almeida – 29 de julio de 2014.

Algunos días, cuando terminábamos de hacer la limpieza, el Maestro solía desaparecer, en ocasiones estábamos sin verle casi una hora. Yo sabía donde se encontraba ya que en una ocasión vi como accedía al interior de la pequeña capilla, supuse que era su momento de reflexión diario y que mejor que hacerlo en aquel lugar en el que por la energía que desprendía se respiraba una paz diferente a la que había en cualquier otro lugar de Santuario.

Un día, alguien llegó preguntando por el Maestro, necesitaba estar con él y subí a la capilla a decírselo. Al abrir la puerta, le vi sentado en el suelo con los ojos cerrados y en una de sus manos sujetaba una nota en la que los peregrinos dejan escritos sus deseos para que fuera leída por quiénes venían haciendo el Camino detrás de ellos.

Le vi un tanto compungido, se encontraba muy triste y me dio la sensación que había estado llorando, al menos su semblante y sus ojos vidriosos así lo delataban.

Cuando le dije que le estaban esperando, dejó de nuevo la nota junto a las demás y la guardó en la pequeña urna en la que estaban todos los deseos, después de dejar todo en condiciones, descendió detrás de mí a la puerta de Santuario donde la persona que había llegado le estaba esperando.

Supongo que se dio cuenta que me sentía intrigado por haberle visto en aquella situación en la que se encontraba, porque estuve varias horas meditando sobre lo que podía estar leyendo para que le hubiera afectado de la forma en la que le encontré.

Como no se le escapaba nada de lo que allí ocurría, él también se percató de lo que me estaba pasando, cuando cesaron de llegar los peregrinos y me encontraba sentado en uno de los bancos del jardín, se acercó hasta donde yo me encontraba.

Me dijo, que entre los deseos que dejan los peregrinos, hay algunos que son intranscendentes y los va dejando en la urna durante los veinte días que tienen que transcurrir desde que el peregrino los ha depositado hasta que llega a Santiago, entonces, cada cierto tiempo, retira los que ya han cumplido esta fecha y en un acto de purificación que para él es muy solemne, los destruye quemándolos en un recipiente de arcilla.

Pero siempre hay unos deseos que son muy especiales para él, bien por lo que contiene el mensaje que allí se ha dejado o porque lo han escrito personas con las que tuvo una relación más intima, pues cuando estuvieron en Santuario, además de dejar por escrito su motivación para estar en el Camino, le comentaron personalmente esas razones especiales y compartió con ellos algunas palabras de esperanza que le salían del corazón y que en esos momentos podía proporcionarles.

Estos deseos los conserva durante más tiempo, unas veces porque son verdaderas lecciones para quienes los leen o los escuchan y en otras ocasiones, porque no quiere suprimirlos hasta saber si el deseo que les llevó a hacer el Camino se había cumplido.

De vez en cuando, le gustaba leer y releer estos deseos y recordar a las personas que los habían dejado ya que se acordaba de la mayoría. Cuando he entrado para avisarle, estaba leyendo uno de los deseos más especiales que recordaba haber leído nunca desde que se encontraba en Santuario.

En una ocasión llegó hasta Santuario una peregrina de esas que el Maestro considera que son especiales, con las que enseguida llega a intimar ya que su instinto le dice que tienen muchas cosas en común y este pocas veces suele fallarle.

La peregrina estaba haciendo el Camino por una intima amiga suya que se llamaba Sofía, había perdido toda la ilusión que la mantenía viva, pensaba que cualquier día dejaría de existir ya que era lo que ella deseaba y cuando alguien pierde el apego por la vida, más pronto o más tarde, acaba por escaparse el último hilo que la mantiene con vida.

