almeida – 25 de junio de 2016.

Mercedes y Juan estaban realizando por primera vez el camino, llevaban dos días que para ellos eran como una eternidad ya que cada instante lo disfrutaban de una forma desconocida hasta ese momento.

            Eran sus primeras vacaciones juntos, todavía no habían cumplido la mayoría de edad, pero llevaban más de tres años saliendo habitualmente, desde que en el instituto Juan le propuso que la quería solo para él y a partir de ese momento no quería verla con otros chicos.

            Sus padres no se opusieron a aquellas vacaciones, les conocían muy bien a los dos y pensaron que el camino fortalecería las estrechas relaciones que ambos tenían. Eran buenos estudiantes y ahora iban a dar el salto a la universidad, habían aprobado con buena nota la selectividad y se merecían esas vacaciones que se habían ganado merecidamente.

            El segundo día de su camino les llevó a un pequeño albergue que estaba atendido por Nicolás, un hospitalero de los que apenas se ven por el camino. Había decidido dejarlo todo y solo deseaba vivir en contacto con los peregrinos dándoles esa hospitalidad que nació en esta ruta milenaria.

            Aún era pronto y el albergue no se había abierto a los peregrinos, pero Nicolás que se encontraba en la puerta les recibió y les dijo que podían dejar sus mochilas en el interior e ir a visitar el pueblo o si lo deseaban podían comer en un bar donde preparaban una excelente comida casera.

            Cuando regresaron al albergue ya había cuatro peregrinos más, entre los que destacaba Ricardo, un veterano peregrino que tenía un vozarrón que eclipsaba a los demás y sus maneras algo rudas, sobre todo en la forma de expresarse le hacían ser el centro de atención de todos.

            Ricardo había realizado muchos caminos, no llevaba la cuenta pero creía que al menos desde hacía veinte años no había faltado ni uno solo a su cita anual con este sendero que le había cautivado desde que por primera vez puso sus pies en él. Le gustaba contar historias y todos se sentaban a su alrededor para escucharlas con mucha atención.

            Nicolás condujo a los seis peregrinos a un cuarto grande en el que había ocho camas, cuatro bajas  y dos literas dobles y al lado había un cuarto que disponía de otras dos literas más. Era un sitio pequeño, pero en esas fechas, pocos días se colgaba el cartel de completo ya que no era una ruta muy transitada.

            La tarde fue especialmente grata, las historias de Ricardo, parecía que no se agotaban y los más jóvenes disfrutaban escuchándolas y sobre todo imaginándose las vicisitudes por las que el veterano peregrino había pasado.

            Llegaron dos peregrinos más, eran dos jóvenes extranjeros que enseguida se integraron en el grupo que se había formado en aquel lugar tan agradable y todos disfrutaron de la compañía que estaban teniendo.

            Cuando Nicolás vio los peregrinos que había ese día, les comentó que se iba a hacer una cena para todos y los que lo desearan podían colaborar y entre todos terminarían antes.

            Mientras Nicolás fue poniendo a hervir agua en una gran cazuela para que fuera cociendo la pasta que les había preparado para la cena, Ricardo fue organizando el resto del trabajo, iba ordenando quien debía poner la mesa, quien la bebida, mientras él y Mercedes lavaban la lechuga y los tomates con los que prepararon una abundante fuente de ensalada.

            Como era previsible, la armonía en la cena fue excelente, pocas veces un grupo tan homogéneo había estado en la larga mesa de madera. Las botellas de vino fueron cayendo una tras otra mientras hacían que la euforia de los que allí se encontraban también iba creciendo cada minuto que pasaba. Cuando se terminó el vino, Nicolás buscó unas botellas de sidra que también fueron degustadas con mucho placer por todos.

            Después de recoger la mesa y fregar todo lo que habían utilizado, Nicolás viendo la buena armonía que había en el albergue, sacó una botella de orujo y a pesar de las caras que ponían quienes todavía no habían probado nunca este excelente destilado, una vez que superaron la primera impresión, la botella fue mermando hasta que se consumió por completo.

            Cuando las bromas y los chistes estaban en su punto más álgido y la desinhibición de todos era ostensible, viendo como Mercedes y Juan que se encontraban en uno de los extremos de la mesa con sus manos cogidas mientras se abrazaban y se ofrecían cariñosos y tiernos besos, uno de los peregrinos comentó:

            -Viendo a esta pareja que se encuentra en otro mundo, en su mundo, el mejor regalo que podíamos hacerle es dejarles el cuarto para que duerman solos y nosotros nos comprometemos a dormir con tapones en los oídos para no escuchar nada de lo que pase allí.

