almeida – 2 de junio de 2015.

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En el Camino, cualquier historia que escuchemos por inverosímil que nos parezca, seguro que ha ocurrido en algún momento, porque son tantas las personas que lo recorren y tan diferentes unas de otras, que en ocasiones presenciamos las cosas que no esperábamos ver en ningún otro sitio.

                Ésta es una de esas historias que únicamente nos la podemos creer si la hemos presenciado personalmente o como es mi caso, la persona que te la cuenta, te ofrece todas las garantías para saber que cuanto te está narrando ocurrió tal y como él te lo cuenta.

                Me encontraba en uno de esos albergues en los que a lo largo del día hay poco tiempo para disfrutar de la estancia en el albergue, porque siempre hay cosas que hacer, pero organizando bien el tiempo, se cuenta con el suficiente para intercambiar experiencias, anécdotas y escuchar lo que los peregrinos que van llegando, desean compartir contigo.

                Comentaba con el viejo hospitalero algunas de las anécdotas que había tenido durante los días que había estado allí y sobre todo, esas que solo se producen en el camino. Entonces el viejo se quedó pensando y me contó una de las historias más estrafalarias que podemos encontrarnos, porque él la vivió y conoció al personaje que era el protagonista de la misma.

                Cirilo, siempre había deseado recorrer el camino, pero haciéndolo de la forma tradicional, con su mochila y alojándose en los albergues de peregrinos que era donde sabía que se encontraba parte de la esencia de este camino.

                Pero el tiempo iba transcurriendo y el sueño de Cirilo no acababa de realizarse, la verdad, según confesaba, era que solo pensar en tener que cargar cada día con la mochila, con todas las necesidades que tenía, le entraba una pereza que le hacía descartar la idea y dejarla para otro momento.

                Alguno de sus amigos que conocían el sueño de Cirilo, le propusieron que adquiriera un burrito y de esa forma el animal le llevaría la mochila, pero Cirilo no quería que nadie por obligación tuviera que hacer el camino con él y menos un animal que en muchas ocasiones le privaría de estar en los albergues ya que la mayoría no se encontraban acondicionados para acogerlos.

                Según iban pasando los años, cada vez su sueño se iba diluyendo, la edad no perdonaba y las buenas costumbres de las que le gustaba disfrutar a Cirilo, le estaban haciendo coger más peso del que sería deseable y sobre todo, para hacer largas caminatas como él se proponía, pero no descartaba del todo la idea y cada día procuraba caminar una o dos horas, para mantenerse en forma y por si un día le daba ese pronto que a veces tenía y sin encomendarse a nadie se iba al camino y era preciso, si esto ocurría, encontrarse en las mejores condiciones posibles.

                A veces el destino se cruza en nuestro camino cuando menos lo imaginamos, unas veces es para trastocar negativamente nuestras vidas y en otras ocasiones, como le ocurrió a Cirilo, es para mejorar sustancialmente la situación en la que nos encontramos.

                Una de las aficiones, de las muchas que tenía, era jugar semanalmente a la lotería y tuvo la fortuna, que una de las semanas que más lotería había adquirido, siempre compraba varios decimos que intercambiaba con algunos amigos, pero esa semana que se encontraba indispuesto y salió poco a la calle, se quedó con casi toda la lotería que había adquirido y en el número que jugaba, toco el premio gordo.

                Era mucho dinero, una fortuna para las necesidades de Cirilo que ya tenía su vida más o menos arreglada con los ahorros que había conseguido reunir y un pequeño negocio que le proporcionaba todo cuanto necesitaba.

                Era el momento preciso de retomar aquella idea de hacer el camino, aunque ahora disponía de los suficientes medios para alojarse en los mejores hoteles de cada lugar al que llegara, él seguía añorando los albergues de peregrinos y pensó que si no hacia su camino como se lo había propuesto, no llegaría a disfrutar lo que esperaba, cada vez que pensaba en el Camino.

                Como era una persona impulsiva, no lo pensó dos veces y una vez que tuvo el dinero del premio en su cuenta corriente, cargó todo lo necesario en la mochila que ya la había adquirido tiempo atrás y se encaminó a la estación de tren para dirigirse al punto de salida, a ese lugar desde donde siempre había soñado dar los primeros pasos.

                Cuando colgó sobre sus hombros la mochila, pensó que no iba a poder dar ni un solo paso, pesaba demasiado y como se había imaginado ahora resultaba imposible que él pudiera recorrer todo el camino con aquel peso, pero no había ningún problema, estaba todo previsto y esperaba que saliera tal y como él lo había planificado.

