almeida – 6 de Julio de 2015.

            Resulta siempre grata la visita de los buenos amigos, sobre todo cuando te encuentras lejos de ellos y hace mucho tiempo que no los ves. Aunque te hayas acostumbrado a la monotonía de la soledad y la tranquilidad, romperla de vez en cuando puede llegar incluso a representar una buena terapia.

            Después de más de medio año alejado de la gente con la que antes compartía muchas horas de la semana, un día recibí la visita de mi amigo Rafa. Seguramente era uno de los más escépticos sobre la forma en la que había enfocado mi vida dedicándola a dar acogida a los peregrinos y compartiendo con ellos un poco más que unas horas de camino, pero a pesar de todo, era la segunda vez que me hacía una visita a un albergue diferente y no solo había conseguido que los días que pasaba conmigo durmiera en una litera, también estaba comprobando que comenzaba a comprender lo que me encontraba haciendo.

            Los días que Rafa pasó en el albergue fueron especiales porque nos encontrábamos en plena campaña micológica y a él le encantaba coger setas por lo que buena parte de los días que estuvimos juntos, los dedicamos a recorrer varios lugares de las cercanías en los que abundaban los boletus edulis y los níscalos y también tuvimos la oportunidad de probar algunas amanitas cesáreas, que son para los entendidos la elite de la micología.

            Un día, me propuso ir después de la cena que hacíamos para los peregrinos hasta el bar del pueblo para tomar unas copas de forma distendida y me pareció una buena idea, pero ese día, llegaron más peregrinos de los que habitualmente se acercaban hasta el albergue y creí conveniente quedarme porque lo primero era atender sus necesidades.

            Pero el gin tonic que habíamos programado consumir, no podíamos dejarlo después de que ya casi estuviéramos degustándolo pensando en él, por lo que Rafa se acercó hasta la tienda del pueblo y compró una botella de ginebra y unas tónicas.

            Todos los días llega algún peregrino que se convierte en especial y ese día no iba a ser menos y a pesar que no lo vi en el momento que llegó, poco a poco se fue haciendo patente quién había de ser la persona que esa jornada destacara sobre los demás.

            A primera hora de la tarde llegaron una pareja que por las credenciales vi que llevaban muchas jornadas en el camino. Procedían de la misma comunidad, aunque de lugares distintos, pero nada hacía imaginar que solo eran compañeros que el camino se había encargado de agrupar, parecían más bien una pareja en su vida diaria.

            Después de registrarlos llegaron tres personas más que venían caminando con ellos, era un grupo de esos que se va formando porque el camino ha establecido que sea así y ellos lo recorren apoyándose unos a otros en los momentos difíciles.

            La mujer, era esbelta y de unas facciones muy agraciadas por lo que enseguida llamaba la atención de los que la veían por vez primera, pero yo me fijé directamente en sus ojos y pude darme cuenta que se encontraban completamente apagados, apenas tenían brillo y transmitían una sensación de tristeza que en pocas ocasiones puedes ver en una persona.

            Se acomodaron en los lugares que les había asignado y pasaron de una forma casi anónima el resto de la tarde hasta que llegó la hora de la cena y cuando estaba todo dispuesto en la mesa, fui llamando a los peregrinos para que se acercaran a la cocina.

            Me fijé que María se encontraba en la litera que había ocupado horas antes y no se había movido de ella, era la más apartada del albergue y con un gesto me dio a entender que no iba a acompañarnos en la cena, deseaba estar sola y no quería relacionarse con nadie.

            Me acerqué hasta donde se encontraba y hubo algo que dije que la hizo cambiar de opinión porque vi cómo se incorporaba y me seguía hasta la cocina sin decir nada.

