almeida – 29 de abril de 2014.

Todas las mañanas, mientras me encontraba haciendo la limpieza en Santuario, me gustaba asomarme a la ventana o bajaba hasta la puerta donde sobre una piedra grande que había a modo de asiento, me sentaba a fumar un cigarrillo.

A esas horas solían pasar por la puerta algunos peregrinos, que daba la impresión que iban ciegos, en busca del bar que se anunciaba con un cartel en el Camino.

Eran aquellos que habían salido del pueblo anterior y, como habían comenzado a caminar a las seis de la mañana, se encontraron todo cerrado y no pudieron tomar ese café o esa infusión, que para la mayoría era el reconstituyente que necesitaban cada mañana, para afrontar en condiciones la nueva etapa.

La mayoría se percataba de mi presencia o la de los peregrinos que se disponían a salir en esos momentos y nos dedicaban un saludo de cortesía; otros en cambio, miraban o pasaban sin decirnos nada, y al cabo de unos minutos observábamos como desandaban lo andado sin dignarse a desperdiciar un saludo.

A los primeros les preguntábamos si buscaban el bar, y cuando les decíamos que estaba cerrado, observábamos como la desolación se reflejaba en sus rostros, pero inmediatamente les devolvíamos la alegría cuando les invitábamos a que entraran y desayunaran lo que desearan.

En la mesa, después que habían desayunado los peregrinos que estaban en Santuario, recogíamos en un extremo de la mesa dos termos grandes con café, uno con leche, uno con agua caliente, pan, galletas, mantequilla y mermelada; todo un manjar para aquellos que llevaban casi una hora caminando y soñando con un café con leche o una infusión.

Esa mañana vi como se acercaba un peregrino, debía rondar los setenta años, a pesar de su avanzada edad, caminaba con agilidad. Al verme sonrió y me dijo:

—Buenos días, ¿por aquí se va al bar?

—Sí —le dije —está cruzando la carretera.

—Gracias —me respondió.

—Pero todavía no lo han abierto —maticé.

Vi como la sonrisa se iba apagando y en su cara se manifestaba el desánimo y la desesperación por no encontrar nada abierto.

—Podría al menos darme un vaso de agua —me dijo.

—Claro —respondí —y si quiere desayunar, también puede hacerlo, entre, siéntese y tome lo que le apetezca de lo que hay sobre la mesa.

—Solo quiero agua, es para tragar las pastillas que tengo que tomarme cada mañana. Con las prisas no he llenado la botella de agua y soy incapaz de ingerirlas sin líquido, se me quedan pegadas en la garganta.

—Pues pase y tome lo que necesite o lo que desee —insistí.

—Gracias de nuevo —dijo él —al no encontrar ninguna fuente, pensaba que si no aparecía nada abierto nada, me veía ordeñando a la primera oveja o vaca que me encontrara por el camino.

Al ver la mesa con el abundante desayuno, los jugos gástricos comenzaron a hacer su efecto. Aquel desayuno que había sobre la mesa, resultaba una bendición para comenzar el día y no podía rechazar lo que amablemente le ofrecían.

Me interesé porque todo estuviera a su gusto y cuando vi que además del café con leche, impregnaba en una rebanada de pan margarina y mermelada, le dejé solo para que desayunara tranquilamente y me fui hasta la cocina para recoger alguna cosa sin importancia que los peregrinos habían dejado sobre la mesa.

Cuando pasaron diez minutos, vi como el peregrino se acercaba a la cocina y me preguntó.

—¿Cuánto le debo?

—Nada, le dije, esta casa es de los peregrinos y lo que hay aquí es para ellos.

—Pero, de verdad que no me va a cobrar nada, he desayunado muy bien, comiendo de todo lo que había sobre la mesa y me he servido un nuevo café con leche ya que el primero me ha sabido a gloria.

—Pues para eso estamos aquí, para que los peregrinos se encuentren a gusto y puedan seguir su camino sin el menor contratiempo.

Observé como quería decirme algo, pero un nudo de emoción se había instalado en esos momentos en su garganta. Al verse imposibilitado a gesticular cualquier palabra, sus ojos comenzaron a humedecerse. Le veía tan emocionado, que no pude contenerme y me acerque hasta él dándole un sentido abrazo.

—No se preocupe, deje que salgan las emociones, que eso es muy bueno y sano —le dije.

El buen hombre rompió a llorar y tuve que ayudarle a sentarse en una silla para que no se desmoronara. Cuando se recuperó al cabo de unos minutos, mirándome fijamente a los ojos dijo.

—Gracias por hacerme creer de nuevo en el ser humano.

Aquel día terminé de hacer la limpieza más alegre que de costumbre, había recibido nada más comenzar el día el mejor de los regalos y ese día me sentí feliz como hospitalero por hacer bien la tarea a la que estaba dedicando mi tiempo libre.