almeida – 8 de Julio de 2015.

            Muchas veces llega hasta el albergue algún peregrino en deplorables condiciones y enseguida nos damos cuenta que es uno de los principales candidatos a abandonar el camino que están recorriendo.

            Son esos momentos en los que el hospitalero que debe contar con la experiencia suficiente, tiene que aconsejarle, decirle que es lo mejor para que pueda seguir su camino sin contratiempos y en ocasiones también es necesario que sepa si debe aconsejarle abandonar el camino, porque aunque es la decisión más difícil que un peregrino debe tomar, en ocasiones resulta la más aconsejable y sensata.

            Son muchos los peregrinos a los que he tenido que convencer para que se quedaran en el albergue uno o varios días si no querían dar por finalizado su camino y en la mayoría de los casos que han seguido el consejo, luego lo han agradecido porque consiguieron culminar con éxito su peregrinación.

            Una mochila excesivamente pesada, falta de entrenamiento, querer hacer los primeros días largas etapas por si surgían contratiempos y los días que tenían eran justos para llegar, unas botas que no estaban suficientemente domadas, unas ampollas excesivas o una simple tendinitis, son causas suficientes para que un sueño larvado durante mucho tiempo se viniera abajo.

            Todos quieren llegar, es difícil hacerles comprender que el camino siempre va a seguir donde ha estado tantos años, pero no todos saben verlo, ese afán por no afrontar el fracaso les hace deambular por el camino hasta que èste finalmente acaba apartándoles de él.

            En cierta ocasión llegó hasta el albergue uno de esos peregrinos que nada más verle, estabas convencido que le quedaban como mucho un par de etapas antes de abandonar.

            Las condiciones en las que iba haciéndolo eran deplorables, además de la ostensible obesidad que tenía, apenas se había entrenado, fue tomar la decisión y ponerse en camino sin pensar en nada más. La falta de experiencia le había llevado a preparar tantas cosas que la mayoría no las iba a necesitar, por lo que avanzaba con un peso imposible de llevar.

            Dejé que se recuperara del esfuerzo que le había supuesto llegar hasta allí y cuando pasaron varios minutos comenzamos a hablar y traté que se dejara aconsejar, que hiciera etapas más cortas para irse adaptando o que por lo menos dejara la mitad del peso que llevaba en la mochila, porque de lo contrario no iba a llegar muy lejos.

            Me dijo que la mochila no le preocupaba mucho, era la otra mochila, esa que no se ve la que estaba excesivamente cargada y esperaba que el camino le ayudara a dejar parte de la carga que llevaba cada día.

            Cuando nos sinceramos un poco, el peregrino comenzó a contarme porqué se encontraba en el camino, algo que no se había planteado nunca, pero en un momento de su vida sintió la necesidad de recorrerlo y cuanto más esfuerzo le costara, mayor mérito iba a tener lo que estaba haciendo.

            —Pero el camino debes tomarlo como una peregrinación, no como una penitencia —le dije —el camino es para disfrutarlo y luego recordarlo, de lo contrario, no merece la pena hacerlo.

            —Para mí si es una penitencia —me dijo —y todo lo que me haga sufrir mientras lo estoy recorriendo me va a dar fuerzas para seguir adelante.

            No comprendía lo que trataba de decirme, era la primera vez que me encontraba con alguien que disfrutaba o buscaba el sufrimiento y eso me desconcertó hasta el punto que me dejó sin saber qué era lo que podía decir en aquella situación.

            Viendo la confusión en la que me había dejado, después de refrescarse y una vez que se hubo duchado, cuando nos encontrábamos solos en el patio del albergue buscó el momento para darme una explicación y pudiera comprender sus motivos.

            Comenzó hablándome de su niñez, cómo ésta había sido normal, hasta el momento en el que su madre comenzó a despreocuparse de él. Pasaba muchas horas del día solo y lo peor es que también había muchas noches en las que su madre no estaba en casa o regresaba muy tarde.

            El veneno del alcohol se había apoderado de ella y a pesar que era una mujer adorable cuando se encontraba sobria, cada vez dependía más de la botella y esos momentos de felicidad que pasaban juntos se fueron distanciando y haciéndose muy esporádicos.

            Cuando se fue haciendo mayor y tuvo la valentía de recriminarle cómo estaba destrozando su vida, ya era demasiado tarde, era tal la dependencia que tenía que a pesar de la buena voluntad que manifestaba, ésta se olvidaba cuando los efectos del alcohol nublaban su mente.

            En un momento de lucidez, su madre había decidido reconocer su problema y se había dejado conducir hasta una asociación que trata estos problemas y regularmente había estado asistiendo a las sesiones que semanalmente se celebraban hasta que le aseguraron que ya podía enfrentarse por sí misma a vivir sin la dependencia que hasta entonces tenía.

            El hijo, en ese momento que su madre le dijo que ya no volvería a caer en el pozo en el que había estado sumida, tomó la decisión de hacer algo grande, recorrería el camino en agradecimiento por este milagro que se había producido en su vida y sin pensarlo, se equipó de lo necesario y salió de su casa al día siguiente.

            Ahora solo esperaba encontrarse ante el apóstol para agradecer el cambio que se había producido en su madre, porque estaba convencido que si ella había podido salir, él conseguiría llegar.

            No me cabía ninguna duda que llegaría, su determinación y la fe con la que estaba recorriendo aquel camino le iba a dar las fuerzas necesarias para hacerlo

            Unas semanas después recibí un mensaje por medio de una foto, era del peregrino que se encontraba abrazando al santo, aunque no hubiera sido necesario que lo hiciera, porque cuando salió del albergue, estaba convencido que él si lo conseguiría.