almeida – 15 de abril de 2014

Cuando accedió al albergue de Tábara, enseguida vi que era uno de esos peregrinos diferentes a los que habitualmente buscan acogida en el albergue. Podía definirse como uno de esos vagabundos del Camino que va desplazándose sin ninguna prisa y se detiene en aquellos lugares en los que se encuentra a gusto, aunque se encuentren en campo abierto.

Venía con su perro, no sabría definir de qué raza era porque llevaba mezcla de varias. Supongo que como su dueño, sería uno de esos perros vagabundos sin pedigrí, pero se apreciaba bondad en sus gestos y en ningún momento llamó la atención de quienes nos encontrábamos en el albergue.

Llegó muy tarde, ya había anochecido, pero según decía, era la mejor hora de terminar una jornada del Camino, porque ha podido ver como el sol va ocultándose sin que haya ninguna construcción a su alrededor que le impida esta visión.

Al ver al perro, le dije que en el interior del albergue no se admitían animales, el perro podía quedarse en el patio, aunque el peregrino si lo deseaba, contaba con una litera para poder descansar.

Pero el peregrino, dijo que su perro, era su compañero sin el que no estaba acostumbrado a dormir, siempre se acostaban juntos y si se lo permitía, dormiría en un lugar cubierto que había en el patio del albergue.

Mientras colocaba sus cosas, le preparé un plato de sopa caliente que inicialmente rechazó porque según decía, no deseaba molestar, pero tras insistirle aceptó y pude percibir que durante muchos días no había ingerido nada caliente en su cuerpo, porque aquella sencilla sopa la saboreaba con un deleite muy especial.

Después de ese primer plato, vino un segundo y luego un tercero. El peregrino agradecía con un gesto cada cucharada que introducía en su boca y afirmaba lo bueno que estaba lo que le habíamos preparado.

Cuando terminó, se dispuso a ir junto a su perro y le invité a que antes de marcharse por la mañana, pasara a la cocina donde tendría preparado un café con leche y alguna galleta.

A la mañana siguiente, cuando fui a llamarle, ya estaba preparado para comenzar a caminar. Me interesé por como había pasado la noche y me confesó que mejor que otros días porque el lugar que le había asignado le protegía del frío que estaba haciendo, aunque el tejadillo que había sobre su cabeza, le había impedido contemplar con todo el esplendor ese manto de estrellas que la mayoría de las noches, era el que le arropaba mientras estaba durmiendo.

Personalmente, he de confesar que yo también me sentí un poco especial esa mañana, había experimentado esa hospitalidad en estado puro que desgraciadamente se va perdiendo en el Camino.