almeida – 13 de enero de 2015.

El primer día que Isaac durmió en el jardín de Santuario, ninguno de nosotros nos dimos cuenta en las condiciones en las que lo estaba haciendo.

 

Por la noche, se quedó con nosotros hasta que los peregrinos se fueron a dormir. Entonces era cuando los hospitaleros preparábamos las cosas necesarias para el desayuno del día siguiente. Primero poníamos las tazas y los cubiertos sobre la mesa y luego íbamos dejando las galletas, la mermelada y los sobres de las infusiones. El café, la leche, el pan y la margarina, solíamos dejarlo para las mañanas.

Cuando Isaac vio lo que estaba haciendo, sin decir nada, fue ayudándome a colocar todas las cosas que me faltaba por poner, mientras yo le iba diciendo las cantidades de cada cosa que necesitábamos.

Mientras, en la cocina, en una gran cazuela poníamos agua a hervir y cuando comenzaba la ebullición, vertíamos sobre ella café molido. Para tantos peregrinos como los que teníamos que dar de desayunar, no era factible utilizar la cafetera ya que resultaba excesivamente lento.

Esperábamos, mientras fumábamos un cigarrillo, a que la mezcla se asentara y con una coladera de tela íbamos filtrando el resultado, pasándolo a grandes termos que llenábamos de café.

Isaac se quedó con nosotros hasta que terminamos de hacer esta operación y como sabía que era un ávido consumidor de café, le ofrecí una taza, yo me puse otra y así permanecimos un rato hablando en la cocina.

Cuando nosotros nos fuimos al cuarto de los hospitaleros, él se fue a dormir junto a su perro en el jardín, en un lugar donde había dejado su mochila. Le prometí que por la mañana, cuando estuviera caliente, le llevaría una taza de café.

Esa noche refrescó bastante, hasta nosotros lo notamos pues a media noche mi compañero se levantó para cerrar la ventana porque se notaba mucho el frío que en el exterior estaba haciendo.

Cuando por la mañana el café estaba caliente, me acordé de lo que le había prometido a Isaac, pero no hizo falta que le llevara nada porque de repente se presentó en la cocina. Estaba tiritando de frío y hasta me dio la sensación de haberle visto algo morada la cara.

Tomó con avidez el café, más que nada para calentar su aterido cuerpo e inmediatamente se sirvió otro, en esta ocasión puso la taza entre sus manos para que el calor de la cerámica revitalizara también aquellos miembros de su cuerpo que no habían conseguido entrar en calor.

Fue entonces cuando nos enteramos que dormía dentro de su saco pero al aire libre y en los días más fríos no conseguía conciliar el sueño ya que cuando se quedaba dormido, el frío hacía que se despertara.

Durante la mayor parte de su camino, la tienda de campaña fue el refugio perfecto para él y su perro Leo. En ocasiones no era necesaria porque los días eran buenos y se agradecía contemplar las estrellas antes de quedarse dormido. Pero hubo noches en las que las temperaturas eran muy gélidas, se encontraban a campo abierto y en esas condiciones se agradecía la protección que les daba el nylon.

Cruzando los Alpes, en uno de los pasos entre las montañas, una fuerte ventisca destrozó su tienda de campaña. Como no disponía de dinero, pues esa era una de las condiciones que se impuso antes de iniciar su camino, no podía comprar una y algunas noches como la que acababa de pasar, eran especialmente duras.

Mientras estábamos escuchando la historia que Isaac nos contaba, mi compañero se apartó de nosotros y salió del cuarto. Al cabo de unos minutos regresó, traía una tienda de esas que al soltarlas se montan solas y se la entregó.

—Toma —le dijo —era de un peregrino que la dejó en Santuario y el Maestro me la ha regalado. Ahora es tuya porque tú la necesitas y sabrás cómo debes darle mejor utilidad.

La expresión de Isaac cambió radicalmente, en lo que le quedaba de camino, ya no pasaría ningún día más tanto frío. Agradeció lo que mi compañero hacía y una vez más se acordó de esa providencia que siempre suele aparecer cuando más se la necesita.

Por la noche, presencié como montaba su tienda de campaña, solamente tuvo que retirar la funda que la guardaba y dejándola caer se montó ella sola. Era amplia, suficiente para él, para su perro y para la mochila. Se le veía muy satisfecho con el regalo que le acababan de hacer.

