almeida – 26 de abril de 2014.

Lucas llevaba una semana disfrutando del Camino. Desde que salió de Roncesvalles, había experimentado un cambio muy importante, para él, el Camino estaba resultando un sueño, a veces lo comentaba con la gente que caminaba a su lado, pero estos no le comprendían, para ellos era algo normal y no veían nada de lo extraordinario que les decía Lucas.

Aquel ambiente donde todos eran iguales, donde nadie sabía a qué se dedicaban los que iban a su lado, era algo inaudito para alguien que unos días antes estaba en un cuartel de la Guardia Civil, donde cada una de las cosas que se hacen es a base de ordenes, aunque sea de la persona que esta conviviendo todos los días contigo, en ese cuerpo no se entiende nada si no se ordena o se recibe una orden.

Aunque estaba bien preparado físicamente, en ocasiones llegó a hacer algún exceso, recorriendo distancias superiores a las que estaba habituado; y al final acabó pagándolo con una lesión en la rodilla que le impedía caminar con normalidad y que en alguna ocasión le hizo pensar en el abandono, aunque siempre descartaba esa idea ya que dejar el Camino era para él una derrota.

La inflamación de la rodilla hizo que ralentizara el paso, se fueron alejando los compañeros con los que había caminado los días anteriores, pensó que si se recuperaba les podría dar de nuevo alcance ya que aún quedaban muchos días para llegar a Santiago y alargaría un poco más las etapas.

Llegó a Santuario hacia las once de la mañana, normalmente solía caminar hasta la una, que era la hora que se paraba para comer y ya se quedaba en el albergue, pero ese día no podía dar ni un paso más.

El Maestro, al verle llegar, dejó todo lo que estaba haciendo y fue a atenderle. Puso sus manos sobre la rodilla que tenía inflamada y no le hizo falta preguntar nada, su veredicto era irrevocable.

—Tienes una tendinitis muy fuerte, no puedes seguir adelante, si lo haces, puedes agravar aún más la lesión.

—¿Y qué hago ahora? —se lamentó Lucas.

—Tienes dos opciones, dejarlo y volver a tu casa o quedarte aquí cuatro o cinco días hasta que te recuperes.

—Pero, si me quedo cinco días, no voy a poder terminar el Camino —exclamó Lucas —voy con el tiempo justo y este alto me impedirá llegar a Santiago.

—Eso no debe preocuparte, el Camino siempre va a estar en el mismo sitio, lo puedes retomar otro año donde lo dejes si decides quedarte y luego continuar.

—Creo que es lo mejor, volver a casa sería un pequeño fracaso, haré lo que me dice, me recuperaré y llegaré hasta donde las fuerzas me lo permitan.

El Maestro acomodó a Lucas en un pequeño cuarto que se había habilitado para cuando llegara algún peregrino lesionado que se tuviera que quedar unas días en Santuario, de esa forma podía descansar sin ser molestado por los demás peregrinos y su recuperación sería más rápida.

Lucas enseguida se integró en la vida de Santuario, estaba la mayor parte del tiempo al lado del Maestro para aprender todo lo que este decía y hacía; desde el primer día comenzó a ayudar en las labores que se hacían para atender a los peregrinos, de esa forma se sentía útil y no le resultaban tan largas las horas.

Se dio cuenta que aquel ambiente le estaba entusiasmando, la libertad que se respiraba en Santuario, era desconocida para él y se sentía muy a gusto. Estaba aprendiendo tantas cosas que ya no tenía prisa por recuperarse, no le importaba seguir o finalizar su camino. Allí se encontraba ahora el camino que el debía recorrer. Estaba cambiando su vida y eso le agradaba como nada lo había hecho anteriormente.

Cuando ya se encontraba recuperado, le pidió al Maestro que si le permitía quedarse allí ayudándole en lugar de volver al camino, estaba seguro que su sitio estaba en aquel lugar donde cada día aprendía y experimentaba cosas nuevas que le estaban resultando maravillosas.

El Maestro accedió a su petición, sabía que estos cambios suelen producirse en las personas pues como siempre decía, es el Camino el que va marcando los ritmos y lleva a cada peregrino al lugar en el que debe estar.

Ahora Lucas se sentía y se consideraba un hospitalero, fue sustituyendo al Maestro en algunas de las labores de Santuario y cuando llegaban los peregrinos, les decía las mismas cosas que había aprendido escuchando al Maestro; este observaba la buena labor que estaba haciendo y como había aprendido tanto en tan poco tiempo.

El Maestro tenía previsto asistir dos días a un monasterio que no se encontraba muy lejos de Santuario y se lo comentó a Lucas, le ofreció la posibilidad de acompañarle o si lo deseaba podía quedarse en Santuario, ahora había más personas que ejercían como hospitaleros y no era necesario que estuvieran todos allí.

En el monasterio se iban a reunir monjes de varios monasterios que amaban la música de taize, y periódicamente se reunían para disfrutar con esta música y compartirla con algunos elegidos. El maestro era uno de ellos, solía asistir a todas las reuniones que se celebraban y sus quehaceres se lo permitían.

Les recogieron en un coche y les llevaron a los dos al monasterio, el abad, que apreciaba mucho al Maestro, nada más verle llegar, fue a su encuentro y se fundieron en un profundo y sentido abrazo.

Les alojaron a los dos en la misma celda y cuando estuvieron instalados, fueron donde se encontraban la mayoría de los monjes reunidos en el refectorio, el Maestro fue presentando a todos los monjes a Lucas, lo hizo como si se tratara de su aprendiz, de esa persona a la que se trata de transmitir todos los conocimientos que alguien ha ido adquiriendo a la largo de su vida,

El Maestro observó como Lucas se integraba con algunos de los mojes más jóvenes. Durante los dos días que estuvieron allí, siempre que no estaban escuchando los cánticos de taize, Lucas estaba conversando con al menos media docena de monjes. Se veía un brillo especial en su cara, nunca antes le había visto así y el Maestro se alegró de que le hubiera acompañado.

Cuando terminó la reunión, el Maestro le dijo a Lucas que saldrían hacia Santuario después de la comida, pero Lucas le comentó que no iba a marcharse con él, que se había dado cuenta de que su sitio estaba allí y si el abad se lo permitía, se quedaría en aquel lugar porque había descubierto que su vocación estaba en la vida que se hacía en el monasterio.

El Maestro, aunque se había dado cuenta del cambio de Lucas, no llegó a pensar nunca que este fuera tan radical y accedió a lo que le pedía. Los dos fueron a hablar con el abad y este tras escuchar lo que Lucas le exponía, accedió a que probara si realmente su vocación estaba entre las paredes de aquel monasterio y le dio un plazo de un año para cerciorarse antes de hacer los votos.

El Maestro iba al menos una vez al mes a ver a Lucas, en cada visita, iba viendo el cambio que se estaba produciendo y cuando Lucas tenía alguna duda, esperaba siempre la llegada del Maestro para consultárselo.

La última vez que fue a visitarle le dijo que en lugar de hacerse monje se iba a ordenar sacerdote ya que de esa forma podría ser más útil a sus semejantes, en el monasterio tendría limitadas sus actividades y como sacerdote podía desarrollar más sus proyectos y compartirlos con los demás.

Cuando fui a ver al Maestro, no le encontré en Santuario, había asistido a la ordenación de Lucas, que esperaba que le dieran una parroquia en algún lugar del Camino para ayudar a los peregrinos que lo necesitaran, como él también recibió ayuda cuando lo necesitó.