            -¡De ninguna manera! – Exclamó Ricardo – si no están casados yo no puedo ni debo admitirlo. Otra cosa es que se casen y entonces no tengo nada que objetar.

            -¿Y dónde encontramos ahora, a las once de la noche un cura? – dijo Juan.

            -No hace falta – le respondió Ricardo – yo, he sido marino y cuando estamos en alta mar, ante una necesidad, el capitán está facultado para celebrar una boda. Ahora hay una necesidad y estamos en un albergue y el hospitalero está facultado para celebrar este enlace.

            -Pues no se hable más – dijo Nicolás – si los contrayentes están de acuerdo, yo estoy dispuesto a celebrar este enlace.

            Recogieron todo lo que podía estorbar y mientras fueron organizando un improvisado altar junto a la chimenea, Nicolás buscó una capa que hacía las veces de casulla y una bufanda que simulaba una estola y puso de rodillas a los dos contrayentes y ante los seis testigos que se encontraban detrás de ellos dieron el sí quiero sellándolo con un apasionado beso y un abrazo que resultó eterno.

            Todos rieron con esta improvisada celebración, todos menos Juan y Mercedes que seguían abrazados y ahora los besos que se daban eran si cabe más tiernos.

            -Bueno, – dijo Ricardo – que los recién casados querrán intimidad, vamos a llevarles sus cosas al cuarto y mientras tomamos otra copa dejemos que se vayan instalando.

            Esa noche, Juan y Mercedes se sintieron más que nunca, no pensaron si los compañeros que estaban durmiendo al lado se habían puesto los tapones como habían prometido, ellos dejaron que su pasión se desbordara y se amaron toda la noche, como siempre habían soñado que un día lo harían y disfrutaron cada uno de todas las sensaciones que el cuerpo del otro les proporcionaba.

            Por la mañana, Mercedes y Juan fueron los últimos que bajaron a desayunar, en sus caras se observaba un brillo especial que por la noche nadie había percibido.

            -Buenos días – dijeron los dos al unísono.

            -Mira los tortolitos – comentó Ricardo, ni han dormido ni nos han dejado dormir.

            -Bueno, no habrá sido para tanto – dijo Juan.

            -Eso lo sabrás tú mejor que nadie – le respondió Ricardo, por lo que sé ve en vuestras caras ha debido de ser una noche muy especial.

            -Y mágica – apostilló Mercedes.

            -Bueno pues ahora un buen desayuno que lo necesitáis más que nunca – dijo Nicolás – no lo digo por la noche que hayáis pasado, sino por la etapa que tenéis por delante que es bastante exigente.

            Como era habitual, Nicolás les despidió a la puerta del albergue con un abrazo a cada uno de los que se habían alojado en su albergue, pero en esta ocasión también el albergue fue muy especial y más sentido que en otras ocasiones.

            Desde la puerta del albergue, vio como los peregrinos agrupados cogían de nuevo el camino y se desviaban donde vieron la primera flecha amarilla.

            Nicolás siguió dando acogida a los peregrinos, se sentía a gusto haciéndolo y eran tantas las personas que pasaban por su albergue y tantas las historias y los recuerdos que conservaba de ellos que en ocasiones algunos se perdían en su mente, pero esta historia fue de esas que se recuerdan para siempre y en ocasiones la comentaba con algunos peregrinos.

            Unos años después, Nicolás recibió una carta, era de sus amigos Mercedes y Juan que le comunicaban que se iban a casar y además de invitarle a su boda, se sentirían muy honrados si él era testigo de su enlace.

            Aquella noticia y la invitación conmovieron a Nicolás que aceptó sin dudarlo y se desplazó hasta la ciudad de sus amigos para asistir a su boda.

            Después de la ceremonia, cuando Nicolás les dio un abrazo a los dos, con una emoción contenida les dijo:

            -¡Por fin casados como Dios manda!

            -¡No!, -dijo Mercedes – nos hemos casado como la sociedad dice que debemos hacerlo, como Dios manda, nos casaste tú y para nosotros ese es el enlace valido, esto solo ha sido un trámite social, nosotros nos casamos en tu albergue.

            Esas palabras llegaron a emocionar de nuevo a Nicolás que en esta ocasión no pudo reprimir que unas lágrimas se desbordaran de sus ojos.