            La cena resultó muy amena y hasta divertida, Rafa se había encargado de preparar un plato con las amanitas que a todos les encantó y alabaron lo que se les había ofrecido, pero María permanecía en silencio y con la mirada perdida. No pude por menos que detenerme a mirar aquellos ojos que contenían toda la tristeza y la pena que pueda haber en el mundo, pero en ningún momento quise saber qué los había entristecido, sé que son los peregrinos los que cuando llegue el momento tienen que abrirse a los demás y cuando no ocurre así, es mejor dejarles con sus pensamientos.

            Cuando después de la cena, entrego a cada peregrino una reflexión, observé que las palabras que había en la nota emocionaron a María, no sé cuáles eran las que había elegido, pero sí percibí un ligero cambio en su comportamiento y ahora los ojos habían vuelto a la realidad y ya no se encontraban perdidos como antes. Ese ligero cambio me hizo darme cuenta lo hermosa que era y pensé que cuando aquellos ojos brillaran de nuevo se la tenía que ver radiante.

            Terminada la cena fuimos recogiendo todo lo que habíamos empleado en ella con la colaboración de algunos peregrinos y el resto se fue retirando al patio a fumar el último cigarrillo mientras otros hacían cola en el cuarto de baño para asearse antes de retirarse a descansar.

            Fue el momento que tanto estaba esperando Rafa que con un gesto me preguntó si podíamos ya tomar ese gin tonic que llevábamos saboreando desde la mañana.

            Cuando se encontraba preparando como él solo sabe hacerlo ese combinado perfecto en el que los cubitos de hielo van cogiendo el amargor que la piel del limón le transmite antes de verter la ginebra y diluir todo con la tónica, el compañero de María que estaba esperando su turno para entrar al baño, asomó su cabeza por la puerta de la cocina para ver lo que estábamos haciendo.

            Me parecía una desconsideración no invitarle y sin pensarlo le comenté:

            —¿Te apetece un gin tonic?

            —¡Gracias! —respondió él —pero no bebo.

            Aquellas dos palabras, despertaron el interés de María que también se encontraba esperando su turno y con una mezcla de curiosidad y de deseo miró al interior de la cocina.

            —¿Quieres tú uno? —dije sin pensarlo.

            —Sería estupendo —respondió ella —es mi bebida favorita y en las tres semanas que llevo en el camino no he tomado ninguno y es una de las cosas que más estoy echando en falta.

            —En el camino no hay que hacer excesos —la dije —pero también debemos tomarnos el camino para disfrutar de él y de vez en cuando no viene nada mal hacer algo diferente y desinhibirnos un poco.

            —Pero yo no puedo…—susurró Maria mientras veía como se humedecían sus ojos producto del contenido que había acumulado en su lagrimar que estaba a punto de desbordarse.

            Me di cuenta que me encontraba ante una de esas almas atormentadas por algo y sin pensarlo la rodeé con mis brazos y le di un fuerte abrazo y en ese instante se desbordó la emoción contenida y rompió a llorar dejando que la tensión que tenía su cuerpo se derramara por sus mejillas y los sollozos hacían que su cuerpo diera pequeñas convulsiones con cada suspiro que se iba escapando.

            Le dije a mi amigo que nos sacara a un lugar apartado que había en el patio las dos copas y cogiendo del brazo a María la llevé hasta el lugar cubierto en el que se guardan las bicicletas y le dije que se sentara en una de las sillas que había dispuestas para el descanso de los peregrinos.

            —Tengo miedo de que se acabe este camino, quedan ya tan pocos días que últimamente solo pienso en el día que lleguemos y se acabe todo, porque mientras lo he estado recorriendo he conseguido olvidarme por momentos del motivo por el que me encuentro aquí, pero cuando se termine, volveré de nuevo a la rutina diaria y tengo miedo que mi cabeza no dejará de darle vueltas a la angustia que oscurece mi alma.

