almeida – 20 de julio de 2016.

En todos los caminos, surgen esos lugares que primero se van haciendo especiales y luego resultan entrañables y muchas veces los peregrinos van haciendo la planificación de su camino en función de donde se encuentran esos lugares que no desean pasarlos por alto.

            Cuando planifiqué el camino Primitivo, no había mucho donde elegir ya que las infraestructuras para los peregrinos eran más bien escasas y tratábamos de acondicionar las etapas dependiendo de los albergues que había y en alguna ocasión como la etapa después de Lugo, no había ni esa opción ya que hasta la unión con el Camino Francés no contábamos con ningún albergue de peregrinos.

            La segunda etapa de este camino, me resultó excesivamente larga y complicada. Había salido del Escamplero y quería llegar hasta Salas, pero el albergue que había en esta población era muy pequeño y no iba a poder acoger a todos los peregrinos que llegábamos ese día.

            Como me temía, cuando llegué a Salas, las pequeñas dependencias que en otro tiempo eran los calabozos de la policía local, las seis literas que se habían instalado para los peregrinos en aquel cuarto húmedo, se encontraban ocupadas por lo que la única opción que tenía, era acomodarme lo mejor posible sobre la humedad del frío suelo.

            Mientras esperaba que llegara la hora de acostarnos, fui con otros peregrinos a la plaza del pueblo y nos sentamos en la terraza de un bar para tomar un café y de paso comentar las vicisitudes que cada uno habíamos tenido en esa jornada.

            En la mesa de al lado había dos jóvenes que al identificarnos como peregrinos, nos dijeron que también ellos lo eran aunque ahora no estaban haciendo el camino e intercambiamos algunas palabras sobre este sendero que nos tiene embrujados a todos los que un día ponemos un pie sobre él.

            Alejandro, uno de los jóvenes con los que conversábamos, al enterarse que yo tenía que dormir sobre el suelo, me dijo que en su casa había varias habitaciones libres y me ofrecía una de ellas para que pudiera descansar en condiciones, pero siempre que he ido al camino, me ha gustado dormir en los albergues a pesar de las condiciones que éstos puedan tener y rechacé su ofrecimiento explicándole mi forma de hacer el camino. Creo que él lo comprendió, porque no insistió más y antes de despedirnos, me dijo que al día siguiente, cuando llegara al primer pueblo me fijara en una casita amarilla que había junto al camino y que él había adquirido para instalar un albergue de peregrinos en donde pensaba establecerse y dar acogida a quienes pasaran por allí.

            Cuando pasé por ese lugar vi la casita un tanto destartalada y pensé que sería un buen sitio para que los peregrinos se recuperaran después de la fuerte subida que habían tenido que afrontar, pero sobre todo, pensé en el inmenso trabajo que había que hacer allí para que ese sitio fuera un lugar acogedor para los peregrinos.

            De este camino, pernoctar en la antigua cárcel en las condiciones que lo tuve que hacer, fue uno de los recuerdos que me quedó y los demás, puedo afirmar que se convirtieron casi en secundarios.

            Con el paso de los años, a través de los foros de Internet fui leyendo comentarios muy buenos que hacían los peregrinos sobre el nuevo albergue que se había instalado en Bodenaya y los comentaros aún mejores que se hacían de Alex, su hospitalero.

            Fue entonces cuando esos recuerdos secundarios de mi camino volvieron a mi mente y relacioné a Bodenaya con la casita que había visto junto al camino y a Alex con Alejandro, el joven que en Salas me ofreció su hospitalidad y yo la rechacé.

            Coincidí posteriormente con Alex en el camino de Madrid, siempre suelo decir en las despedidas que el camino tarde o temprano acabará haciendo que nos volvamos a encontrar y después de ese reencuentro, he tenido la fortuna de visitar varias veces Bodenaya, incluso he estado algunos días como hospitalero.

            Creo que en ese camino que conduce a las tierras gallegas a través de la costa y por el interior de Asturias, hay dos lugares que encierran es magia que los hospitaleros han sabido mantener con la esencia de esa antigua acogida que se encontraban los peregrinos y Bodenaya es uno de esos lugares.

            A veces, el bueno de Alex suele bromear diciendo que fui el primer peregrino al que ofreció su hospitalidad y también he sido el único que se la ha rechazado.

            He pensado muchas veces en esa decisión, pero cada vez estoy más convencido que no ocurrió por casualidad, fue el camino el que determinó que esto fuera así. Ahora cada vez que voy a Bodenaya sé valorar en toda su amplitud lo que significa la palabra hospitalidad, porque allí se respira ese ambiente y esa sensación que el peregrino esta deseando encontrar en el camino ya que ha leído muchas cosas

 

 

 

 

 

 

Rechacé su hospitalidad

            En todos los caminos, surgen esos lugares que primero se van haciendo especiales y luego resultan entrañables y muchas veces los peregrinos van haciendo la planificación de su camino en función de donde se encuentran esos lugares que no desean pasarlos por alto.

