almeida – 21 de Julio de 2015.

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            Hay quien tratando de buscar las palabras que pudieran definir el Camino de Santiago, no ha encontrado las apropiadas y lo ha llegado a considerar como un gran museo que se prolonga a lo largo de ochocientos kilómetros que tiene la ruta.

            Seguramente de esa forma trataba de explicar todo lo que encierra este sendero de peregrinación y describiéndolo de una manera tan general ha creído que podía transmitir todo lo que uno puede llegar a encontrarse en él.

            Pero aun así, se ha quedado corto porque el Camino son muchos museos, nos encontramos el museo del arte que nos vamos viendo a cada paso que damos en esas pequeñas poblaciones cargadas de historia, el museo de la naturaleza con una exuberancia difícil de poder imaginar por los contrastes que presenta, el museo de la flora con toda la variedad de especies desde los Pirineos hasta Fisterra, el de la fauna, el del folklore, de la gastronomía,….. son tantos los cúmulos de arte y belleza que es imposible concentrarlos en uno solo.

            Los peregrinos que dan comienzo a su Camino en las faldas de los Pirineos, desde el primer momento, se ven atrapados por todas estas sensaciones y gran parte de ellos tratan de ir asimilando todo lo que el Camino les tiene reservado y quienes lo consiguen captar comprueban esa magia que se dice que emana del Camino.

            Algunos peregrinos comienzan a caminar con una sobre información de todo lo que se van a encontrar más adelante, saben en cada momento y en cada recodo lo que el Camino les va a mostrar y se rompe esa sorpresa porque se lo han estado imaginando tantas veces que muy pocas es como ellos lo han soñado sino como se lo han contado.

            Cuando Eva comenzó su camino, había escuchado las cosas que se iba a encontrar a cada paso que fuera dando, pero asimiló esta información de una forma muy generalizada, no quería matar la sorpresa a sus sentidos y que fueran éstos los que se deleitaran y se extasiaran con cada cosa nueva que fuera viendo y sintiendo.

            Desde el primer momento fue dejando que todo lo que el Camino había dispuesto para ella fuera penetrando en su interior y disfrutaba de cada una de las maravillas que excitaban todos sus sentidos de una manera diferente a los demás.

            Un sencillo capitel de una pequeña iglesia conseguía trasladarla a ese mundo medieval en el que veía cómo el maestro cantero con cada uno de los golpes de la maza iba haciendo que el punzón cincelara la forma definitiva a las imágenes que permanecerían para siempre en aquella piedra inerte.

            También cuando se acercaba al remanso de un río, se sentaba sobre la hierba y dejaba que sus sentidos fueran percibiéndolo todo, el susurro del agua mientras se desplazaba entre las piedras o el aroma de aquellas flores desconocidas que cuando penetraban en su interior no le eran del todo desconocidas, a pesar de no haberlas visto ni olido anteriormente.

            Curiosamente aquellos parajes que contemplaba por vez primera, cuando trataba de guardar la imagen en su mente, se daba cuenta que debían reemplazar a una anterior porque ya se encontraba allí, pero eran sensaciones a las que Eva no le daba importancia porque había leído cosas del Camino y seguro que en alguna de ellas, la imagen que las representaba era la que ahora estaba viendo.

            Cuando veía una fuente y se encontraba sedienta, se agachaba para beber el agua cristalina que salía del manantial, era un sabor que también le traía lejanos recuerdos, esos que consigue dejar en nuestra mente cuando nos  encontramos muy sedientos.

            Así iba empapándose de todo lo que el Camino le estaba aportando y sentía que muchas de aquellas cosas no eran nuevas para ella porque conservaba lejanos recuerdos en algún lugar muy olvidado de su mente. Eran esas buenas sensaciones que se van sintiendo cada vez que te vas dando cuenta de que todo cuanto te rodea, cada vez te está resultando más hermoso.

            Fueron pasando los días y cada nueva jornada era para ella diferente aunque resultara muy parecida a la anterior porque todo la iba sorprendiendo y a la vez todo la estaba resultando familiar, pero debían ser esas sensaciones que se van teniendo en el Camino.

            Cuando se disponía a afrontar los montes de Oca, únicamente la presencia de su hermana Sara era la que se encontró a lo largo de este trayecto porque no había más peregrinos que ellas dos en los doce kilómetros que debían afrontar.

            Como hacía siempre, Eva iba caminando por delante y de vez en cuando se giraba para ver si su hermana la seguía, pero en esta ocasión se daba la vuelta con más frecuencia que días anteriores.

            No sabía lo que le estaba ocurriendo, pero se sentía incomoda. En cada uno de los árboles que se encuentran a ambos lados del camino creía sentir la presencia de extraños y eso la hizo caminar con una sensación constante de angustia. El hecho de sentirse observada, no solo hizo que ese hermoso tramo no lo disfrutara como su hermana lo estaba haciendo sino que se encontraba muy mal y deseaba llegar cuanto antes a un lugar habitado porque las sensaciones que estaba percibiendo estaban comenzando a angustiarla.

            Cuando, por fin, divisó las construcciones y la cúpula de la iglesia de San Juan de Ortega respiró aliviada y esperó la llegada de Sara para, juntas, adentrarse en este hermoso lugar que un día habitó el santo caminero.