            —¡Estás equivocada —la dije —ahora recorres el camino, vas captando todas las sensaciones y todo lo que tiene reservado para ti, pero el camino no se termina cuando llegues a Santiago, es allí cuando empieza, cuando vas a poder comenzar a sentir todo lo que has ido percibiendo a lo largo de este mes y en ese momento te darás cuenta cómo las cosas que has ido aprendiendo te servirán para ver todo de una manera diferente.

            —Es que me embarga una pena muy grande —dijo ella sin cesar de sollozar —es algo que no voy a superar nunca y mucho menos voy a comprender.

            En ese momento, llegó Rafa con los tres gin tonic y se sentó a nuestro lado, aunque viendo cómo se encontraba María que estaba descargando parte de la angustia que la embargaba, decidió retirarse a la cama y dejarnos solos para que ella pudiera hablar con más libertad.

            —Comencé este camino tratando de comprender porqué mi padre se suicidó hace tres años, pero después de tres semanas, sigo sin entenderlo y creo que jamás lo comprenderé.

            Es una de esas preguntas que muchos se hacen y esperan encontrar una respuesta, pero hay respuestas que son imposibles, sobre todo si aquel al que se la formulan por mucho que intente ponerse en la situación de quien la hace, no ha pasado por un trance tan difícil como el que le están planteando, son esos momentos en los que te sientes impotente porque aunque creas que tienes respuestas para casi todo, te das cuenta que hay cosas a las que nunca podrás llegar.

            —Mira —le dije —lo que me estás contando es terrible y creo que no soy la persona más adecuada para darte ningún consejo porque para hacerlo hay que tener un conocimiento y una experiencia de la que carezco, pero lo que sí te puedo decir es que estás en el único lugar en el que si buscas respuestas las puedes encontrar, aunque no esperes que el camino sea quien te las proporcione, el camino te va a ayudar a descubrirlas porque las respuestas las llevas en tu interior y hasta ahora no has conseguido verlas pero aquí vas a tener el reposo suficiente y necesario para poder hacerlo.

            —No sé por qué te estoy contando esto —interrumpió María —a los que vienen haciendo el camino conmigo que los conozco hace tres semanas se lo he contado hace solo dos días y a ti que te conozco de unas pocas horas lo estoy haciendo casi sin pensarlo.

            —¿Y eso hace que te sientas bien? —pregunté.

            —Si —respondió sin dudarlo.

            —Esa es una de las cosas inexplicables que tiene este camino, en ocasiones nos vamos abriendo a la gente que nos inspira cierta confianza para compartir lo que llevamos dentro.

            —Entonces ¿tú crees que el camino me ayudará a comprender? —dijo la peregrina.

            —No lo sé —le confesé —lo que si estoy convencido es que por lo menos te va a hacer sentir mejor contigo misma, cuando compartes como lo estás haciendo ahora la pena que llevas dentro, no consigues que se vaya, pero al compartirla te das cuenta que compartes también el peso que tiene y sobre todo, lo que sí te puedo decir es que si lo intentas, durante el camino te darás cuenta que no te encuentras sola, muchas veces sentirás su presencia a tu lado, en esos momentos difíciles, conseguirás percibirlo y quién sabe, quizá en ese momento sea más fácil poder comprenderlo todo.

Lo sé, porque tu caso, que para ti es el más importante, no es único, me he encontrado a personas que les ha ocurrido algo parecido y cuando me han contado su historia lo hacían sin la amargura y el dolor que tenían antes de recorrer el camino. Por eso, sé que puedes llegar a sentir ese alivio que ellos tuvieron.

            Fue pasando el tiempo y mientras la peregrina se desahogaba, yo trataba de encontrar esas respuestas que son imposibles, pero no son nuevas y siempre han ocurrido en algún lugar y en cualquier tiempo.

            Había escrito algo sobre estas vivencias y busqué entre las historias y encontré una que le dejé a María para que tranquilamente la leyera en la cocina. Qué más daba quitar una hora al sueño para quien no conseguía conciliarlo bien, seguro que saber lo que a personas en su misma situación les había ocurrido y sobre todo lo que habían sentido, podía hacerle más bien que esa hora que fuera a sustraer al sueño y allí la dejé apurando aquel inolvidable para ella gin tonic en la cocina y yo me fui a descansar.