                Cuando llego a la ciudad, lo primero que hizo fue dirigirse a un estanco y se compró una buena caja de puros habanos, era otra de sus grandes pasiones, sentir el aroma del tabaco al menos tres veces al día, una por las mañanas después de un buen almuerzo se sentaba a paladear el aroma que desprendía el tabaco, el siguiente lo fumaba después de comer, saboreando una buena copa de brandy y el ultimo entre la cena y la hora de irse a descansar. De vez en cuando superaba ese límite, dependiendo de las ocasiones y de con quién se encontrara, pero la media diaria eran tres puros.

                Ahora que contaba con medios, adquirió los mejores, esperaba ir saboreando cada uno de ellos por esos lugares que muchas veces habían pasado por su imaginación.

                Cuando llegó al pueblo, fue directamente hasta el albergue y ocupó el lugar que le habían asignado y cuando ya estaba como él deseaba, se acercó hasta uno de los bares del pueblo con la intención de cenar y enseguida entabló conversación y algo de amistad con quien se encontraba al cargo del establecimiento.

                Cirilo le confeso abiertamente sus intenciones, estaba dispuesto a recorrer andando el Camino, lo que no estaba preparado y además le iba a resultar imposible era llevar a cuestas la mochila, por lo que había decidido dar cinco mil pesetas, toda una fortuna en aquellos tiempos, a quien estuviera dispuesto a hacerlo por él cada jornada.

                Enseguida el posadero pensó en dos personas jóvenes que se encontraban sin trabajo, para ellas aquello supondría una bendición para sus necesidades diarias y por supuesto, al primero que se lo comentó, aceptó encantado la propuesta.

                El joven se personó en el bar y una vez que se conocieron, quedaron para el día siguiente a la puerta del albergue al amanecer que era la hora a la que Cirilo había previsto todos los días comenzar a caminar.

                Cuando llevaban recorridos varios kilómetros, se detuvieron en un pueblo donde Cirilo invitó a su porteador a un buen desayuno y después que los dos cargaron bien las pilas, reanudaron el Camino, en esta ocasión, el peregrino se había encendido uno de sus habanos y mientras caminaba iba deleitándose aspirando el aroma que el puro iba desprendiendo.

                Algunos peregrinos se extrañaban al ver a aquella extraña pareja, pero enseguida se entablaba una relación y Cirilo y el porteador que le llevaba la mochila en pocas ocasiones caminaron solos, siempre se encontraban acompañados de curiosos o de peregrinos que se encontraban a gusto con este curioso personaje.

                Cuando terminaban la etapa, una vez que se encontraban en el albergue, Cirilo cumplía lo pactado y entregaba el merecido jornal que el porteador se había ganado y se despedían.

                En alguna ocasión, alguno de los portadores de la mochila de Cirilo, se ofrecían para seguir más jornadas con él, pero el peregrino declinaba el ofrecimiento, entendía que con un día era suficiente y también él deseaba cambiar cada jornada de acompañante, a pesar que con alguno de ellos estuvo a punto de romper esa norma porque se sentía especialmente a gusto a su lado.

                La noticia del peregrino que utilizaba un porteador de mochila, enseguida se fue conociendo por el camino y en más de una ocasión había voluntarios esperando su llegada al albergue de la siguiente jornada para ofrecerse como acompañantes y obtener un buen jornal. En estas situaciones, Cirilo declinaba decidirse por uno u otro y dejaba que fuera el hospitalero el que decidiera quien le iba a acompañar la siguiente jornada, la única condición que el peregrino ponía era que la persona que fuera elegida, tenía que ser la que más necesitara aquel jornal extra.

                El viejo, según me contaba la historia sonreía de forma un tanto picarona, porque se acordaba de aquel buen peregrino al que conoció cuando llegaba a su albergue y esperó casi media hora antes de entrar para saborear la última parte de su habano que según decía Cirilo, era siempre la más sabrosa y la que había retenido los mejores aromas y según él, era un pecado desperdiciarla.

                Por lo que el viejo me comentaba, este peculiar peregrino, era una persona muy humilde a pesar de la fortuna que tenía y se hacía querer por los demás peregrinos porque iba dejando huella allí por donde pasaba.

                Por eso, después de escuchar esta historia, cada vez estoy más convencido que en el Camino, todo es posible y hasta las cosas, las situaciones y las personas más increíbles que podamos imaginar, tienen cabida en esta amplia ruta de peregrinación.