            Cuando planifiqué el camino Primitivo, no había mucho donde elegir ya que las infraestructuras para los peregrinos eran más bien escasas y tratábamos de acondicionar las etapas dependiendo de los albergues que había y en alguna ocasión como la etapa después de Lugo, no había ni esa opción ya que hasta la unión con el Camino Francés no contábamos con ningún albergue de peregrinos.

            La segunda etapa de este camino, me resultó excesivamente larga y complicada. Había salido del Escamplero y quería llegar hasta Salas, pero el albergue que había en esta población era muy pequeño y no iba a poder acoger a todos los peregrinos que llegábamos ese día.

            Como me temía, cuando llegué a Salas, las pequeñas dependencias que en otro tiempo eran los calabozos de la policía local, las seis literas que se habían instalado para los peregrinos en aquel cuarto húmedo, se encontraban ocupadas por lo que la única opción que tenía, era acomodarme lo mejor posible sobre la humedad del frío suelo.

            Mientras esperaba que llegara la hora de acostarnos, fui con otros peregrinos a la plaza del pueblo y nos sentamos en la terraza de un bar para tomar un café y de paso comentar las vicisitudes que cada uno habíamos tenido en esa jornada.

            En la mesa de al lado había dos jóvenes que al identificarnos como peregrinos, nos dijeron que también ellos lo eran aunque ahora no estaban haciendo el camino e intercambiamos algunas palabras sobre este sendero que nos tiene embrujados a todos los que un día ponemos un pie sobre el.

            Alejandro, uno de los jóvenes con los que conversábamos, al enterarse que yo tenía que dormir sobre el suelo, me dijo que en su casa había varias habitaciones libres y me ofrecía una de ellas para que pudiera descansar en condiciones, pero siempre que he ido al camino, me ha gustado dormir en los albergues a pesar de las condiciones que estos puedan tener y rechacé su ofrecimiento explicándole mi forma de hacer el camino. Creo que él lo comprendió, porque no insistió más y antes de despedirnos, me dijo que al día siguiente, cuando llegara al primer pueblo me fijara en una casita amarilla que había junto al camino y que él había adquirido para instalar un albergue de peregrinos en donde pensaba establecerse y dar acogida a quienes pasaran por allí.

            Cuando pase por ese lugar vi la casita un tanto destartalada y pensé que sería un buen sitio para que los peregrinos se recuperaran después de la fuerte subida que habían tenido que afrontar, pero sobre todo, pensé en el inmenso trabajo que había que hacer allí para que ese sitio fuera un lugar acogedor para los peregrinos.

            De este camino, pernoctar en la antigua cárcel en las condiciones que lo tuve que hacer, fue uno de los recuerdos que me quedó y los demás, puedo afirmar que se convirtieron casi en secundarios.

            Con el paso de los años, a través de los foros de Internet fui leyendo comentarios muy buenos que hacían los peregrinos sobre el nuevo albergue que se había instalado en Bodenaya y los comentaros aun mejores que se hacían de Alex, su hospitalero.

            Fue entonces cuando esos recuerdos secundarios de mi camino volvieron a mi mente y relacioné a Bodenaya con la casita que había visto junto al camino y a Alex con Alejandro, el joven que en Salas me ofreció su hospitalidad y yo la rechacé.

            Coincidí posteriormente con Alex en el camino de Madrid, siempre suelo decir en las despedidas que el camino tarde o temprano acabará haciendo que nos volvamos a encontrar y después de ese reencuentro, he tenido la fortuna de visitar varias veces Bodenaya, incluso he estado algunos días como hospitalero.

            Creo que en ese camino que conduce a las tierras gallegas a través de la costa y por el interior de Asturias, hay dos lugares que encierran es magia que los hospitaleros han sabido mautener con la esencia de esa antigua acogida que se encontraban los peregrinos y Bodenaya es uno de esos lugares.

            A veces, el bueno de Alex suele bromear diciendo que fui el primer peregrino al que ofreció su hospitalidad y también he sido el único que se la ha rechazado.

            He pensado muchas veces en esa decisión, pero cada vez estoy más convencido que no ocurrió por casualidad, fue el camino el que determinó que esto fuera así. Ahora cada vez que voy a Bodenaya se valorar en toda su amplitud lo que significa la palabra hospitalidad, porque allí se respira ese ambiente y esa sensación que el peregrinos está deseando encontrar en el camino ya que ha leído muchas cosas sobre ella y desgraciadamente se está perdiendo en la mayoría de los lugares que te ofrecen acogida cuando te encuentras en el camino.