almeida – 19 de mayo de 2014.

Siempre he asegurado que las cosas más valiosas que tenemos, son aquellas que no tienen precio, porque es imposible poder poner precio a una sonrisa, a un gesto amable o a un abrazo. Cuando estas cosas se dan con el corazón no hay nada en el mundo que pueda pagarlas.

Cuando los peregrinos llegan al albergue, no se escatiman los medios materiales para que se encuentren cómodos. Aunque presumimos de ser un albergue austero, porque todo lo que conlleva mantener unas instalaciones dignas y ofrecer a los peregrinos lo necesario para recuperar las energías que han ido dejando durante su camino, en ocasiones hay que echar mano de la imaginación para que esto sea posible.

Pero en el albergue, hemos descubierto un regalo que los peregrinos agradecen de una manera especial y como casi todas las cosas valiosas, tampoco tiene precio.

Después de la cena comunitaria que hacemos con los peregrinos, siempre es muy importante la tertulia que a veces prolonga la cena. Aunque los peregrinos que se encuentran sean de diferentes lugares en los que se hablan distintas lenguas, eso no representa ningún obstáculo para que en muchas ocasiones la conversación sea fluida y sobre todo muy amena.

Cuando los temas de conversación se van agotando o no se producen diálogos vivos, después de las nueve y media de la noche, los días que hay algunas nubes en el cielo, invitamos a los peregrinos a dar un paseo de unos doscientos metros y llegamos hasta la parte más alta del pueblo donde nada impide ver la inmensidad del horizonte.

Son esos momentos en los que el sol se va escondiendo y los reflejos que hace en las nubes van desparramando a través de ellas todos los tonos que se encuentran en la amplia paleta del arco iris y cuando por fin la esfera de fuego ha rebasado por completo la línea del horizonte, todo el firmamento va adquiriendo unos tonos que en ocasiones llegan a estremecer, sobre todo cuando las nubes se tiñen de un intenso rojo que enciende cuanto estamos presenciando.

Esa visión hace que los peregrinos se vayan a descansar con esa espectacular e impresionante imagen que se va a quedar en su retina durante mucho tiempo.

Pero las sorpresas  no acaban aquí. Por la mañana, mientras se encuentran desayunando vuelve a producirse el mismo fenómeno, en esta ocasión por el lado contrario al que vieron ocultarse el sol. El horizonte del este va dando paso a ese nuevo espectáculo que supone cada amanecer y de nuevo el firmamento se vuelve a teñir con unos tonos ocres, naranjas y de un rojo tan intenso que da la sensación que de un momento a otro, todo va a estallar en mil pedazos.

La inmensidad de lo que han presenciado, hace que carguen con fuerza la energía necesaria para afrontar el nuevo día, es como si se recargaran con esos regalos que frecuentemente nos ofrece la naturaleza y con frecuencia para la mayoría pasan inadvertidos, son algo que no tiene precio.