            Veía a Sara tan radiante y feliz que no se atrevió a decirle nada hasta que se encontraron ya en el pequeño bar de la localidad donde compartió con ella todos y cada uno de los temores que había estado sintiendo a cada paso que daba.

            Sara le comentó que habría sido uno de esos malos momentos que se tienen en el Camino porque para ella había resultado uno de los tramos más hermosos que habían recorrido y había estado disfrutando plenamente de todo lo que la naturaleza les estaba ofreciendo.

            Eva no le dio más importancia y aceptó lo que su hermana le decía, pero de su mente no se iban aquellas extrañas sensaciones que había estado sintiendo en todo el recorrido de la zona boscosa.

            Cuando después de la cena en el humilde albergue, el cura que estaba a su cargo les habló de aquel lugar, Eva comenzó a comprenderlo casi todo, porque hay cosas inexplicables que siempre son más difíciles de poder entender hasta que le vas viendo un sentido.

            La zona que acababan de atravesar era un bosque muy denso en la edad media y los peregrinos solían reagruparse en el pueblo anterior para atravesarlo en grupos grandes y organizados porque era una zona que utilizaban los maleantes y salteadores de caminos para abordar a los peregrinos y despojarles de todo cuanto llevaban, incluso de sus vidas.

            Solamente cuando San Juan de Ortega se estableció en aquel lugar desbrozando los montes y abriendo caminos, comenzó a ser una zona más segura para los peregrinos que ya atravesaban aquellos lugares con más garantías que los que les habían precedido, porque el santo se encargó que se persiguiera a los malhechores asegurando la integridad de los caminantes.

            Según escuchaba las palabras del viejo cura, Eva sentía como se le iba encogiendo el alma. Las palabras de aquel buen hombre hicieron en ella un efecto que al principio la preocupó, comenzaban a formarse en su imaginación situaciones a las que ella no quería darles cabida, deseaba que se fueran de su mente porque estaban llegando a resultarla descabelladas y no quiso comentarlas con nadie para que no la tomaran por una de esas alucinadas que de vez en cuando deambulan por los caminos.

            Desde que escuchó aquellas palabras, permaneció en silencio, parecía que se había recluido en su interior y mantenía una dura batalla entre sus pensamientos y sus sentimientos, pero eran suyos y estaba convencida de cómo podía afrontarlos.

            En la litera, apenas podía conciliar el sueño y daba vueltas constantemente hasta que el cansancio, el esfuerzo que había realizado y todas las sensaciones que había sentido hicieron que cayera profundamente dormida.

            Fue una noche en la que los sueños se fueron escapando libremente de su mente, a veces parecían pesadillas y otras solamente eran situaciones que había vivido ese día y otras que ya estaban casi olvidadas, pero ahora volvían con más fuerza que lo habían hecho anteriormente.

            Se iban mezclando las imágenes que había vivido esa jornada con otras mucho más antiguas en las que Eva se veía como esa peregrina medieval que iba recorriendo el camino y cada uno de esos vagos recuerdos se hacía ahora más visible y real que nunca antes lo había sido.

            Fueron muchas las ocasiones en las que se despertó sobresaltada, sobre todo cuando atravesando aquellos montes sentía como todos aquellos ojos que en la espesura la observaban, se convertían en fieros salteadores que la abordaban a su paso y la impedían seguir avanzando a pesar que era lo que pretendía corriendo de un lado para otro tratando de verse libre de aquellos malhechores.

            Resultó una noche muy angustiosa en la que apenas descanso nada porque a la mañana siguiente se encontraba con todos los músculos de su cuerpo doloridos como si hubiera mantenido forcejeos constantemente.

            Durante toda la jornada siguiente fue tratando de interpretar lo que recordaba de aquellos horribles sueños y por más que lo intentaba no conseguía encontrar ninguna explicación, pero estaba convencida que si la había, el camino se la proporcionaría, porque es tan sabio que siempre nos hace ver todos las respuestas.

            Las siguientes jornadas, Eva fue teniendo las mismas sensaciones que había experimentado antes de llegar al Monasterio de San Juan de Ortega. Iba empapándose y enriqueciéndose de todo lo que el Camino la estaba aportando, aunque no podía alejar de su mente aquellos sueños que había tenido durante la noche que pasó en aquel lugar.

            Cuando se encontraban dejando las tierras castellanas, llegaron a un lugar nuevo que ahora lo veía como un reencuentro, era ese sitio en el que no había estado nunca antes pero que sabía todo lo que había allí porque se encontraba tal y como ella lo recordaba a pesar de no haberlo visto antes.

            Entonces fue cuando se dio cuenta de lo que tanto la angustiaba. Todas las situaciones nuevas que estaba viviendo ya las había vivido antes como peregrina había sido en otra época muy lejana y ahora reencarnada como una nueva peregrina las estaba volviendo a ver.

            Parecía una locura, pero fue una sensación que cada vez resultaba para Eva mucho más real porque cada cosa que veía ahora lo hacía en dos planos diferentes del tiempo, por un lado la observaba como esa novedad que se presenta a nuestros sentidos y por otro lado la contemplaba a través del vago recuerdo que se conservaba en su mente.

            Cuando vio claro lo que estaba ocurriendo dejó de sentir aquella angustia que la embargaba y comenzó a sentirse feliz por ser una de esas elegidas que saben que parte de la energía que un día fueron dejando en el camino se juntará con la que va dejando ahora y por eso, este camino siempre podrá considerarlo como algo suyo.