almeida –  10 de enero de 2017.

Se acercaba la fecha de las fiestas grandes de la ciudad y Leyre pensó estar esos días acompañada por algunos amigos que vivían en otras comunidades e invitó entre otros a Iván que residía en el otro extremo de la península en un pequeño pueblo andaluz.

            Iván siempre había deseado pasar algún día en los sanfermines, consideraba que era una de las fiestas más importantes de cuantas se celebraban en toda la geografía y ahora tenía la oportunidad de hacerlo, pasaría unos días en casa de Leyre y disfrutaría plenamente de cada momento de las fiestas.

            Como tenía que hacer un desplazamiento muy largo y disponía de tiempo libre suficiente, en su cabeza se fue formando la idea de aprovechar la ocasión y matar dos pájaros de un tiro. Llevaba algún tiempo dándole vueltas a la idea de hacer el Camino de Santiago, le habían hablado muy bien de esta ruta, pero siempre lo dejaba para una mejor ocasión, no se atrevía a recorrerlo solo y cuando se animaba, surgía otro compromiso que le hacía de nuevo posponerlo. Pero estando en la capital Navarra, podía alargar su estancia una semana más y llegar hasta Logroño y luego regresaría a su casa, de esa forma, en unos días, también conocería el camino y si le gustaba podía afrontarlo más tarde solo, una vez hubiera roto ese recelo inicial que suele haber la primera vez.

            Cogió su mochila y se dirigió a la estación de autobuses, iría hasta Madrid y desde allí tomaría otro autobús hasta la vieja Iruña.

            En la estación estaba esperándole Leyre, llevaba un pañuelo rojo en la mano similar al que tenía anudado en su cuello y nada más darle la bienvenida le puso el pañuelico al cuello, parecía que si iba sin él no estaba metido en el ambiente que se vivía en las calles ya que todo el mundo vestía la misma indumentaria.

            Dejaron la mochila en casa de Leyre y comenzaron a disfrutar de la fiesta, la ciudad bullía en un ambiente que para Iván resultaba desconocido. Por el lugar que fueran, la música, el buen ambiente y la alegría parecían dominarlo todo.

            Fueron cinco días muy intensos, apenas pudieron dormir, la ciudad estaba despierta todo el día y no había que perderse ninguna de las numerosas atracciones y fiestas que se habían organizado en cada rincón de la ciudad y Leyre fue una excelente anfitriona.

            Cuando finalizaron las fiestas, Ivan pensaba que se encontraba medio muerto, el cansancio que acumulaba le tuvo quince horas durmiendo. En estos días no había vuelto a pensar en el camino y solo la mochila que tenía al lado de la cama le recordaba la parte de su plan que le quedaba por cumplir.

            Cuando hubo descansado lo suficiente, decidió armarse de valor y sin pensarlo dos veces porque de lo contrario no se iba a decidir nunca, se despidió de Leyre y comenzó a caminar. Ese primer día solo recorrió una docena de kilómetros, su cuerpo no estaba para hacer muchos más, los días siguientes se encontraría mejor y seguramente podría recorrer distancias más largas.

            Le dio la impresión que se había trasladado a otro mundo, del bullicio de las calles pamplonicas a la tranquilidad y el silencio que se respiraba en el camino, era un choque demasiado fuerte, debía darle su tiempo al cuerpo para que se fuera acostumbrando.

            Como era un novato, buscó un grupo que llevaban varios días caminando juntos y se fue integrando en él, de esa forma iría aprendiendo más rápidamente las costumbres de los peregrinos y se sentiría protegido en los momentos de más dificultad.

            El grupo era muy heterogéneo, regularmente eran unas ocho personas aunque unos días había alguien más que luego desaparecía durante varias jornadas para volver de nuevo a integrarse en él, aunque Iván no se desprendió nunca del grupo más numeroso. También sus edades y procedencia eran muy diversas, predominaba la gente joven aunque de vez en cuando algún peregrino más mayor como Manuel solía caminar con ellos.

            Enseguida comenzó a haber una buena sintonía entre Iván y Manuel, este era un peregrino veterano que ya había realizado varios caminos y en esta ocasión no se quedaría en Santiago, llegaría hasta Fisterra que se había convertido en esa asignatura pendiente de finalizar el camino allí donde la tierra también se acaba.

            Iván se encontraba muy a gusto en aquel grupo, se sentía completamente integrado y muchas veces pensó que si hubiera tenido la oportunidad de elegir compañeros de camino, nunca se habría encontrado un grupo mejor.

            Cuando estaba llegando a Logroño que era su meta inicial por ese año, no deseaba que llegara nunca el momento de pisar las calles de la ciudad, por nada del mundo quería despedirse de los buenos amigos que ya formaban parte de su vida.

            El día que la jornada finalizaba en Logroño, Iván se propuso seguir unos días más, llegaría hasta Burgos, casi una semana más disfrutando de aquella armonía que se respiraba en el camino y en las personas que lo estaban recorriendo con él.

            Las historias que le estaba contando Manuel de sus anteriores caminos, le resultaban especialmente hermosas, comenzaba a sentir esa magia que tiene el camino que hace que los peregrinos lo recorran siempre que disponen de días para hacerlo.

            Los sentimientos de Iván comenzaban a ser contradictorios, por un lado estaba sobrepasando los días que pensaba estar en el camino y no había previsto estar tanto tiempo fuera de casa, pero por otro lado era una oportunidad única que no quería dejar escapar ya que no sabía cuándo tendría la oportunidad de volver. Además se encontraba tan bien y le estaba resultando todo tan especial que había momentos en los que tenía muy claro la decisión que debía tomar, pero cinco minutos después opinaba que la contraria era la mejor, estaba en un mar de dudas y no sabía cómo hacer para tomar la decisión que fuera la correcta.

            Un día, se detuvieron en un albergue y el hospitalero estaba jugando con una baraja de cartas especial  y diferente a las que conocía. Las extendía encima de la mesa y cada uno cogía una carta y lo que en ella pusiera era lo que le deparaba el camino.

            Una joven cogió una carta y apareció un hermoso peregrino, el hospitalero le dijo que seguramente conocería a una persona en el camino que sería muy importante para ella, otro tomó una carta con la imagen de un hospital y con un gesto de lástima, el hospitalero le dijo que seguramente no terminaría su camino como preveía, la carta le decía que iba a sufrir una lesión que le retendría parcialmente o quizá le hiciera abandonar el camino.

            Así fueron cada uno cogiendo su carta y buscando una explicación a lo que ésta le decía, cuando llegó el turno de Iván, cogió su carta y le dio la vuelta, en esta únicamente ponía SI. No le hizo falta que nadie se la interpretara, él sabía lo que le estaba diciendo, debía seguir caminando hasta llegar con Manuel a Fisterra.

            Los siguientes días que pasó en el camino fueron inolvidables, el primer camino, aquel peregrino de quien estaba aprendiendo tanto y todas las sensaciones que cada día estaba recibiendo le parecieron únicas y nunca durante el resto del camino volvió a pensar en regresar a casa.

            Cuando contemplaba la inmensidad del mar en el faro de Fisterra, se dio cuenta que al final, es el camino el que va dictando las normas y le dice a cada peregrino hasta dónde puede llegar y con quién ha de hacerlo, porque guarda esa sabiduría que han ido dejando sobre él los millones de peregrinos que ya lo han recorrido anteriormente.