almeida – 22 de diciembre de 2015.

            Cuando salía de Navarrete, al llegar a la altura del cementerio, un peregrino escultural, me pasó como una flecha, caminaba tan deprisa que apenas me dio tiempo a fijarme en cómo era, pero sí me percaté que llevaba una gran mochila y sus músculos parecían tan vigorosos y fuertes que por unos momentos hizo que empequeñeciera y me replanteara que era lo que hacía yo allí.

            Llevaba caminando apenas una semana y el volumen que debo arrastrar cada jornada, hacen que mi caminar sea lento, monótono y muy pausado. Casi siempre soy de los últimos que llegan al albergue y ese día con la moral un poco tocada no iba a ser menos.

            El día había amanecido muy caluroso y la larga distancia que debíamos recorrer fue un handicap que todos tuvimos que superar como pudimos. Cuando llegué al albergue comprobé que había algunos peregrinos que se encontraban lesionados y otros dejarían ese día el camino ya que la dureza del mismo era superior a lo que podían soportar, entre estos se encontraba el peregrino escultural para quien había sido una jornada excesivamente dura y se había dado cuenta que no podía continuar.

            Entre tantas bajas, al comprobar que algunas eran de aquellos a los que veía mucho más preparados que yo, la preocupación por no poder llegar a cumplir mi objetivo se adueñó una vez más de mí y pensé que como ellos, quizá lo mejor fuera dejarlo mientras pudiera hacerlo, antes que fuera el camino el que me derrotara y tuviera que abandonarlo. Pero afortunadamente seguí y como la hormiguita, con paciencia conseguí ver realizado mi objetivo.

            La visión de este peregrino estuvo en mi mente durante mucho tiempo y cada vez que volvía o iniciaba un nuevo camino, siempre había un recuerdo para él y los sentimientos que debió tener cuando se vio obligado a abandonar un camino que habría planificado con mucha ilusión.

            Dos años más tarde cuando me encontraba recorriendo la vía de la plata, la imagen del peregrino escultural, vino de nuevo a mi mente. Cuando estaba por el camino Sanabrés, se unieron al pequeño grupo que hacíamos juntos cada etapa dos peregrinos norteamericanos. Parecían jugadores de rugby ya que su corpulencia y fortaleza física sobresalían entre los que formábamos ese escueto grupo. Habían salido tres días después que nosotros de la capital andaluza y cada jornada recorrían algunos kilómetros más que nosotros, pero nos confesaron que ya estaban cansados de hacer el camino solos y como disponían de tiempo suficiente a partir de ese momento se amoldarían a nuestras etapas y al menos todos los días tendrían con quien hablar cuando se encontraran en la soledad del albergue.

            Uno de los peregrinos era hijo de padre irlandés y de madre andaluza, por lo que su gracejo era muy animado y a la vez divertido, las anécdotas que nos contaba iban impregnadas de esa gracia que solo los andaluces saben cómo exponer cuando dicen cualquier cosa.

            Como su ritmo era más elevado que el nuestro, cada una de sus zancadas era como casi dos de las que hacíamos nosotros, desde el primer día decidieron que no caminarían al mismo ritmo que nosotros ya que si lo hacían acabarían rompiéndose, pero nos encontraríamos en los albergues que habíamos establecido como final de etapa. Ellos llegaban con dos horas de antelación y cuando nosotros lo hacíamos ya se habían duchado, habían lavado la ropa, habían comido y generalmente estaban esperando nuestra llegada durmiendo la siesta o descansando estirados en la litera.

            Cada vez que les veía caminar me venía a la mente el peregrino escultural, pero a diferencia de aquel, estos parecían que sabían lo que estaban haciendo ya que dosificaban mucho más sus esfuerzos y se les veía tan frescos que eran la envidia del resto del grupo que en las etapas en las que la montaña se hacía exigente, terminábamos sin apenas reservas de ningún tipo.

            Alabé en ocasiones su fortaleza y lo fácil que para ellos estaba siendo el camino, mientras que a nosotros nos estaba suponiendo un esfuerzo que en varias ocasiones hizo que nos tuviéramos que replantear si seguíamos adelante ya que nunca veíamos el final de cada jornada.

            Ascendimos el Padornelo, la Canda y los montes que separan Zamora de Orense y nuestros compañeros siempre estaban a la cabeza del pequeño pelotón que habíamos formado con la incorporación de algún miembro más en nuestro grupo que se nos unió nada más entrar en tierras gallegas.

            Después de Laza, la subida a Albergueria era uno de los puntos más temidos de este largo camino, unos recomendaban que lo hiciéramos por la carretera y otros por una pista forestal, no se ponían de acuerdo la gente del pueblo a los que preguntábamos. Cuando les pregunté cuál de los dos caminos era el más accesible, todos coincidían que ninguno de los dos, que ambos eran muy difíciles, por lo que el grupo también se dividió según sus instintos, unos decidimos ir por la carretera y por sus interminables revueltas, mientras los americanos decidieron acortar por la pista forestal que tenía algo más de pendiente en algunos tramos, pero también era bastante más corta.

            Cuando llegamos a Alberguería, en el pequeño bar que hay a la entrada y que es como un oasis para los peregrinos, desde lo lejos vi la silueta de uno de los americanos, no podía ser de otra forma, sería un insulto que hubiéramos tenido que esperarle nosotros.

            Sin embargo, su compañero, se encontraba tirado en un banco y abrigado con toda la ropa que le habían podido proporcionar ya que su cuerpo estaba convulsionándose por el esfuerzo. Estaban esperando la llegada de una ambulancia que le llevaría hasta el ambulatorio del pueblo más próximo para que diagnosticaran lo que le había ocurrido ya que no se encontraba en condiciones de dar un paso más y seguir adelante.

            No volví a saber nada de estos peregrinos, supongo que después de ingresar en el centro médico les aconsejarían que abandonaran el camino después de permanecer unos días en observación. A pesar de que su ritmo siempre era mayor que el que nosotros llevábamos, no volvieron a pasarnos en los días que aún nos quedaban para llegar a Santiago.

            Entonces la imagen de este peregrino se juntó con la del peregrino escultural y ya deje de tenerles envidia, fue cuando me di cuenta que éste es un camino de fondo donde el objetivo no debe ser llegar antes, sino que debe ser llegar y quienes aunque sea a paso muy lento lo consiguen, pueden sentirse afortunados por haberlo logrado.