almeida – 29 de abril de 2014.

En una ocasión, el Maestro me habló de unos peregrinos que le resultaban muy entrañables, todos lo eran, pero siempre había alguien especial que permanecía más tiempo en su recuerdo.

Se trataba de un matrimonio francés, los dos rondaban los setenta años, a pesar de su edad, se encontraban en buena forma física y su ánimo era contagioso para los peregrinos más jóvenes ya que cuando se encontraban en Santuario, sabían como elevar el espíritu de todos los que se encontraban a su alrededor.

Fieles a la cita, todos los años pasaban por Santuario hacia el diez de mayo, ese era el mes que dedicaban al Camino y, por lo que un día le manifestaron al Maestro, todos los años se pasaban once meses soñando con ese mes tan anhelado.

Cuando tuvieron la suficiente confianza con el Maestro, Jacques le pidió participar en la oración que hacían todas las noches en la pequeña capilla.

Dominaba a la perfección, además del idioma materno, el castellano y también se hacía entender en inglés, por lo que le resultaba muy fácil llegar a todos los que se encontraban allí.

El Maestro estaba entusiasmado con esta ayuda ya que todo lo que Jacques decía era muy profundo y aprendía muchas cosas cada vez que escuchaba al veterano peregrino.

Como hacía siempre, desayunaba con ellos cada vez que se encontraban en Santuario y, en esa ocasión, en lugar de despedirles a la puerta del albergue, les acompañó unos centenares de metros hasta la salida del pueblo y les despidió con un fuerte y afectuoso abrazo deseándoles buen camino y esperando verles al año siguiente.

Cuando el Maestro se encontraba haciendo la limpieza de Santuario, estaba ya a punto de finalizar, un vecino del pueblo se acercó y le dio la noticia.

—¡Ha muerto una peregrina a diez kilómetros de aquí!

Al Maestro, le dio un vuelco el corazón pensando quién sería la desafortunada que había encontrado su destino en el Camino, lo lamentaría por cualquiera, pero si era alguna de las que él había acogido, sería aún mayor su pena.

Miró la relación de peregrinos que se habían registrado el día anterior para cerciorarse que las recordaba a casi todas, comprobó que eran siete. ¿Quién podía ser la desdichada a la que le hubiera llegado su fin?

—¿No sabes el nombre o cómo era? —preguntó el Maestro.

—Parece ser, por lo que dicen, que era una extranjera, una francesa de avanzada edad.

—¿Y donde se encuentra? —Insistió el Maestro —¿Puedo ir a verla?

—Cuando yo salía —dijo el vecino —un coche fúnebre estaba recogiendo el cadáver, ya había pasado el juez y se la llevaban a un tanatorio de la ciudad.

El Maestro pensó enseguida en la mujer de Jacques, se les veía tan animados esta mañana que nadie se podía imaginar que ocurriera un desenlace como aquel.

Las noticias se iban sucediendo según llegaban nuevas personas, a veces la información era contradictoria, pero varias personas mencionaron el nombre de Jacqueline.

No cabía la menor duda, era la mujer de Jacques, con quien había estado unas horas antes desayunando y dándoles un abrazo con el deseo del mejor de los caminos.

El Maestro pensó acercarse a la ciudad para consolar a Jacques y acompañarle en aquellos momentos tan difíciles, pero no sabía en cual de los quince tanatorios se encontraba y se acercaba la hora en la que los peregrinos iban a comenzar a llegar.

El Maestro pasó un día muy triste y lamentaba no haber podido acompañar a su amigo. Esa era la costumbre de Santuario cuando algún peregrino enfermaba allí y tenía que ser hospitalizado, siempre había una persona que le acompañaba y todos los días se desplazaba hasta la ciudad para visitarlo hasta que se hubiera recuperado.

Ese mes fue uno de los más difíciles para el Maestro, se le veía ausente y se relacionaba menos que de costumbre con los peregrinos, también algo se había muerto en su corazón.

Fueron pasando los meses y muchos días se acordaba de sus amigos a los que ya no vería más en su cita del diez de mayo.