            Por la mañana la encontré radiante y muy hermosa, daba la impresión que la sombra negra de la amargura y la desesperación había comenzado a alejarse de ella y sobre todo, había comenzado a darse cuenta que se encontraba en ese primer día en el que la esperanza va a renacer y lo afrontaba con la ilusión de comprobar lo que deberían ser los días siguientes que le quedaban para ese renacer que se experimenta cuando se termina o en muchos casos cuando comienza un nuevo camino.

            Procuro que cada abrazo que por las mañanas doy a los peregrinos vaya cargado con toda la buena energía que puedo proporcionarles, pero el que le di a María, llevaba algo más, sin decir una sola palabra, intenté transmitir en aquel sentido abrazo todos los buenos deseos para que afrontara no solo el camino, sino todo lo que todavía tenía por delante con esa fuerza y determinación que tanto iba a necesitar.

            Cuando los peregrinos se marchan, después de hacer la limpieza del albergue sigo el consejo que un buen peregrino y hospitalero me dio en una ocasión. Jon me decía que hay que dedicar un tiempo cada mañana a sacudir el felpudo, pero no el que se encuentra a la entrada del albergue sino el felpudo mental, para que todos los problemas que hemos compartido con los peregrinos se vayan y estemos preparados para afrontar los nuevos que llegan cada día con la mente despejada y fresca.

            Hice lo que Jon me había aconsejado, pero el recuerdo y el problema de María tardaron en marcharse, seguramente no se vayan nunca y de vez en cuando ese recuerdo viene a la memoria tratando de imaginar si las palabras que dijiste iban bien encaminadas y habían conseguido llevar ese efecto que esperas que un día puedan tener, aunque es posible que nunca lo lleguemos a saber del todo.

            Cuando menos me lo esperaba, llegó una llamada de María, había terminado su camino y ahora ya en su casa, se encontraba ante ese nuevo camino que comenzaba para ella y me aseguró que durante el tiempo que estuvo caminando, como yo le había dicho, hubo momentos, esos que son los más difíciles de la peregrinación, cuando te preguntas que es lo que estás haciendo en aquel lugar, que sintió que no estaba sola, se encontraba caminando a su lado quien podía darle las respuestas y sobre todo quien tenía la facultad de reconciliar su alma para que sintiera la paz que tanto necesitaba.

            La sentía eufórica, había conseguido alejar los fantasmas que tanto le asustaban y se encontraba feliz, ahora ya podía afrontar ese futuro que tanto le asustaba y sobre todo se sentía capaz de enfrentarse a sus miedos, había conseguido vencerlos y cuando uno consigue dominar sus miedos se siente capaz de hacer cualquier cosa.

            Pero sin duda, lo que más ilusión me hizo fue cuando me comentó que por fin podía hablar de lo que antes resultaba tabú para ella, ahora ya podía comentarlo abiertamente con sus amigos y el círculo con el que convivía a diario esas cosas que antes eran inimaginables para ella porque había conseguido salir victoriosa.

            Pero sobre todo, me sentía agradecido, aquellas palabras que María me estaba contando me hacían comprender que todos en la vida tenemos una misión y la mía no estaba descaminada, porque con solo haber servido para que un peregrino se sintiera como ahora veía a María, me hacía darme cuenta que la misión que estaba realizando no se encontraba muy desencaminada de lo que quería hacer.

            Esa noche, cuando todos los peregrinos se encontraban descansando en las literas, preparé dos gin tonic, uno para mí y otro para María y los estuve consumiendo feliz mientras contemplaba las estrellas y entre todo el firmamento trataba de imaginarme cuál de ellas era aquella que guió los pasos de María.