Conservamos algunos sabores, que con el paso del tiempo van quedando relegados a una parte de nuestro recuerdo, que acaba por olvidarlos, solo es preciso volver de nuevo a saborearlos, para retrotraernos a ese tiempo pasado que ya creíamos que estaba olvidado.

Sin duda, esos aromas y sobre todo, eso sabores de nuestra infancia y de la adolescencia, son los que se quedan para siempre en el recuerdo y aunque muchas veces consigamos llegar a pensar en ellos, aquello que nos lo recuerda es completamente diferente a la sensación que nos fue produciendo cuando nos deleitábamos saboreándolos.

Cuando por avatares de la vida, tienes que dejar atrás todo lo que te une a tus raíces, cada vez que regresas a tus orígenes, tratas de impregnarte de todo aquello que alguna vez fue formando parte de ti, y eso es algo que ocurre a los que tienen que abandonar forzosamente la tierra en la que nacieron y crecieron, pero siempre que regresan, tratan de buscar ese reencuentro con los sabores a los que solemos vincular esta tierra.

Muchos zamoranos en la segunda mitad del siglo XX, se vieron forzados a una emigración necesaria y a pesar de haber encontrado su lugar en la nueva tierra de acogida, siempre añoran las raíces que les unen a su tierra y cada vez que pueden, regresan para disfrutar de algunas de las cosas de las que se vieron privados.

Uno de los ritos que no se puede pasar por alto cada vez que se vuelve a los orígenes, es disfrutar de esa gastronomía en miniatura representada por los numerosos establecimientos hosteleros que siempre han caracterizado a esta provincia. Sin duda el buen saber hacer de nuestros antepasados, con materias primas en ocasiones muy básicas, ha ido forjando una gastronomía envidiable y prueba de ello, son los numerosos bares que nos encontramos en muchos de los rincones de esta provincia.

Resulta impensable pasar unos días sin entrar en uno de estos establecimientos, en los que los recuerdos vuelven de nuevo a resurgir, esos sabores de la infancia o de la adolescencia que creíamos perdidos, renacen nuevamente y entre los muchos bares y cafeterías que nos encontramos en Zamora, siempre existirán media docena de ellos, en los que la visita resulta casi obligada y uno de ellos, sin duda es Los Abuelos, un establecimiento familiar, que supo como pocos deleitar a todos sus clientes con lo que laboraban para su disfrute.

José María Rodríguez, había nacido en Ferreras, un pueblo de la zona noroeste de Zamora y cuando dejó la escuela, se dedicó durante poco tiempo a la venta de gaseosas y no viendo un futuro claro, con apenas 14 años se desplazó a Madrid en busca de un futuro mejor donde se estableció como camarero.

También Celestina Vara, que había nacido en Litos, muy cerca de donde lo hizo José María, antes de cumplir los 16 años emigró hacia Madrid donde comenzó a trabajar como cocinera en un restaurante.

José María y Celestina, habían nacido y crecido en pueblos vecinos y se conocían esporádicamente, pero quiso el destino, que Madrid pusiera al uno en el camino del otro y pronto acabaron formando el proyecto de una familia.

En la capital fue donde nació su hija mayor Conchi y también era el lugar donde tenían previsto enfocar ese futuro que el destino les había puesto por delante, pero siempre que podían, regresaban a sus orígenes, para no perder el vínculo con la familia que habían dejado atrás.

Fue en una de estas escapadas a Zamora, cuando José María se desplazó hasta Zamora para hacer unas gestiones y cuando regresó al pueblo, le comunicó a su mujer que ya no volvían a un lugar que para ellos seguía siendo extraño a pesar de la buena acogida que les habían dispensado, se quedarían en su tierra explotando un local que José María acababa de adquirir.

Se trataba de un bajo comercial que había en la calle de los Herreros en Zamora, era un local que habían adquirido tres amigos para sus reuniones y donde habían formado una peña a la que le llamaban Los Abuelos, ya que entre los tres sumaban cerca de dos siglos.

Aquel cambio, inicialmente no resultó del agrado de Celestina, que veía en la nueva vida que estaban afrontando en Madrid un futuro para la descendencia que esperaban tener, además tenían que partir de cero, ya que el local no disponía ni tan siquiera de un suelo en condiciones, era de barro. Todo estaba por hacer, pero aceptó lo que su marido la proponía.

Levantar un negocio de la nada, resulta complicado y sobre todo excesivamente laborioso. Es mucho trabajo por hacer, pero José María y Celestina se pusieron a ello y en agosto del año 1967, abrieron al público el bar Los Abuelos en la calle los Herreros de Zamora.

El buen saber hacer de Celestina en la cocina, consiguió que pronto comenzara a conocerse lo que tan bién preparaba en los fogones y enseguida la clientela comenzó a ser asidua, porque quien probaba los bocados que ésta preparaba, deseaban repetir.

Fueron los veleros la tapa estrella del nuevo establecimiento. Consistía en unos mejillones rellenos que Celestina preparaba con gran mimo y pronto la clientela era lo que más demandaba, teniendo en ocasiones la cocinera que verse obligada a juntar hasta seis mesas, para ir poniendo sobre ellas minuciosamente las cáscaras de los mejillones que luego iba rellenando.

También cogieron un gran auge las bombitas, otra especialidad de Los Abuelos, que los clientes degustaban con avidez. Se trataba de unas patatas con una salsa muy picante que era una delicia para aquellos que la probaban.

Una de las características que se podía ver en Los Abuelos, era que José María había adquirido la costumbre de cuando pasaba la cuenta a los clientes de lo consumido, solía multiplicarlo por diez, lo que era celebrado por los que se encontraban en el local que sabían que había que quitarle un cero a lo que le había dicho, pero para aquellos que iban por primera vez, se mostraban sorprendidos de la cuenta de lo que habían consumido, aunque luego la sorpresa resultaba más agradable al ver que era una décima parte.