A la mañana siguiente, esta vez sí fui a llevarle el café, todavía se encontraba durmiendo, estaba seguro que no lo hacía tan bien en muchas semanas. Al sentir que me acercaba, Leo ladró despertando a Isaac, este descorrió la cremallera y allí le vi. con el torso descubierto, no debía estar acostumbrado a dormir con tanto calor.

Pensábamos que recoger la tienda sería tan sencillo como cuando la montó, pero vi que Isaac, por más que se esforzaba, no conseguía plegarla.

Fuimos a ayudarle y después de muchos intentos, también nos vimos impotentes de conseguir recogerla, llegábamos hasta la mitad de su plegue, pero el último paso que debíamos dar nunca conseguimos hacerlo.

Después de unas dos horas intentándolo, viendo que resultaba imposible o nosotros éramos incapaces de conseguirlo, Isaac desistió, no deseaba demorar más su salida y nos dejó la tienda a medio plegar.

—Está visto que el Camino me está diciendo que vaya sin la tienda, por eso no conseguimos plegarla, o sea, que me voy sin ella —dijo resignado el peregrino.

Me dio pena que no le hubiera servido aquello que le dimos con tanta ilusión, pero como él decía, en ocasiones tienes que asumir este tipo de imponderables que suelen presentarse y no queda más remedio que asumirlos.

Ese día llegaron a Santuario varios peregrinos jóvenes, me imaginé que algunos de ellos seguro que habían tenido una tienda similar y sabrían como tenía que hacerse para plegarla.

Fui preguntando uno por uno, pero nadie había tenido nada semejante, hasta que una joven me dijo que disponía de una igual, se me iluminó la cara al escucharla, pero volvió la desilusión cuando me dijo que una vez la montó y luego no la pudo cerrar, solo había conseguido llegar al mismo punto que habíamos llegado nosotros, por lo que la guardó dejándola montada a medias.

De todas formas, no me desanimé, estaba convencido que los más jóvenes sabrían como debían hacerlo. Les propuse a un joven italiano y a otro alemán que probaran para ver si ellos lo conseguían.

Después de casi una hora, solo habían llegado hasta el mismo punto que llegamos nosotros, por más pruebas que hacían, no conseguían llegar a ese último paso, hasta que sin saber cómo, el joven alemán hizo un movimiento y consiguió llegar a la fase final y se pudo guardar en la funda.

No comprendían cuando les dije que la volvieran a extender y repitieran la operación; esta vez tenían que enseñarme cómo lo hacían para yo explicárselo a Isaac. No resultó fácil, pero al tercer o cuarto intento lograron de nuevo guardarla.

Repetimos dos veces más la operación hasta que estábamos seguros que habíamos conseguido dar con la forma correcta de hacerlo.

Isaac se había detenido a poca distancia de Santuario, esa noche, cuando los peregrinos se hubieran acostado, me acercaría hasta allí con el coche, le llevaría la tienda de campaña y le mostraría como tenía que hacer para recogerla.

Como era de noche y apenas se veía, no podíamos hacer aquella operación de explicarle como se recogía porque en el exterior del albergue no había ninguna luz que permitiera verlo. Cuando pensábamos que todo había sido inútil, se me ocurrió una idea. Esa noche dormiría en la tienda, a la mañana siguiente, le pediría a los peregrinos que habían conseguido montarla, que cuando pasaran por donde él se encontraba le enseñarían en un momento como se hacía; si no lo conseguían, iría yo de un momento y si nada de esto fuera posible, la dejara allí y pasaría después a recogerla.

Les di instrucciones a los jóvenes para que localizaran a Isaac, aunque este estaría esperándoles junto a la fuente que había en el pueblo, ellos salieron dispuestos a dar esa lección que ya les resultaba tan sencilla.

No tuve ninguna llamada para ir a recoger la tienda, por lo que imaginé que por fin Isaac aprendió a plegarla y ahora podría atravesar los montes de León y las húmedas tierras gallegas resguardándose del frío que hacía por las noches.

Pudimos cambiar esa señal que le había enviado el Camino para que durmiera contemplando las estrellas que brillan por las noches en el firmamento señalando ese camino que debía seguir para llegar hasta la meta que se había marcado.