Pero estaba equivocado, al año siguiente, el diez de mayo apareció por la puerta de Santuario Jacques. Trataba de ser el mismo de siempre, pero el maestro observó que había cambiado, estaba más envejecido y ya no animaba tanto a los peregrinos como lo hacía antes.

El Maestro le expresó sus más sentidas condolencias y le dijo que le habría gustado acompañarle en aquellos difíciles momentos, pero no sabía dónde podía buscarles. También le comentó que no esperaba volver a verle por allí, por eso se sentía feliz de verle nuevamente.

Hablaron durante toda la tarde, Jacques le confesó al Maestro que no podía seguir viviendo si no sentía las sensaciones que le producía el Camino, además, ahora lo hacía por Jacqueline.

Se había dado cuenta que no se encontraba caminando solo, desde el mismo momento que ponía sus pies en el Camino sentía su presencia. Cada paso que daba, ella se encontraba a su lado y permanentemente hablaba con ella, sabía que estaba escuchando todo lo que decía y cada vez que llegaba a un lugar que era especial para los dos, aprovechaba para decirle todo aquello que no le había dicho mientras estuvieron juntos.

Cuando llegó el momento de compartir con los peregrinos las sensaciones que habían tenido esa jornada, el Maestro dejó que fuera Jacques quien dirigiera la oración. Les habló de la persona que estaba allí con todos y aunque no pudieran verla, si se esforzaban, podían llegar a sentirla.

Algunos que no sabían de qué estaba hablando el anciano, pensaban que deliraba, otros en cambio captaron lo que Jacques trataba de transmitirles, aunque desconocieran en lo qué estaba pensando.

Esa noche se fue tarde a dormir, se quedó en la cocina con el Maestro tomando un café, mientras hablaban del futuro y del Camino, que sabe como mostrarnos, en ocasiones, aquellas cosas que los ojos no consiguen ver.

A la mañana siguiente se despidieron dándose los mayores deseos y esperando verse de nuevo al año siguiente. En esta ocasión el Maestro no quiso acompañarle hasta el Camino. Eran muchos recuerdos que no deseaba volver a revivir.

Al año siguiente pasó el diez de mayo, el once, el doce y todo el mes de mayo y Jacques no pasó, como era su costumbre, por Santuario. El Maestro se imaginó lo peor y el paso de los años ratificó lo que él se temía, Jacques había dejado este camino para recorrer otro superior por el que solo caminan algunos elegidos.

Cinco años después, una mujer de mediana edad se asomó a la puerta de Santuario y preguntó por el Maestro, éste trató de reconocerla, pero no le sonaba su cara, era completamente desconocida.

Se trataba de Ángela, la hija de Jacques y de Jacqueline, había tomado la mochila de su madre y con las notas que fue rescatando de los recuerdos que Jacques hacía sobre sus caminos, estaba realizando el mismo camino que hacían sus padres. Pasaba por los mismos sitios y trataba de comprender que tenía aquel sendero que había embrujado de tal forma a sus padres.

Le comunicó que Jacques, cuando volvió de su último camino cinco años antes, no era el mismo, estaba irreconocible, sufría alucinaciones y decía que su madre se encontraba allí con él, le veían hablar sólo, en ocasiones se reía o lloraba, y fue decayendo de una forma alarmante, hasta que no pudo valerse por sí mimo. Tuvieron que ingresarlo en una residencia, donde era atendido y cuidado por personas especializadas.

—Un día que parecía más lúcido que de costumbre, me hizo prometerle que un día recorrería el mismo camino que hicieron ellos.

Hace tres años que murió y ahora, cumpliendo la promesa que le hice, estoy recorriendo este Camino sin saber muy bien porque lo hago; bueno, quizá porque se lo debo a ellos que me lo han dado todo.

—Lo lamento profundamente —dijo el maestro.

—Él me habló muchas veces de este lugar y de usted. En sus notas hay muy buenos recuerdos de este sitio y también muchas cosas que no logro comprender.

—Seguro que el Camino te proporciona y te hace ver las respuestas que estás buscando —dijo el Maestro —y si prestas atención, es posible que mientras vayas haciendo el Camino, puedas seguir escuchando los buenos consejos que ellos siempre te han dado.