El bar iba mejor de lo que habían podido imaginarse, pero fruto del matrimonio de José María y Celestina, fueron naciendo uno tras otro los siete hijos que tuvieron, dos chicas y cinco chicos y siete bocas que alimentar, hicieron que José María,  buscará otra fuente de ingresos con la que poder mantener la creciente prole de la que era responsable.

De esa forma fue alternando su estancia en el bar, con la cría de cerdos y aunque el trabajo se duplicaba, había que dar todo de sí para sacarlo adelante y fueron unos años bastante complicados y sobre todo con un trabajo excesivamente intenso.

Los hijos iban creciendo y desde pequeños fueron mamando lo que representa la hostelería, que para ninguno de ellos fue ajena, ya que en los momentos que eran necesarios, se ponían detrás de la barra a servir a los clientes o en el interior de la cocina a ayudar en la elaboración de las tapas y los platos.

Ese primer bar Los Abuelos, se estaba quedando pequeño para todo el trabajo que tenían y cuando surgió la oportunidad, adquirieron en la misma calle, la pensión Santi que además de acoger huéspedes, servía comidas. Tras una profunda reforma convirtieron este establecimiento en un bar restaurante en el que servían comidas y posteriormente cuando la calle los Herreros fue poniéndose de moda para los jóvenes, también copas.

Fueron ampliando el negocio con la adquisición del bar Emilio también en la calle los Herreros, en el que además de las tapas que tanto prestigio les habían dado comenzaron a servir copas que cada vez eran más demandadas por la afluencia de juventud que acudía a esta calle.

El Capítol, situado en la plaza de Santa Eulalia fue otra de las adquisiciones de la familia, estableciendo en el antiguo local un bar y un restaurante en el que podían sacar nuevos productos que estaban siendo cada vez más demandados. Los productos a la plancha y las cazuelitas de productos de la tierra, fueron reemplazando a las iniciales tapas con las que comenzaron, aunque mantuvieron siempre ese sabor que sólo se encuentra en establecimientos muy concretos.

José María llegó un momento en el que se había ganado una buena y merecida jubilación, además contaba con una cantera a la que poco podía enseñarle ya, los que venían por detrás, habían aprendido desde pequeños todo lo que un buen hostelero tiene que saber para ponerse detrás de una barra y en el año 2005, reunió a todos sus hijos, para que éstos fueran asumiendo la responsabilidad de cada uno de los negocios que habían conseguido ir creando.

Carlos se quedó con el establecimiento original de la calle los Herreros, José y Quique asumieron la gestión del segundo negocio y Javi y Luismi se quedaron dirigiendo lo que había sido en su día el bar Emilio, también en la calle los Herreros.

Posteriormente, José abriría un nuevo bar Los Abuelos, en la plaza mayor el cual dirige y del que es responsable.

La chicas, Conchi y Olga, asumieron a  su cargo el Capitol y ahí fue donde Olga conoció a Manolo que entró a trabajar en la empresa de la familia y con el tiempo acabaría uniendo su vida a la de Olga.

Manolo procedía de Tábara, se había dedicado desde siempre al cuidado del ganado y el trabajo que se realizaba en el campo y su experiencia como camarero o cocinero era nula, pero cuando hay afán de aprender, enseguida se van adquiriendo los conocimientos necesarios para destacar en lo que deseas. Manolo siempre se había fijado en su madre, que era una gran cocinera cuando ésta se encontraba en la cocina y en el Capitol, fue haciendo lo mismo, aunque comenzó como camarero, poco a poco la cocina fue ejerciendo una atracción importante sobre él y comenzó a aprender las técnicas de elaboración que Ricardo, el marido de Conchi que era el responsable de la cocina y con el tiempo se convertiría en su cuñado de quien fue aprendiendo, lo que unido a su buen saber hacer y su gusto por estar entre los fogones, fueron dando el fruto esperado.

Olga, en el momento que sus hijos comenzaron a necesitarla, se fue desligando de su responsabilidad en la empresa de la que se había hecho cargo, para ella, lo importante en esos momentos eran Nerea y Héctor a los que dedicaba todo su tiempo.

Cuando éstos fueron creciendo y pensando sobre todo en ellos, Olga y Manolo que tienen ya sus genes en el negocio de hostelería, decidieron probar en algo propio, tal y como medio siglo antes lo había hecho el padre de Olga y después de dar algunas vueltas para encontrar lo que estaban buscando, encontraron en Tábara, en la plaza Santa Rosa una casa de dos plantas que adquirieron y donde comenzaron a crear de la nada un bar y restaurante, que esperan que con su buen hacer y el paso del tiempo, se convierta en un referente en la zona en la que se ha instalado.

Desde su apertura, el bar restaurante Las Cumbres, enseguida comenzó a ser frecuentado por clientes de la zona y el buen sabor que dejaba Manolo en todo lo que elaboraba, hacía que los clientes volvieran una y otra vez y recomendarlo a sus amistades.

Ésta es la pequeña historia de una saga familiar, que va en estos momentos por la tercera generación, esa que suele resultar la mayoría de veces crítica para un negocio familiar, pero cuando se tiene en los genes, la esencia del buen saber hacer y sobre todo, cuando desde pequeño se ha ido mamando lo que significa sacar adelante un negocio, seguro que el porvenir está garantizado.

Son esos establecimientos de toda la vida que en ocasiones nos encontramos, en los que prima el trato familiar a los clientes y sin los cuales los sabores de esta tierra, se acabarían perdiendo y es necesario que continúen ahí, para que todos y sobre todo los que se han visto forzados a alejarse de sus raíces, los podamos seguir recordando.