almeida – 24 de abril de 2014.

El Maestro estaba conversando con un joven, los dos se encontraban sentados en el pequeño sofá que había en la recepción, me extrañó el interés que

ponía en hacerle ver al joven que debía seguir siempre las flechas amarillas, eran las que marcaban el camino que debía seguir y cualquier otro recorrido que hiciera no le iba a satisfacer tanto como este símbolo del camino.

 

Como no había estado al principio de la conversación, me llamó la atención aquel énfasis que ponía el maestro en una cosa que resultaba obvia, todos los peregrinos seguían las flechas amarillas y era la primera vez que le escuchaba dando esos consejos a un peregrino.

Cuando el joven se marchó, me interesé por el motivo de aquellos comentarios, que al ser la primera vez que salían de sus labios, me resultaban un tanto extraños.

El Maestro me comentó que el joven le había dicho al llegar, que hoy había recorrido al menos dos kilómetros menos que el resto de los demás peregrinos, casi media hora se había ahorrado de estar caminando bajo el sol inclemente que hacía ese día. Cuando el Camino llegaba a un punto determinado, vio que giraba a la izquierda para adentrarse en un pequeño pueblo que parecía insignificante, como el horizonte era muy amplio, pudo ver a lo lejos como los peregrinos hacían una larga L para retomar de nuevo la carretera. Si él seguía por el arcén se ahorraría al menos esos dos kilómetros que suponía el desvió.

Cuando el joven le comentó al Maestro el sitio al que se refería, este hizo una mueca de desagrado, apenas se alteraba y mucho menos se le veía enfadado, ese solo gesto demostraba la contrariedad de lo que estaba escuchando.

Le explicó al joven que aquel pequeño e insignificante pueblo que se había pasado por alto era uno de los lugares importantes del camino, allí vio las primeras luces uno de los hombres que más han hecho porque los peregrinos puedan transitar por esta ruta y aunque solo sea por el reconocimiento, el homenaje y pensar durante unos momentos en esta persona, todos los peregrinos deberían pasar por allí, por eso, las flechas amarillas les guiaban a este lugar en vez de hacerlo por el arcén de la carretera o por un sendero que con el paso de muchas personas se hubiera ido formando.

Esa noche, el Maestro, en la meditación con los peregrinos les habló de las flechas amarillas, de cómo un hombre sencillo tuvo una idea sencilla que con el paso de los años se había convertido en genial. Con una simple brocha y un bote de pintura había señalizado un trazado que recorrerían millones de personas sin perderse a pesar de ir caminando por tierras desconocidas por las que caminaban por primera vez. Les aconsejó que siempre buscaran la flecha amarilla y la siguieran porque era ella únicamente la que les guiaría en el camino que tenían que hacer, no debían tomar otro camino que no fuera el que les marcaban esas sencillas flechas amarillas.

El joven peregrino observaba con atención lo que el Maestro estaba diciendo y cuando le tocó leer uno de los deseos que habían dejado otros peregrinos que caminaban delante de él, leyó una nota de una peregrina que decía sentirse perdida cada uno de los días que llevaba en el Camino y cuando esto ocurría, buscaba siempre la flecha amarilla que era la que le hacía ver que estaba en el camino correcto.

Por la mañana, el joven se marchó con algunos peregrinos, se despidió del Maestro a la entrada de Santuario y cuando este fue a decirle algo, el respondió:

—Sí, ya lo sé, debo seguir siempre la flecha amarilla, no se preocupe, no lo olvidaré.

—No, —dijo el Maestro —solo quería desearte buen camino y que disfrutes mientras estés en el, sé que eres una persona que desea aprender y no te quepa duda que estás en el mejor lugar para hacerlo.

En ese momento sonó el timbre del teléfono, no pudo ver como el joven se alejaba ya que fue a atender la llamada que le hacían a aquellas horas tan inusuales.

La llamada era de Jorge, el hospitalero que debía llegar ese día para ayudar al maestro en las labores de limpieza y de atención de peregrinos para que cuando estos llegaran, Santuario se encontrara en perfectas condiciones. Le estaba explicando que había surgido un imprevisto y que no iba a poder acudir, su presencia en otro lugar era imprescindible.

Esta situación se producía con alguna frecuencia, los hospitaleros hacen sus planes de los días que tienen libres para ir a compartirlos con los demás en uno de los muchos lugares de acogida que hay en el Camino, pero en ocasiones los imprevistos surgen y no se puede hacer nada. Pero el Maestro sabía que en estas situaciones, Santi siempre proveía alguna cosa, solo tenía que esperar y seguro que al final surgiría lo imprevisible.

Cuando el Maestro estaba meditando sobre lo que acababa de ocurrir, vio como el joven peregrino que había salido cinco minutos antes entraba de nuevo por la puerta de Santuario.

—¿Qué se te ha olvidado? —dijo el Maestro.

—Nada, —respondió el peregrino.

—Entonces, ¿Qué haces de nuevo aquí?

—He seguido su consejo, cuando he llegado al final del pueblo, he mirado a una piedra que había en el suelo y he visto la flecha amarilla, esta me guiaba de nuevo al pueblo y siguiendo las flechas que he visto después me conducían hasta aquí. Las he seguido porque algo me decía que debía hacerlo así.

El Maestro sonrió, no esperaba que el peregrino tomara tan al pie de la letra lo que le había dicho el día anterior. Le invitó a que entrara a la cocina donde estaba preparando una cafetera para los que fueran llegando y se sentaron a tomar un café con leche.

Mientras lo consumían, el Maestro le comentó el contenido de la llamada que acababa de tener y como durante unos días estaría solo haciendo las labores del albergue, hasta que localizara a una nueva persona que sustituyera a quién acababa de fallar.

El joven le dijo que no tenía ninguna prisa por llegar, disponía de todo el tiempo del mundo y, si lo deseaba, podía quedarse unos días a ayudarle hasta que viniera esa persona en la que estaba pensando. El Maestro comprendió que esa era la providencia que estaba esperando y no lo dudó, le dijo al joven que contaba con él y le condujo hasta el cuarto que había destinado para los hospitaleros, donde se acomodó y dejó su mochila.

Los días que estuvo allí, le parecieron los más maravillosos que había pasado desde que se encontraba en el Camino, aprendió muchas cosas, no solo del Maestro, también los peregrinos que llegaban le aportaron cosas que jamás esperaba que encontrar en el Camino.

Cuando al cabo de cinco días llegó el relevo, el joven no deseaba marcharse ya que se encontraba muy a gusto, fue el Maestro el que le animó a que siguiera su camino ya que todavía le esperaban nuevas cosas que debía experimentar; y cuando terminara, podía volver siempre que lo deseara a compartir con el unos días.

Desde entonces, el joven siempre fue siguiendo la flecha amarilla y cuando pasaban más de diez minutos sin verla, se mostraba inquieto hasta que de nuevo aparecía.