La austeridad de la celda que le habían asignado impactó inicialmente a Bernard, era un cuarto de apenas cinco metros cuadrados. Frente a la puerta había una pequeña ventana que comunicaba con el huerto del monasterio. Una cama de madera con un ligero jergón de lana y una manta eran el lecho sobre donde descansaría todas las noches. En la pared había un crucifijo hecho de madera y una silla conformaban todo el equipamiento del cuarto. Unas cuñas de madera puestas en una pared servían para dejar la ropa cuando no la utilizara.

—Acomódese y luego baje a estar conmigo para comentar como será su estancia en este lugar —dijo el Abad.

Bernard asintió con la cabeza agradeciendo la acogida que le daban. Por unos momentos creyó que no podría estar allí y menos separado de Marie, pero cuando pensó en la seguridad de su esposa aceptó lo que el destino le había proporcionado.

Dejó uno de los baúles en el suelo junto a la pared en la que se encontraba la ventana y sacó de él algunas ropas que colgó en las cuñas que había en la pared para que no estuvieran arrugadas. Extendió sobre la silla algunos pergaminos que llevaba; y con las tallas que tenía en la alforja decoró como pudo la habitación. De todas formas, necesitaba una mesa y algún utensilio más que le pediría al Abad, si no se lo proporcionaban, solicitaría permiso para construirlos él y poder hacer un poco más acogedor aquel lugar.

Cuando tuvo en orden todas sus cosas, buscó al Abad para hablar con él y conocer cuál era la labor que tenía que hacer en aquel lugar mientras esperaba que llegara la fecha en la que saldría de allí para recoger a su esposa. Louis, que era el nombre del Abad, era un hombre de mediana edad, de complexión enfermiza o al menos eso era lo que a Bernard le pareció al verle tan escuálido. El cinturón de cuero que rodeaba su hábito estaba muy gastado, Bernard pensó que lo llevaría puesto desde que ingresó en la Orden. Su poblada y canosa barba le daba un aspecto muy venerable y respetable.

—El padre Eustaquio me ha explicado su situación, creo que usted es un hombre de Dios y como aquí no entendemos de política, le acogeremos mientras se sienta perseguido y lo necesite.

—Gracias —dijo Bernard —procuraré no ser una molestia durante el tiempo que pase en este lugar.

—Las normas del monasterio son muy rígidas y austeras, nos levantamos antes de que amanezca y después de una larga jornada de trabajo descansamos. Usted estará exento, si lo desea, de seguir la vida que hacemos los miembros de esta congregación.

—Si voy a vivir con ustedes, desearía hacer lo mismo que ustedes hacen, no quiero que tengan ningún privilegio conmigo. Creo que de esa manera seré aceptado antes por la comunidad y me integraré en ella con más comprensión por los monjes que aquí se encuentran.