezcla de hierbas que se encontraban por los alrededores habían conseguido el secreto de una destilación que era muy apreciada.

El ayudante le mostró dónde se encontraban las letrinas y los baños y le explicó como debía hacer cada vez que lo utilizara. El baño lo hacían una vez a la semana, el culto al cuerpo no era una de las cosas que les preocupara. Le enseñó la cocina, allí había tres monjes que se encargaban de elaborar los alimentos necesarios para toda la comunidad.

Había otras tareas que le fue citando por encima. Disponían de un pequeño taller donde reparaban todo lo necesario para los quehaceres diarios, desde arreglar una mesa hasta errar una mula. También un taller de cantería para restaurar los muros que se fueran dañando. Una decena de monjes se encargaban de mantener y copiar los manuscritos que poseían en el monasterio.

A las once y media el ayudante le condujo hasta el refectorio donde los monjes se encontraban alrededor de una mesa para almorzar. Mientras los monjes responsables de la cocina iban sirviendo un cuenco con verdura y una hogaza de pan, uno de los monjes recitaba las oraciones que diariamente hacían en cada una de las comidas y a las doce fueron a descansar a la celda. Gerard acompañó a Bernard y mientras éste descansaba en la cama, Gerard se tumbó en el suelo. Bernard le dijo que no podía admitir que estuviera de aquella forma, pero éste le dijo que mientras fuera su ayudante debía estar en todo momento con él, no solo le acompañaría durante el día, sino que también por la noche dormiría en su cuarto.