almeida – 17 de julio de 2014.

Suele afirmarse que son esos caprichos del destino, algunos también dicen que es la magia que tiene este Camino, pero como suele decir un viejo hospitalero, son las normas del Camino, él es quien dice como tenemos que recorrerlo, a los lugares que tenemos que llegar y con quien debemos hacerlo.

Imagino que eran los dos únicos mexicanos que ese mes estaban recorriendo el camino, pero lo hacían con medios de desplazamiento diferentes y seguramente en el tramo que tenían que haberse encontrado también lo hicieron por caminos diferentes, pero como decía el viejo hospitalero, es el Camino el que dice con quien y sobre todo, cuando.

Ella venía recorriendo el Camino en bicicleta y él lo hacía a pie y ese día, ella llegó hasta el albergue de Tábara y el peregrino llegó un momento que no podía dar un paso más y se quedó en Faramontanos, siete kilómetros antes.

La peregrina estaba disfrutando tanto de la estancia en el albergue que no encontraba ese momento de decir adiós y fue la ultima en salir, prolongó el desayuno según ella de una forma inhabitual, no tenía prisa y según manifestaba se encontraba muy a gusto.

A través de la ventana de la cocina, vimos pasar a un peregrino que daba la impresión que se encontraba perdido porque iba en dirección contraria a la que sigue el camino y salimos para llamar su atención y hacerle ver su error.

Le invitamos a que entrara en el albergue y tomara un café y nada más ver a la peregrina, se percibieron unas miradas especiales que se intensificaron cuando se dieron cuenta que ambos procedían del mismo lugar y el Camino había permitido aquel encuentro.

Les dejamos conversando mientras el recién llegado desayunaba y percibimos como hacían planes para esa jornada y a pesar de utilizar medios de desplazamiento diferentes, ese día llegarían hasta el mismo lugar.

Cuando les vimos alejarse, iban los dos caminando, él guiaba con sus manos la bici de la peregrina y en lugar de ir mirando en la dirección que les indicaban las flechas amarillas, cruzaban sus miradas como si no les hiciera falta hablar y con la vista se estuvieran diciendo todo lo que se tenían que decir.

Volví a acordarme del viejo hospitalero y de esas lecciones que solía regalar y que algunas veces no eran comprendidas, pero con el paso del tiempo iban adquiriendo todo ese sentido que las quería dar; es el camino el que decide hasta donde, con quien y sobre todo,  cuando.