Sofía era una joven que había nacido con una deficiencia mental y a pesar de la alegría que tenía, pronto se vio relegada por ser diferente. Las jóvenes de su edad se burlaban de su minusvalía y dejaron de salir con ella, por lo que se vio relegada a un muy reducido número de personas con las cuales podía compartir alguna cosa, entre estas estaba la peregrina que había llegado a Santuario, que siempre vio las cosas buenas que Sofía tenía y disfrutaba con ellas, por lo que se hicieron muy buenas amigas.

Prácticamente la peregrina era el único escape que Sofía tenía con el mundo exterior, siempre estaba buscándola para ir juntas a todos los sitios, pues llegó un momento de tanta dependencia, que no sabía hacer nada si su amiga no se encontraba con ella.

Pero la amiga conoció a un joven que se convirtió en su prioridad en los momentos que tenía libres, las horas que antes dedicaba a Sofía fueron para ese amor que estaba comenzando a nacer entre los dos y poco a poco se fue alejando de Sofía.

Esta, al sentirse otra vez relegada, se fue encerrando en sí misma, comenzó a ser muy reservada y hasta huraña y apenas salía de casa, cuando lo hacía, solo encontraba compañía en los desechos de la sociedad, que como ella, habían sido relegados por sus semejantes.

Durante algunos días estuvo merodeando por una zona marginal de la ciudad, conoció a un drogadicto que, como ella, era un despojo social más, quizá eso fue lo que los unió e hizo que se entendieran y durante algún tiempo se fueron apoyando el uno en el otro, hasta que el drogadicto, un buen día, desapareció de repente y no se volvió a saber nada más de él.

Pero Sofía, que no había sido adoctrinada en la mayoría de las precauciones que otras jóvenes de su edad suelen recibir de sus madres, se quedó embarazada del drogadicto y tuvo de él una preciosa niña que nuevamente le devolvió esa vitalidad que antes tenía.

Ahora se la veía feliz con su niña, a la que dedicaba todo su tiempo y era ese impulso que tanto necesitaba para seguir adelante. Era tan feliz, que ya no le importaba que nadie estuviera con ella, porque tenía a su pequeña que la necesitaba constantemente.

Su amiga la peregrina, en ese tiempo se casó, había tenido un niño y de nuevo la mayoría de las horas que disponía libres a lo largo del día se las volvió a dedicar a Sofía. Recobraron esa amistad que un día tuvieron y que nunca se debió perder.

Sus hijos fueron creciendo y también la amistad de las dos fue creciendo cada vez más, de nuevo volvían a ser inseparables y la peregrina se fue dando cuenta de toda la valía que se encerraba en aquella persona que cuando nació fue uno de esos renglones torcidos de Dios.

Cuando ya no esperaba nada más de la vida ya que le había proporcionado todo cuanto ella podía necesitar, su hija repentinamente se murió. Aquello supuso un fuerte golpe para Sofía, que de nuevo volvió a caer en el pozo de la soledad y de la amargura y ya no había nada que pudiera darle ánimo o consuelo.

De un golpe se había escapado toda la energía que la mantenía con vida, ahora solo deseaba morir para ir con su pequeña, que seguro que todavía la necesitaba y la estaba esperando porque debía encontrarse muy sola sin ella.

La peregrina no sabía que podía hacer, deseaba tanto consolar a su amiga, que pensó en muchas ocasiones como podría ayudarla.

Escuchó a un amigo decir que el Camino es el lugar en el que el ser humano puede llegar a descubrirse y, sobre todo, a saber cómo debe afrontar determinados problemas y no se lo pensó, por su amiga haría ese Camino, para ver si descubría la forma en la que podría devolverle esa energía que tanto necesitaba para vivir.

Por eso, de vez en cuando, el Maestro cogía aquella nota y leía el deseo que dejó la peregrina, pensaba si por fin habría encontrado esa respuesta o la forma en la que pudiera ayudar a su amiga. Estaba seguro que un día, cuando la releyera, sabría si lo había conseguido y deseaba tanto que llegara ese día para poder retirar por fin aquel deseo de la urna en la que se encontraba guardado.